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ICE el Evangelio que la verdad nos hará libres. Y aunque sea políticamente incorrecto citar el texto sagrado del cristianismo y aun a riesgo de que los mal intencionados de turno me tachen de “meapilas” y “beatón”, lo cierto es que el cristianismo forma parte inseparable de nuestra condición de españoles y de europeos. Es así, incluso para quienes no comparten o no practican esa fe: sin aceptar la realidad no hay posible libertad, y ¿quién puede pretender que nos entendamos a nosotros mismos si no somos valientes para asumir nuestro legado?
Ya que de libertad se trata, hay que reconocer que la libertad de la que disfrutamos en nuestra democracia sufre estos días ciertos recortes. La llamada “corrección política”, los temas, opiniones y expresiones que pueden o no ser empleados en el lenguaje público, limita la libertad de expresión, de conciencia y también las libertades públicas. Lo peor del caso es que la definición de esa absurda “corrección política” está en manos de la izquierda (política, cultural y mediática), y que una parte insospechadamente grande de la derecha acepta sin resistencia los límites que le aplican.
La cosa tiene en estos días una expresión ligada al XV Congreso Nacional del PP. Si la referencia al “humanismo cristiano” en los Estatutos del partido se va a retirar, o se ha insinuado su retirada, no se trata de algo sin causas y sin consecuencias. Y afecta, naturalmente, a la libertad de millones de españoles.
Si ha sido un cambio inadvertido, que nadie había realmente deseado ni casi notado, es decir que Gabriel Elorriaga y Ana Pastor no habían caído en la cuenta de lo que hacían, la verdad es que el PP de Mariano Rajoy estaría demostrando estar en manos, digámoslo suavemente, descuidadas, porque la cosa tiene su miga. Sería desde luego una buena razón para analizar, antes del cónclave popular de octubre, quién hace y deshace de puertas a dentro de Génova. ¿O es que llevan razón los que creen que “la renovación empezó en José María Aznar y terminó en Ana Mato”?
Si la cosa responde en cambio a un nuevo ensayo de sosería “centristoide“ –por otro lado tan del estilo de Elorriaga; ya se sabe su enorme aportación a los manuales de teoría electoral: “no hay que hacer campaña para no despertar al monstruo dormido socialista” fue su frase favorita antes de las elecciones del 14 de marzo--, a cambio de asumir el lenguaje de la izquierda y su “corrección política”, la cosa es peor aún. El PP no tiene nada que ganar si renuncia a esas señas para buscar a hipotéticos –y lejanos en el caso que ocupa-- electores “flotantes”, y corre el riesgo de impacientar a sus sufridores de siempre. Todas las críticas que el PP hizo a la Constitución europea por una cuestión análoga podrían ahora volverse en contra del partido y sus gestores.
Hay que tener más cuidado, porque las palabras las carga –con perdón-- el diablo.
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