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EBIDO al enorme desarrollo de las distintas disciplinas del saber, ha llegado a considerarse conveniente y lógico dejar a los especialistas la jurisdicción sobre su ramo. Que en cierto grado debe ser así, parece incontrovertible.
Sin embargo, al generalizarse esta actitud de inhibición del hombre común a favor de los especialistas, y, más aún, al radicalizarse esta actitud, confiriendo a otros en exclusividad la facultad de juzgar sobre unas y otras materias, se producen consecuencias inconvenientes, en algunos casos dramáticamente inconvenientes.
No es lo mismo atribuir a otros la exclusiva en conocimientos como la física, la química o las altas matemáticas, que hacer lo propio en materias tales como la religión, la moral, la política, las costumbres. Tener escasos o nulos conocimientos en las materias mencionadas en primer lugar, no tiene por qué traer necesariamente consecuencias negativas al hombre común; pero ese mismo desconocimiento referido a las otras disciplinas puede tener, y de hecho tiene, efectos sociológicos nefastos.
En España concretamente, ha sido tradición que el monopolio de la religión y la moral lo ostentase el clero. Durante siglos, el hombre común ha mantenido la transferencia del pensar religioso y moral a este estamento. El cual, por egoísmo natural entre otras razones, no ha estimulado el desarrollo en el laico de una vida religiosa propia, pensando que la sumisión pura y simple era lo más prudente. Pero esta situación, enquistada a través del tiempo, ha generado derivaciones indeseables en la época actual.
Al relacionar los temas morales obligadamente con los clérigos, se ha llegado a un punto en que el aborto, la homosexualidad, etc. se presentan al hombre común como “asuntos de curas”. Es decir, el creyente rechaza estas prácticas “porque así lo dice la Iglesia” (entendiendo por tal al clero), y el no creyente las defiende porque no quiere seguir el criterio de esa Iglesia, sino contravenirlo. De esta forma, cuestiones que pertenecen al ámbito de la ley natural, son adjudicadas al campo estrictamente eclesiástico.
No es infrecuente encontrarse con personas que, al preguntarles qué opinan del aborto, contestan que, como creyentes, deben condenarlo. O bien, se encuentra uno con otras que, siendo increyentes, se sienten espoleadas a defender lo que condena la Iglesia. Es difícil hacerles entender que la pregunta no concierne a sus creencias o falta de ellas, sino a su posición personal sobre la cuestión. El equívoco se ha ido consolidando a través de los años por la inercia y cómoda pasividad de los laicos, así como por la falta de interés del clero en alterar dicha inercia y pasividad.
Es decir, que cuestiones tales como la legalización del aborto, el matrimonio de homosexuales, la manipulación de embriones, etc., que deberían ser condenadas clara y fácilmente en función de la ley natural, son relegadas, tanto por creyentes como por increyentes, al campo de las cuestiones religiosas y eclesiásticas.
Las cosas no alcanzarían proporciones dramáticas en el supuesto de que la Iglesia conservase la influencia social de antaño. Pero no es así. Por diversas circunstancias, dicha influencia se ha desplomado, reduciéndose a niveles mínimos, arrastrando en su desplome, y aquí está el quid del problema, las enseñanzas morales transferidas. Como la Iglesia siempre ha defendido la ley natural, la mayoría de la sociedad, ahora que desdeña a la Iglesia, también desdeña su enseñanza moral, la cual no sólo respeta la ley natural, sino que se basa en ella. Este es el motivo de que triunfen disparates tales como el aborto, la homosexualidad y demás aberraciones. Las gentes desprecian la ley natural que obra en su interior, pensando que se trata de un prejuicio religioso inducido por el estamento clerical. Un gigantesco equívoco.
Colectivos poderosos de homosexuales y feministas han trabajado durante décadas sin la menor vacilación en pro de sus reivindicaciones. No han encontrado resistencia en la sociedad, pues el hombre común siempre ha estado a la espera de las directrices eclesiásticas en vez de reaccionar por cuenta propia. Habiendo delegado en el clero la facultad de pensar moralmente, no se ha sentido con suficientes fuerzas para oponerse desde su conciencia personal. Y la Iglesia no ha estado a la altura de las circunstancias, debido a su obsesivo afán de acomodarse al mundo a partir del Concilio Vaticano II, lo que le ha llevado a no predicar su doctrina tradicional abiertamente a nivel popular. Como consecuencia, el aleccionamiento de las masas por medios de comunicación en manos liberal-progresistas no ha tenido el debido contrapunto.
Ahora las cosas han llegado demasiado lejos debido a esta doble renuncia, la del laicado a pensar por cuenta propia y la del clero a predicar su doctrina moral, y el trastorno de la sociedad puede ser muy grave.