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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 154
Semana del 11/02/2005
Carta de Dulcinea
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Ricardo Navas-Ruiz
M E llamo Dulcinea. Nací en El Toboso, pueblo manchego de calles amplias, tendidas al sol, con una iglesia muy visitada porque con ella se encontró Don Quijote cuando fue con Sancho en mi busca. Tengo treinta años, vivo en Madrid y estoy a punto de terminar mi tesis de doctorado sobre el mundo femenino en “Don Quijote”. Voy a darme prisa por acabarla porque con esto del cuarto centenario de la aparición de la obra todo este rollo está tan de moda que a lo mejor hasta me la publican. Hoy se me ha venido a la cabeza enviar esta carta al periódico porque no me gusta que no me dieran la oportunidad de decir cómo soy o qué pienso, cuando pudieron dármela. Espero que los lectores la acojan con simpatía, ya que no hablo de política ni de pasados polémicos.

Vi muchas veces a Cervantes en Madrid. Andaría por los cincuenta. Éramos casi vecinos y nos cruzábamos en la calle con cierta frecuencia. Al fin tuvimos ocasión de hablar y algo más en un viaje que hicimos juntos en un coche de línea. Yo iba a El Toboso a pasar unas vacaciones con mis padres cuya casa aún se conoce como la casa de Dulcinea. El se dirigía a Tomelloso de donde, según él, era un extraño caballero de nombre Alonso Quijano, a quien quería visitar para hacerle algunas preguntas. Luego leí en su novela que no quería acordarse del nombre del lugar. ¿Por qué sería? Quizá trataba de impedir que esos impertinentes que son los eruditos y los periodistas aparecieran por allá a molestar al buen señor.

En ese viaje coincidimos en los asientos de atrás. No había nadie cerca. Comenzamos a hablar de cosas tontas hasta que poco a poco entramos en aguas más profundas. Cervantes era un gran conversador, con todas esas historias de su brazo mutilado, las campañas mediterráneas y el cautiverio de Argel. Me tenía fascinada. También era muy galante. Pronto empezó a echarme piropos, a decirme lo guapa que era, que se moría por mí, y no sé cuantas cosas más. De pronto me tomó las manos y no me las soltó hasta que me bajé del coche en mi pueblo. Me quedé un tanto confusa y perpleja; pero le dejé hacer porque me gustaba sentir su mano, - una, que la otra la llevaba cubierta-, estrechando las mías. Cuando nos despedimos, me robó un beso que quedó temblando en el aire. Me prometió venir a verme para pasar juntos unos días; pero nunca lo hizo y, como se fue de Madrid, según me dijeron, no tuve ocasión de encontrármelo más. Saqué la impresión de que era un mentiroso, pero un mentiroso inteligente y simpático.

Unos años después de ese viaje apareció su “Don Quijote”. Ni les cuento que lo compré enseguida y me lo devoré en menos de una semana. No pueden imaginarse lo mucho que me agradó que don Quijote me cambiara el nombre, pues ese de Aldonza que me pusieron mis padres no lo tragaba ni abreviado a Aldo. No puedo describir mi emoción al saberme princesa de sus pensamientos y en su estima la belleza más fascinante del universo. Claro que sólo me lo creí a medias, aunque no soy fea ni mucho menos. Pero ese bobalicón de Sancho lo estropeó todo diciendo que me conocía y que era una labradora medio hombruna, con buena mano para salar cerdos, y otras lindezas que todo lector conoce. Lo debió de hacer por resentimiento porque llegó un día a casa de mis padres a pedir trabajo y no se lo dieron. Les pareció un si es no es taimadillo.

La verdad es que este juego de perspectivas me recuerda la historia de una prima mía que vivía en Salamanca. Se llamaba Felícitas. Se enamoró de ella un estudiante, Calixto, que aprovechó el coincidir con ella en una iglesia para decirle todo una serie de disparates, comparándola con Dios mismo. Ella se lo creyó, aunque aparentó enfado. También él le cambió el nombre y la llamó Melibea. Melibea era para él la mujer más hermosa del mundo, con sus rubios cabellos que vencían al oro más puro de Arabia y sus ojos verdes que opacaban el color del mar. Pero sus criados y unas prostitutas que vivían cerca se reían y decían que a la chica le olía el aliento y que las tetas le caían hasta el ombligo. La pobre Melibea se suicidó al enterase de la trágica muerte de Calixto en un accidente cuando iba a visitarla de noche en su huerto. Más tarde un escritor recogió la historia en un libro que Cervantes consideraba divino.

