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IGO para empezar, contra corriente y sin rodeos, que no estoy conforme con la idea recurrente de una monarquía de Franco, felizmente frustrada y sustituida, no menos felizmente, por la monarquía democrática. Lo digo, en el proceso de objetivación histórica del franquismo, que apunta trabajosamente. Lo digo, por supuesto, con todo respeto para las personas que manifiestan aquella opinión, a la que enfrento las cuatro proposiciones siguientes, resumen de muchos argumentos y documentos.
1. Franco restaura la Monarquía.- Este es un hecho histórico y evidente. Franco (con todo lo que supone) es históricamente autor de la II Restauración (justamente a los cien años de la Primera). Para algunos (Fernández de la Mora), Franco sólo es esto:
“Franco no tuvo una ideología y el único acto eminentemente franquista a lo largo de su historia como Jefe del Estado fue la aceptación de la Monarquía para su sucesión y la elección de los Borbones como familia dinástica de España”.
Una Restauración sin Franco es históricamente inimaginable. La propia Familia Real admite y declara que la Monarquía volverá con Franco o no volverá. Si icronicamente , se suprimiera lo que ahora se considera nefando golpe de Estado de 1936 , lo más probable sería que hoy estaríamos en cualquier consecuencia de la República; pero no en monarquía.
Sabino Fernández Campo (1999) lo dice con autoridad reconocida:
“Sin la guerra civil española y el triunfo de las fuerzas de Franco, la Monarquía no hubiera tenido demasiadas posibilidades de volver a instalarse en nuestro país, donde sólo quedaban reminiscencias nostálgicas”.
Si, por otra parte, se pretendiera una restitución histórica (como la que se ha hecho con las Brigadas Internacionales) habría que volver al 17 de julio de 1936 y no al reinado de Alfonso XIII, a quien, con sus herederos, Franco redimió de la tremenda condena por alta traición, que la República le impuso el 26 de noviembre de 1931 y que, de no mediar aquella intervención, hoy seguiría pesando sobre los Borbones.
Franco nombra directamente a su sucesor, a título de Rey, y éste se corona con los presupuestos y los requisitos establecidos por la Restauración de Franco. El propio Rey lo reconoce solemnemente en sus discursos y sus declaraciones urbi et orbi:
“Nunca permito que hablen mal de Franco en mi presencia porque uno tiene que aceptar de donde viene. Y fue ese hombre quien me puso en el Trono (traducción literal del inglés, 1993)”.
“En los día que siguieron a la muerte de Franco, el Ejército hubiera podido hacer lo que le diera la gana. Pero obedeció al Rey. Y seamos claros, le obedeció porque yo había sido nombrado por Franco, y en el Ejército las órdenes de Franco, incluso después de muerto, no se discutían”.
2. Con perseverancia y paciencia.- Franco tiene y declara desde el primer momento (en plena guerra) el designio de la Restauración, que es el argumento de todo su reinado (el Estado Español se declara constituido en Reino, en 1947). Lo que ocurre es que esta operación, de marquetería china, la tiene que hacer con tanta perseverancia como paciencia, porque la hace en las condiciones más diversas y más adversas, que tiene que ir toreando (al mismo tiempo que torea toda suerte de tensiones interiores y exteriores), tanto contra el sentimiento de mayorías sociales (que le apoyan), como contra el sentimiento de minorías monárquicas (que le acucian). La necesariamente larga marcha (López Rodó) es una obra maestra de evolución semántica (ahí están las hemerotecas) y de vaselinización política (más hemerotecas) a la que Franco dedica los redondeados cuarenta años.
Todos, desde el Rey (Vilallonga) hasta la última memoria (Licinio de la Fuente) admiten que en la España de la postguerra no había sentimiento monárquico y que Franco rema contra corriente. En definitiva Franco (causa de la causa) acaba metiendo en la barca de la Restauración a Girón, a Tierno, a Tarancón, a la duquesa de Alba, al generalato, a la Banca, a Campmany y a la vecina del 17.
