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  Firmas Invitadas - Edición Nº 158
Semana del 11/03/2005
Todos a la cárcel con Berlanga
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Joan Pla
H ACE tiempo que no hablo con Luis García Berlanga. La última vez fue en Ibiza, cuando la UCD decadente, en 1981, nos invitó a unas jornadas culturales. Han pasado 25 años en un soplo y cabe suponer que muchos de los que entonces aguantábamos hasta el alba en los trepidantes jolgorios de la isla pitiusa, los que hablábamos de literatura, de cine y de política a todas horas con infinita voluptuosidad, estamos hoy un poco más sosegados y con un cargamento obligatorio de píldoras contra la próstata, el colesterol, el reumatismo o la tensión, sin olvidarnos, claro es, de la aspirinita infantil. Ya digo, hace tiempo que no hablo con Luis García Berlanga, pero me acuerdo de él, precisamente hoy, 11 de marzo de 2005, mientras las grandes mayorías decentes de mi nación rezan por sus muertos y se solidarizan cristianamente y al margen de toda facción política con las víctimas del terrorismo y con sus respectivas familias, que también son víctimas.

Graciano García, el ínclito Chano que dirige la Fundación Príncipe de Asturias, cuando le dieron a Berlanga en Oviedo el Premio de las Artes, en 1986, dijo textualmente: " Honramos a don Luis García Berlanga, por su lucidez para mostrarnos en el momento justo, sin amarguras ni rencores, las carencias de una España que ya es Historia con imágenes que son patrimonio del arte universal... "

Lo de ver la realidad sin amarguras ni rencores, como decía Chano, es un don que a muy pocas personas se otorga. Hoy por hoy, me gustaría ver y vivir la realidad con el mismo sentido del humor y con la misma serena inteligencia con que veía Berlanga la realidad española del último medio siglo.

Con sus películas nos hemos enterado de lo hermosa y divertida que hubiese sido nuestra nación, si no hubiesen existido los meapilas de la censura y los inquisidores que brotaron como la mala hierba en el jardín de las libertades marchitas. Sus películas fueron el espejo irónico, la recreación inteligente y divertida de una realidad triste y rematadamente negativa.

¿Soportaría nuestro tiempo, tan cargado de mezquindades dialécticas, el ojo crítico y cinematográfico de Buñuel o de Berlanga ?

Ha quedado en agua de borrajas el título de Berlanga - "Todos a la cárcel"- que, hace unos años, nos hizo presentir un fuerte contenido crítico acerca del Poder y de la situación política. Por el contrario, hoy todo se resuelve y se deslíe en un tira y afloja de sainete parlamentario, en catalán, mientras Carod pide respeto para el Presidente de la Generalidad, Maragall presenta excusas y Piqué se queda sin respuesta a su clara y simple pregunta: ¿ Acusaba Maragall, cuando dijo lo del 3 %, de corrupción al anterior gobierno de la Generalidad: Sí o no ? Pues, ni sí, ni no. Que lo digan los jueces, responde el nieto del poeta Maragall, el que gobierna en plan de “reina madre”. Que le respondan los Jueces a Piqué. Sobre todo, ahora que ya le han retirado la querella…

Seguro que Maragall no se le habría escapado a Berlanga, ni Carod a Buñuel.

Berlanga fue para mí - y para muchos más de mi generación periodística – un buen maestro para la crítica del sistema, por la vía del buen humor y de la inteligencia. Otros de su quinta y de su oficio, por haberse metido de hoz y de coz en las filas antifranquistas del Partido Comunista de España, como es el caso de Bardem, ejercieron un magisterio crítico, tal vez más metafísico, pero, sin duda, mucho más aburrido e ineficaz, sin que por ello dejen de merecer nuestro respeto a su libertad de pensamiento. Lo que digo es que berlanga ha sido un auténtico pionero en la conquista de las libertades de expresión. Así se lo manifesté en Ibiza, cuando UCD nos invitó a un congreso de intelectuales, poco después del 23-F.

