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ONFIESO el gozo que me produce tener a Pere Gimferrer entre mis clásicos, dada la circunstancia de que es más joven que yo. De hecho, con aquella primera obra suya - " El mensaje del tetrarca " - , escrita y publicada en 1963, cuando apenas tenía dieciocho años, nos dejó a todos asombrados. En 1963 eran jóvenes promesas de la literatura los que hoy son abuelos y bisabuelos. Gimferrer iniciaba entonces sus carreras de Derecho y Filosofía y en Barcelona y en Madrid se empezaba a hablar de él con sobrada esperanza y, a veces, con estrepitosa y mal disimulada envidia. Cuando se alzó con el Premio Nacional de Poesía, en 1966, con aquel libro de poemas, espléndido e innovador, titulado "Arde el mar ", aumentó el número de sus adictos y no amainó, sino todo lo contrario, el grupo de los que dieron en pensar que su caso y su fulgurante ascensión en el mundillo artístico era una estrategia de los jerarcas franquistas, para congraciarse con Barcelona. La respuesta de Gimferrer fue contundente y heroica. Después hablaremos de este asunto.
Cuando nació, en 1945, Umbral era de Valladolid. Cuando entró a formar parte de la Real Academia, en 1985, Umbral ya era madrileño de nación. Cuando le den el Nobel, cosa que puede acontecer el año que viene, Paco Umbral nos dirá que es catalán de toda la vida y que nació en Barcelona. La vida, en nuestra especie plumífera, ofrece ejemplares de suma rareza y envidias de altísimos vuelos. Paco Umbral dice que Pere Gimferrer roba y lee libros con más rapidez que él. Umbral, por contra, escribe más que él y dice que Gimferrer practica la "cultura del tirón". Lo de Umbral no es el tirón, sino el atraco a picha armada, puesto que se ha pasado gran parte de su vida, hasta que le dieron el primer aviso, meándose en la cultura y en el valor de los demás. Además, todavía no ha digerido el hecho de que fueses tú y no él el nuevo académico, en 1985. Ahora, en cambio, Umbral aparece entre los 25 periodistas más influyentes y Gimferrer vive sin hacer ruido en los altos despachos de la erudición.
Hago aquí memoria de fuegos pasados: Hubo un tiempo, hace ya bastantes años, en que los compadres y colegas de Madrid, no me admitían el entusiasmo y la admiración que yo testimoniaba al hablar de Pere Gimferrer y de sus escrituras. Cuando decidió no escribir ni una sola palabra en castellano, mientras Franco estuviese en el poder, se armó una fuerte escandalera en los mentideros y cenáculos literarios de Madrid. Yo estaba allí y seguí diciendo que, en castellano, era uno de los mejores poetas del siglo XX y de muchos siglos más. Tenía diez o doce años menos que la mayoría de los que integrábamos la tertulia diaria del Café Gijón y, aunque todos eran progresistas, ninguno se atrevió a romper una lanza en favor de su honrosa determinación antifranquista. Sus prosas y sus versos demostraban que la única patria del escritor es la palabra.
Hace menos tiempo, en abril de 1994, cuando me quedé, por pelos, a pique de ganar el Premio “Ramon Llull” de Planeta, en catalán, empatado a siete votos hasta la penúltima votación con el ganador, el pobre Néstor Luján, que en gloria esté, tuve el honor y la alegría de saber que mi libro le había gustado. Apenas hablamos un instante, pero reviví mis cuitas de antaño, aquellas acaloradas discusiones en las que defendí siempre que el mejor español del mundo se habla y se escribe siempre fuera de Madrid y de Valladolid, aunque no hemos de olvidar a Cervantes, a Delibes y a Buero Vallejo, entre otros, que son de origen central, pero no se puede ocultar el fulgor gallego de los Cela, Torrente, Cunqueiro, etc, ni el sabor a luz de idioma de los andaluces o la fuerza de los extremeños, sin dejarnos en el zurrón del olvido a Josep Pla o al mismo Gimferrer, cuando hacen literatura en español. Del mismo modo y por el mismo análisis, digo ahora que el peor catalán del mundo se habla y se escribe en Barcelona y en todos los centros oficiales de la normalización lingüística. Hemos llegado a Gimferrer, gracias a publicaciones como "Destino", "El Ciervo", "Serra d'Or" y "El País". Sus artículos son memorables y ejemplares. El hecho de que Lara tuviese el acierto de incluirle en el Jurado de alguno de sus premios multimillonarios, dignifica y prestigia a los concursantes, tanto si ganan como si se quedan con la miel en los labios, sin rascar una peseta.