3. Sin predeterminación alguna.- No es cierta la confrontación entre la Monarquía de todos y la Monarquía del 18 de julio. Al final de la larga marcha, Franco sólo nos deja la Monarquía, sin predeterminaciones, sin condiciones.
Muchos recordamos que en 1958, en el proceso semántico, el Estado Nacional adopta la forma política de Monarquía, tradicional, católica y representativa (Principio VII del Movimiento Nacional); pero pocos recuerdan que, previamente a la designación de sucesor, Franco declara a la Prensa que la Ley Orgánica del Estado establece los cauces para la posible alteración de los Principios Fundamentales (en esta misma declaración Franco dice que “no podemos prescindir del mundo capitalista liberal en que vivimos, que condiciona nuestra labor y que, dentro de él, hemos de perseguir los logros sociales más ambiciosos que sean compatibles con la situación general).
Antes, en 1966, hace una declaración pública que va a ser su argumento hasta la muerte:
“Conforme los años pasan, se hace necesario preparar el campo nacional a que discurra y viva por sí mismo. Yo no puedo hacer más que agotar mi vida en vuestro servicio; que sean los españoles y el propio esfuerzo nacional el que se defienda. Las leyes pueden establecer y abrir nuevos cauces, pero la acción tiene que ser eminentemente popular”.
Esta idea (incluyendo expresamente la posibilidad de los partidos políticos) ya está en la gran entrevista de Groussard (Le Figaro, 1958) que deberían releer con especial atención los que suelen opinar sin lectura ni estudio. Así, a partir de 1969, ni en sus declaraciones ni en sus conversaciones con el Príncipe sucesor ni en su testamento, Franco fija condición alguna a la Monarquía que lega.
En aquel orden, en el testamento, lo único que Franco pide es afecto, lealtad y colaboración para el Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón ( Un gran periodista antifranquista dice que sería injusto no reconocer a este texto [el testamento] profundidad y emoción ). Y, ya en la agonía, al Príncipe sólo le pide una cosa (es decir, no le pide ninguna otra): que mantenga la unidad de España. Antes, respondiendo a las reiteradas demandas del Príncipe, se niega a darle consejos, según el testimonio literal del propio Rey:
“No es interesante [le dice Franco] porque cuando tengas que hacerlo tú [gobernar], lo tendrás que hacer de una manera completamente diferente a como yo lo he hecho”.
En 1974, su última declaración periodística (su otro testamento, desconocido por Preston, hasta que se lo descubro en carta de 1997) no deja lugar a dudas. Franco concluye con estas palabras:
“Nunca se encontró un pueblo en mejores condiciones para entrar en el futuro. Tienen ustedes los medios. Lo demás está por hacer. De ustedes es ya toda la responsabilidad”.
¿Dónde está, pues, la llamada Monarquía del 18 de julio, si no se entiende, como sostiene el profesor Ignacio Sotelo, que la actual Monarquía es efectivamente la Monarquía del 18 de julio, que, según ha escrito Rafael Borrás, se trasmuta, en 1978, en la Monarquía parlamentaria que nos rige ?
4. Y la deja atada y bien atada.- Frente al pronóstico de Carrillo (Juan Carlos, el Breve), los veintisiete años transcurridos desde el 22 de noviembre de 1975 (fecha de la II Restauración, con su estampa histórica del juramento en las Cortes) han confirmado plenamente aquel aserto de Franco, que recordaba Fernández Campos: “Su sucesión en la persona de Don Juan Carlos fue lo único que Franco dejo atado y bien atado”.
A quienes han analizado seriamente el contexto de la expresión atado y bien atado, referida inequívocamente a la Monarquía, les tiene que asombrar la simpleza con que, en tantas ocasiones y por tan sesudos varones, se ha comentado tan superficialmente. Su antología es un monumento a la verborrea, que se salva en juicios solventes como el ya citado y, en este punto, poco leído, profesor Sotelo, catedrático de Ciencia Política de la Universi
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