Pero, en fin, eso no me molestó particularmente. Todo el mundo tiene derecho a verla a una de la manera que le parezca bien. Y además se había puesto de moda por entonces el punto de vista, la idea de que las cosas no tienen sólo una cara. Me molestó que don Quijote, que hasta a las prostitutas de la venta juzgó damas de alta alcurnia, no hiciera nada por contrarrestrar la visión de Sancho y, que bajo el cómodo pretexto de los encantamientos, se creyera de buena gana lo que le dijo su criado. Esto ya lo ha notado una crítica, - mujer tenía que ser, claro - , Ruth Reichelberg en su “Don Quichotte ou le roman d’un juif masqué” [1989]. Hasta en la Cueva de Montesinos, donde quiso equipararme a los famosos héroes de la Caballería Andante, congelados en el tiempo, me contempló como una campesina triscadora, cuando poco le hubiera costado verme como reina. ¡Unos maravedises me quiso dar el muy estúpido como si una fuese una pobretona! Eso sí que nunca lo he entendido. Pero allá él, el bueno de Cervantes, digo, con sus ideas peregrinas. ¿Qué se le estaría pasando por la imaginación? ¿Se le cruzaron los cables y pensó que yo era una cautiva, como él lo fue, y necesitaba dinero para ser libertada? Tampoco le perdoné de buena gana, aunque me hicieron reír, sus casi-traiciones. Mucho presumir de casto y querer imitar a su modelo Amadís; pero no dejó de coquetear con las prostitutas de la venta y arrimarse un tanto a la famosa Maritornes. Y ¿qué diré de todo el episodio con Altisidora? Mejor no digo nada, que me enfurezco.

Pero nada de esto es el problema que me atosiga. A lo que no dejo de darle vueltas y vueltas es a la razón por la que Cervantes no me dejó salir como personaje de carne y hueso en su novela. ¿Se imaginan cómo habría cambiado la obra si, al fin de sus andanzas y su búsqueda, Don Quijote me encuentra? ¿Si me coge las manos, se arrodilla ante mí, y trae a la memoria aquella escena del autobús, aquel beso furtivo, y todas las veces que desde ese momento suspiró por mí? Pero no, terco él, no quiso recordarme en el lecho de muerte, cuando dicen que recobró la razón, como si nunca hubiera existido yo para él, ni tampoco aceptó poco antes la propuesta de Sansón Carrasco y Sancho Panza para iniciar una nueva vida con una desencantada Dulcinea.

Lo cierto es que, dejando mi orgullo aparte y lo mucho que me hubiera gustado participar en la acción, no puedo concebir un final así. Me hubiera parecido ridículo. Mucho menos podría imaginarme viviendo, como Amadís y Oriana, un amor a primera vista, escenas de arrebatos pasionales y estallidos de celos, o una boda final con todas las pompas reales. No logro encajarme en ese marco. Definitivamente, he de admitir que Cervantes tenía buen gusto y sabía un montón del arte de escribir. Una sola tarde nos vimos, un solo beso nos dimos, pero bastaron para que pudiéramos intuir en ese instante irrepetible el sabor de la eternidad, el deseo de ser inmortales para querernos sin tiempo, la idea inefable del amor. Él me lo dijo. Me dijo que siempre sería en su recuerdo como esos sueños inasibles del amanecer que la Aurora tiñe de rosa, como esas nubes blancas, efímeras, evanescentes, que cruzaban el cielo de La Mancha mientras recorríamos su inmensa y callada llanura. No quiso en su novela que la realidad, con sus manos de hierro, viniera a destruir ese mundo etéreo y único de nuestras visiones intangibles. Y así me hizo como me recordaba: inalcanzable, belleza absoluta y pura.

Ha sido mejor así después de todo. El lector de hoy se devana los sesos tratando de adivinar si fui grosera campesina o princesa sin par. Por lo que pueda ayudarle a decidirse en el conflicto, le diré que de fea no tengo nada. Los hombres se vuelve
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