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STO de desaparecer un par de meses, no está nada, pero que nada, nada bien para el cerebro. Me aturde la desinformación. No consigo centrarme.
He sabido que la Jurado está muy malita, pero según dónde leyera o lo que viera resulta que tenía un problema de páncreas, un tumor en el hígado o que había perdido la vesícula. Me han contado que Carmen Ordóñez se ha muerto, pero hace sólo dos días escuché en una tele (y cito textualmente) que “durante la exhumación de Carmen Ordóñez...” (?) ¡Caramba!, me dije, me comentaron que la habían enterrado hace tres semanas y ya la han exhumado. Además, cómo demonios se exhuman unas cenizas y para qué. En fin...
He oído también comentarios previos a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Atenas que hablaban de una ceremonia de inauguración poco vistosa y de riesgos innecesarios en cuanto a músicas y puesta en escena, y resulta que me encuentro un espectáculo fantástico, original, distinto, vanguardista, atrevido e impactante. También leí que la ceremonia iba a tener como hilo conductor a los dioses Apolo y Baco, pero estos dos divinos debieron salir en el momento que me levanté al baño, porque no los vi por parte alguna. Aunque, ahora que recuerdo, sólo fui al servicio durante una pausa publicitaria mientras desfilaban los participantes.
Por cierto, vaya trajecito paleto y simplón que pusieron a nuestros deportistas. Parecían canadienses, aunque los colores sean lo de menos. Ellas, con un discreto traje de chaqueta, falda por debajo de la rodilla y pañuelito anudado al cuello, tal y como lo llevaban las pijas de Serrano hace unos quince años. Se nota que el diseño del traje se aprobó con Ana Botella todavía en Moncloa. Con lo maja que iba la delegación de Nepal, o la de Bangladesh... o la de Bermudas, vestida con unos idem... o la de un país africano con cinco integrantes (no recuerdo cuál porque sólo me quedé con el nombre en griego), que lucían con garbo pieles de leopardo, y lanzas, y plumas, y colmillos de león con gestos como “me voy a comer al primer blanco que aparezca...”. El caso es que a mí me gustó todo mucho y nada tuvo que ver con lo que había leído, escuchado o visto.
He sabido también que Dolores Vázquez ha quedado exculpada en el “caso Waninkoff”, pero no he encontrado algún “mea culpa” periodístico por el linchamiento al que se la sometió.
Descubro, estupefacta, que todas, absolutamente todas las televisiones están volcadas con un presunto maltratador de una famosa, recién muerta e incinerada pero a la que acaban de “exhumar”, y a quien todos están empeñados en meter en el corredor de la muerte pese a que el tipo esgrime por donde va una sentencia del Supremo declarándole inocente. Y se me quedan los ojos como platos cuando veo que la ex de un alcalde desahogado que se lió con una folclórica se presenta en un programa como reportera intrépida asegurando que ha hecho una entrevista en exclusiva y un reportaje de investigación. Y no se emocionen algunos porque no haya mencionado al Vaticano, que también por allí han sido víctimas de un golpe de calor: pues no va un tal Ratzinger y, según leo a toro pasado, se explaya diciendo no sé qué sobre el daño que hace al mundo el feminismo a la vez que exige (?) a los gobiernos que armonicen las legislaciones para que la mujer puede cumplir “con su misión dentro de la familia”. Del hombre no dice nada, porque ya se entiende que su misión es poner la semillita y largarse a celebrarlo. Las “consecuencias” de la semillita es la “misión” a la que se debe referir el cardenal. Da la impresión de que el tal Ratzinger estaba más aburrido que una mona, con el Vaticano de vacaciones y el Sumo Pontífice en Castelgandolfo, y ha decidido lanzar un mensaje al mundo.
En resumen, que vengo peor de lo que me fui, que cada vez entiendo menos a los medios de comunicación de este país, que a la España de charanga y pandereta hay que añadirle ahora una zambomba, y que la Iglesia sigue dando un pasito para adelante y dos para atrás.
La única verdad es que esta web de mis entretelas cumple 1.000 números el martes 17 de agosto, y que no he tenido más remedio que aburrirles con tanta palabrería para llegar a donde, de verdad, quería: desear a Vistazo otros mil números con la misma buena salud. En el 2.000 volveremos a hablar.
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