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  Firmas Invitadas - Edición Nº 153
Semana del 04/02/2005
‘Trespatines’: la carcajada sana
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Manuel Salvador Morales
“A ÉSTE tenemos que colgarlo bien alto”. Dijo un día de 1961, en un escenario cubano, el más popular de los cómicos de la Isla, Leopoldo Fernández, alias José Candelario “Trespatines”, mientras señalaba un gran retrato de Fidel Castro, que alguien estaba manipulando.
Manuel Tellechea, traductor de inglés de los Versos Sencillos de José Martí, publica esta anécdota en “Arte Público Press”, de la Universidad de Houston.
Existe otra versión de la historia, que relata como un día de 1961 el actor y otro compañero, estaban manejando, en un escenario, retratos de presidentes de Cuba, y Leopoldo Fernández, decía, “A éste lo botas”. Así fue botando figuras políticas hasta que llegó a Fidel Castro. Leopoldo la enseñó al público y se dirigió a la pared diciendo despreocupadamente. “Déjame, que a éste quiero colgarlo yo...”
Este cuento recuerda a otro parecido que se atribuía a Ramper en España, en los años duros, y que relataba como el cómico dirigía la colocación de unos símbolos en el escenario y señalando la bandera y el retrato de Franco, terminaba diciendo: “arriba España, y abajo Franco”. Pero es el caso que parece que uno y otro, el de Castro y el de Franco, que es anterior, nunca se produjeron, sino que ambos fueron fruto de la imaginación popular.
Aunque esta anécdota se señalaba como el origen de la detención y deportación del cómico cubano, él mismo la desmintió en Miami, cuando la oyó. “Caballero, sí yo hubiera hecho y dicho aquello, no estaría ahora aquí, contando el cuento...”.¡Claro que no!.

UN PERSONAJE CÍNICO Y DESGARBADO

¿PERO quién es este personaje, de nombre estrambótico, cínico, enredador y desgarbado, lleno de mañas y trucos, deslenguado e imaginativo, como un cubano típico, que apareció hace unos días en una de mis crónicas, como una mención inevitable y expresiva a varias apreciadas reliquias, supervivientes de mejores días, cuya debilidad son los cubanos?
En esa ocasión era cita y referencia obligada, pero una lectora, como supongo que la mayoría de ellas, pregunta intrigada en el Foro, con toda razón: ¿Quién es este desconocido que se nos cita como paradigma de cuantos cómicos fueron?
No era más que un comediante excepcional, nacido hace más de cien años y muerto ya hace veinte, y que, sin embargo, aún hoy sigue haciendo reír en varios países iberoamericanos, con las reposiciones de sus quince minutos de radio o, en los últimos tiempo, de televisión, que era la duración media de toda su intervención ante el “Tremendo Juez de la Tremenda Corte”. Al igual que había hecho carcajear por muchos años a varias generaciones anteriores de cubanos, porque el humor fue su estilo de vida, de forma natural y espontánea, que es lo que establece la diferencia entre ser un gracioso y tener gracia. Recuérdese hoy la cómica seriedad del padre del portero de “Aquí no hay quien viva”.
Este colosal y genuino comediante cubano, explotaba el contrate entre su figura áspera e intratable, su carácter medroso, y su físico seco y enjuto, que le permitía decir las frases más llenas de regocijo, disparatadas y provocadoras de risas, “con sólo mover las manos y sin variar la expresión; con el gracejo breve y veloz, como picadura de serpiente que es el más difícil de todos”,

TRESPATINES, LA COMICIDAD MISMA

LA personalidad de “Trespatines”, “alter ego” de Charlot, y del hispano hablante, Cantinflas, ha sido estudiada desde todos los ángulos porque se constituye en un fenómeno sociológico y lingüístico, que no murió con él, en Miami, el 11 de noviembre de 1985.
“Leopoldo Fernández era un hombre atildado y de pulcritud en el vestir, - decía un cronista de la época -, adornaba sus creaciones con un sombrerito de paja, un delgado corbatín y sacos con rayas verticales, que le daban un toque de aristocracia, acorde con los tiempos”.



