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Época II - Año XIV
Edición Nº 4131
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 154
Semana del 11/02/2005
Otro de telefónicas


Miguel Martínez
É STE es ya el tercer artículo que les dedico a las compañías de telefonía que con sus ondas y sus cables nos mantienen a todos nosotros -unas veces para bien y otras para mal- comunicados. Y es que un reciente informe sobre las quejas recogidas por la Agencia Catalana del Consumo aseguraba que el 40 por ciento de las reclamaciones de los consumidores eran relativas a las empresas telefónicas. La queja más habitual suele ser la enorme dificultad que, rayando la odisea, padecen los abonados de cualquier compañía cuando deciden darse de baja de alguno de sus servicios y contratar los mismos en la competencia, así como la propensión que tienen las citadas empresas a seguir facturando sus servicios incluso después de haber causado baja el usuario. Se diría que las compañías, cual vil y hambriento chupóptero, hincan sus colmillos succionadores en la dermis y en la cuenta corriente del abonado, incrustándose como lapas ninfómanas de insaciables y oscuros deseos.

Y permítanme que redunde, que no en vano sobre eso versó mi artículo de la edición número 138 de este mismo periódico, en el tema del tráfico de datos de los clientes con los que las compañías comercian obteniendo pingües beneficios. Recordarán los reincidentes en mis escritos, la carrera de obstáculos sufrida por éste que les escribe para que Movistar le devolviese sus datos, pues esa compañía (y las otras) comunican al abonado que van a comerciar con sus datos excepto que, de forma escrita, explícita, harto complicada de llevar a cabo y en un plazo de tiempo limitado, se les niegue el consentimiento. En este caso les aconsejo responder la citada carta con otra similar, dirigida al jefe de mercadotecnia (marketing que diría Zapatero en su excelso inglés) de la compañía en cuestión, al que llamaremos, de forma ficticia y eligiendo al azar un apellido común, Sr. Pérez, con un texto más o menos como el que sigue:

Señor Pérez, jefe de mercadotecnia de la compañía X:

Quiero acostarme con su señora. En aplicación de lo dispuesto en la legislación vigente en cuanto a la protección de datos –y de señoras casadas- se refiere, tiene usted derecho a solicitar que mi petición sea cancelada. En caso de oponerse usted a mis libidinosos deseos ruego envíe una carta certificada a mi oficina denegando mi solicitud. De no haber recibido dicha carta en el plazo de 30 días, entenderé que su esposa no tiene inconveniente en que me acueste con ella y que usted da su expreso y cornudo consentimiento.

Atentamente, el abonado X.

Estoy loquito de ganas de que otra compañía telefónica secuestre y confisque mis datos y me pida autorización para tratar con ellos. Ya les contaré qué tal me ha ido y qué es lo que me responde el señor (o la señora) Pérez de turno.

Aunque por lo visto lo peor que le puede pasar a un abonado -según el informe al que antes me refería-, no es ni que secuestren sus datos, ni que le cueste Dios y ayuda cancelar su contrato, ni que la voz cansina y gangosa que fluye siempre del auricular del móvil de nuestros hijos diga lo de “su saldo está próximo a agotarse”. Lo peor es que usted sea uno de ésos a los que les aparece en la factura repetidas llamadas a un número de Ávila (por poner un ejemplo patrio más económico, que infinitamente peor sería que le apareciese Massachussets) al que desde su teléfono jamás se ha llamado. Y digo que es lo peor porque nadie va a creer que usted no ha hecho esas llamadas y le va a tocar pagar religiosamente. Y no le van a creer porque usted, con todos los diplomas que quiera tener colgados en su despacho, con todas las fotos que usted tenga estrechando la mano de Su Majestad el día que lo nombraron Doctor Honoris Causa en la Universidad de Salamanca en un solemne acto de reconocimiento conmemorativo de su tercer Nobel de Física, con todo eso, no es usted ni la mitad de inteligente que los infalibles ordenadores que le dicen al Sr. Movistar, al Sr. Jazztel, al Sr. Wanadoo y a sus colegas desde qué teléfono se hace tal o cual llamada. Aseguran las compañías que es del todo imposible que esos ordenadores se equivoquen. Y les recomiendo que no insistan demasiado ante los operadores de los respectivos servicios de atención al cliente de que esas llamadas no se hicieron desde su casa, o le insinuarán, con guasón retintín, que quizás haya quien visita su casa cuando usted no está. Quizás sea la venganza del Sr. Pérez por lo de su señora, porque es más que evidente que los ordenadores jamás fallan. Por eso en los departamentos de informática de las empresas se montan las timbas de mus que se montan, y así matan los pobres su ocioso aburrimiento y se pasan las mañanas discutiendo ante el televisor y jugándose a los chinos (o al solitario de Windows, que queda mucho más “in” entre informáticos) si optan por ver el programa de Ana Rosa Quintana o el de María Teresa Campos.

Un ordenador infalible como los de nuestras telefónicas debieran prestarle a los pobrecillos responsables de la RIAA (Recording Industry Association of America), asociación que agrupa a las discográficas norteamericanas, quienes, siguiendo los datos que les ofrecían sus ordenadores y los de las compañías telefónicas americanas que transmiten los kilobytes de sus usuarios por el ciberespacio, denunciaron ante los juzgados norteamericanos a Gertrude Walton, una ancianita octogenaria de Greenwood (Virginia- EEUU) que llevaba muerta desde el pasado mes de diciembre, por compartir y distribuir desde su ordenador, de forma ilegal y manifiestamente corsaria y a través de programas informáticos P2 -con perdón- P, más de 700 canciones de Rock, Jazz y Rap. Se libró la pobre abuela porque tenía dos coartadas. La primera: estaba –que en paz descanse- muerta. La segunda: jamás había habido en su casa ordenador alguno.

Que tomen nota las empresas de telefonía estadounidenses y que les copien los ordenadores a las nuestras. Se van a hinchar las compañías yanquis a facturar llamadas a Ávila (y obviamente a Massachussets), que con estos ordenadores no se libra ni Dios.
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