Cuando ingresó Gimferrer en la Real Academia, para limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro idioma, lo que siempre será un importante trabajo para más de cuatrocientos millones de hispanoparlantes, sólo tenía cuarenta años pelados y muchos le bautizaron con el apodo de "el niño-académico", perdido en Barcelona y hallado en el templo de los carcamales de Madrid. Era en el 85, como he dicho, y, aunque hubo otros, antes que él, que también compartieron su condición cuarentona con la natural decrepitud de los setentones y octogenarios, como era el caso de Cela, en su día, su larga melena de poeta del siglo XIX y su faz singular de paje real de los tiempos de Goya, transmitieron a la población una imagen de modernidad y de innovación, tan necesaria como insospechada. Lo digo, porque, así como cuando entró Cela, nos dio la sensación de que las cosas iban a cambiar radicalmente en la docta Casa, cuando entró Gimferrer, ya en plena euforia política del Fraga reinstalado en Galicia y de los sevillanos en la Moncloa, también nos pareció que el idioma, es decir, el alma de la comunicación y de la libertad humana, iba a convertirse otra vez en lo más eficaz del progreso y de la democracia conquistada.
Siguen sonando charangas: Sonaron más las charangas de Pujol pidiendo dinero para la normalización del catalán que tus magníficos libros. Hoy, se sabe más de Pompeu Fabra, que fue un industrial aplicado y erudito, pero nada más, que de mi paisano Ramon Llull, que es el auténtico padre de la lengua catalana y, para colmo de disparates, resuena más el nombre de Carod en l’Associació d’Escriptors en Llengua Catalana (AELC) que el de Pere Gimferrer o el de Ausiàs March, por no citar a Espriu o a Miquel Àngel Riera y a Blai Bonet.
La aportación cultural de Gimferrer en diversos ensayos estéticos, sobre la obra pictórica de Saura, de Tàpies o de Joan Miró constituye también uno de los mejores síntomas de la salud del catalán, pese a la bazofia idiomática - morfológica, fonética y sintáctica - que nos ofrecen a diario algunos medios de comunicación, publicados en catalán.
En Mallorca hay grandes cultivadores del catalán, pero ninguno de ellos - novelistas, poetas, filólogos, filósofos e investigadores - , pero ninguno de ellos se ha embarcado en la estúpida aventura de dictar normas y consignas acerca del uso del idioma catalán, por razones de Derecho político y civil en el Estado de las Autonomías. Saben que la mejor y más eficaz manera de inculcar el amor al idioma y, en consecuencia, su uso normal, consiste en hablar y en escribir bien lo que se habla y se escribe cada día y en cualquier lugar.
Varias veces he hablado del detalle que tuvo Cela, cuando me regaló y dedicó su primer libro. Hacía poco tiempo que se había instalado en Mallorca y su párrafo manuscrito, en la primera página blanca del libro que me dedicaba, está escrito en un catalán correctísimo.
Cuando leo a Pere Gimferrer, regreso a la vieja filosofía de Ferrater, aquella en que sabe y dice con rigurosa exactitud que un ser humano no es catalán por hablar catalán, sino que habla catalán, aunque se exprese en andaluz, cuando su temperamento es catalán. En sus escritos castellanos, donde tanta y tan profunda sabiduría hallan su habitación, late el espíritu de Cataluña.
Agradezco a Gimferrer sus "Lecturas de Octavio Paz", su "Antoni Tàpies i l´esperit català", sus "Nueve novísimos" , "L´espai desert" y, en suma, todas y cada una de sus palabras escritas, en castellano o en catalán.
En uno de mis viñetas he dibujado un burro que me encontré en Internet bajo el epígrafe de “asno catalán