Con esa indumentaria y ese talante, y su permanente afición por las “morcillas”, comenzó un día de enero de 1942, sus espacios de la “Tremenda Corte”, escrita por un español-cubano, Castor Vispo, que dio vida a los supuestos enredos de un juzgado correccional. Estas instituciones fueron introducidas en Cuba en 1889, durante la primera intervención norteamericana, y eran tribunales simples que entendían de delitos menores, como pendencias entre vecinos, empleados y empleadores, etc., que era lo que parodiaban, Vispo y “Trespatines”, junto a un gallego, Rudencindo, además de un par de personajes acomodaticios más, un secretario del juzgado lambón, - en consecuencia, adulón y soplón al tiempo -, y un severo juez, el “tremendo juez de la tremenda corte”, que era la cariñosa parodia de uno de los primeros jueces correccionales, un norteamericano de apellido Pitcher, hombre estricto, recto y amante de la ley y el orden, que se hizo muy popular por sus enérgicas sentencias, las cuales conllevaban días de arresto o multas en efectivo. Los habaneros, siempre jocosos, acuñaron una letrilla que decía:”Mr. Pitcher no come bolas, ‘ten’ días o ‘ten’ dolars”.
Estos juzgados todavía funcionan en muchos de estos países, con el nombre español de Corregidurías y, en la mayoría de los casos, sólo son una fuente de atropellos, y de aplicación de una arcaica justicia.

EL SECRETO DEL ÉXITO

CUANDO este juez de ficción comenzó a calificar los delitos que se le presentaban con el sufijo “cidio”, - jardinecidio, españolicidio, rudendicio” -, José Candelario, nombre del personaje que interpretaba ”Trespatines”, recibía cada día una sentencia inapelable, que el cómico coreaba al irse: “¡A la reja!“, provocando la hilaridad y el regocijo de las masas, sin importar el país donde se emitieran ni los años transcurridos.
Si los episodios se hubieran referido a hechos españoles de hoy, el lamentable episodio, vivido en la Cámara hace unos días, se hubiera denominado, “zapatericidio” o “ibarretxcidio”, según que “Trespatines” hubiera sido uno u otro, que el papel tal vez le hubiera venido bien a cualquiera de los dos, como el de unos días antes dudo si hubiera sido un “bonicidio” un “popularicidio”.

El secreto de este éxito es que los cubanos, como en general los iberoamericanos, no tienen muy claros los parámetros que delimitan lo bueno y lo malo. Así, cuando apareció “Trespatines”, ser un “vivo” era una virtud y “tumbar” al otro era algo divertido y, para muchos, motivo de orgullo, pero todo ello sin mayor malicia que la ausencia de reproche moral, pero también de maldad, muy al estilo de los personajes de la picaresca española, de la que el cómico cubano fue un destacado heredero, al reflejar en sus interpretaciones, los incidentes de la rutina cotidiana de las gentes.
Su jerga, mezcla de modismos cubanos y de “lingüicidios”, como les ha llamado Blanca Estela Ruiz, investigadora del Centro de Estudios Literarios de la Universidad mejicana de Guadalajara, con alguna que otra “morcilla” añadida, - inventos que al ser aceptados se incorporaron a la lengua diaria de los barrios habaneros, principalmente -, no sólo divirtieron a las gentes sino que enriquecieron el lenguaje, vivificándolo.

La gracia de “Trespatines”, como la de nuestros pícaros, radicaba en su autenticidad, muchas veces retorcida y disparatada, pero jamás artificial, como al decirle al juez: “cuando yo me robé la maquina pa’ dedicarme honradamente al alquiler...”, yuxtapone robo con honradez, en una lógica espontánea, aplastante e hilarante.
O sus discursos, de palabras y conceptos rebuscados, como con el que quiere justificar su “caballidicio”, que no era mas que una estafa, puesto que vendió un caballo de carreras que, en palabras del comprador “era una clase de penco que le zumba el guiro”, porque estaba más flaco que Rocinante: “...el hecho de que ese cuadrúpedo posea un perfil anatómico de caracteres esqueléticos, - argumenta “Trespatines” -, no es óbice para que se trate de un equino dotado de condiciones estéticas (...)” y es cierto que perte
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octavio rodriguez - ( 19/01/2009 8:54:40 )
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