En la película que le premiaron a Berlanga en 1993 trabaja mi viejo amigo Juan Luis Galiardo, aquél que era tan malo en sus primeras interpretaciones y que, después de haberse curtido en los melodramas mexicanos y de haber sosegado, con la edad, sus infalibles facultades de hombre-objeto, se ha convertido en un actor formidable. Galiardo y yo fuimos "condiscípulos", porque, allá por los años sesenta del siglo pasado, anduvimos juntos, probando fortuna en el examen de ingreso a la carrera cinematográfica, yo como aspirante a director de cine y él como actor, en aquel viejo palacete de la calle Génova, en Madrid, cuando Berlanga formaba parte del tribunal que nos examinaba y nos suspendía olímpicamente. Para consolarnos, nos fuimos Galiardo y yo a la calle del Pez, donde Amparo Reyes y el ínclito Gonzalo Fernández de Córdoba, en su pomposa Escuela de Arte Dramático, nos hacían recitar un día sí y otro también el célebre prólogo de Benavente "¡ He aquí el tinglado de la antigua farsa...!"

Recuerdo que Berlanga, en sus palabras de agradecimiento, cuando le dieron el premio por su película “Todos a la cárcel”, dijo una cosa que, a mi humilde juicio, es muy importante. Hizo mención de los veteranos directores del cine español que, como él mismo, cultivaron el género de la comedia divertida y crítica, abandonando el sermón histórico y doctrinario que se usaba y se imponía en el pasado régimen. Sus palabras, a continuación de las que pronunció el joven actor Juan Echanove, que fue premiado como el mejor actor por su papel de Franco en "Madregilda", fueron palabras con dinamita para el régimen difunto, pero no tuvieron el soniquete tópico - y demagógico -de los que, como Echanove, proclamaban su gozo y su dolor por haber interpretado magistralmente a su peor enemigo. Yo creo que Berlanga, cuando nos manda a "todos a la cárcel", nos destapa el culo mejor que nadie y hace la única crítica eficaz que se puede hacer. Presumir de franquista o de antifranquista, en los tiempos ya maduros y bien zurrados que ahora corren es, por lo menos, una solemne chorrada. El pobre Manolo Summers, que alcanzó fama de franquista a ultranza en sus últimos años por publicar sus cosas en "El Alcázar" y en el "ABC", ha sido también, doy fe, uno de los críticos más agudos que han tenido el pasado y los actuales sistemas de gobierno. Fernán Gómez y Camilo José Cela también nos han enseñado a utilizar el humor como arma invencible contra cerriles, intolerantes, meapilas y dictadores.

El ya sexagenario Garci, el del "Oscar" en Hollywood, colega y compañero mío en los periódicos del llorado falangista Rodrigo Royo, acuñó el tópico de la asignatura pendiente. Todos tenemos una asignatura pendiente en este país siempre inacabado y siempre imperfecto por la gracia de Dios. La asignatura pendiente de Berlanga, así me lo confesó mientras me examinaba en la Escuela de Cinematografía, es una película de un autor mallorquín. Escribiré ahora, a modo de primicia informativa, lo que hablamos Berlanga y yo la primera vez que hablamos, siendo él director del tribunal y yo un simple aspirante que se examinaba. Me confesó entonces su íntima ilusión de llevar al cine la novela "Miss Giacomini" de Miguel Villalonga. Es el relato de ocho días de vida provinciana, escrito por un ciudadano que supo y pudo, venturosamente, cambiar su espada militar por su pluma de humor y de combate. La crítica que hace Villalonga a la sociedad mallorquina de su tiempo no podía pasar inadvertida al talento expresivo de Berlanga.

Pasados los años, presiento que no llegaremos a ver esa película, aunque hay actrices formidables en este país que bordarían el papel de la "vedette" que vino a Palma y escandalizó a las damas de la parroquia y a la gente de orden de mi isla natal. Villalonga era un cachondo, terrateniente y capitán de Infantería, que sabía muy bien lo que se escondía en aquella sociedad mallorquina de los "muebles enfundados, quietud y decencia, bostezos ahogados, tal es la Regencia". Berlanga, por su parte, no ha dejado nunca de saber cómo se pintan esas situaciones en el cine y yo no me resigno a que se vaya al otro mundo sin haber dirigido "Miss Giacomini". Es posible, incluso, que encuentre capital para su pro
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Edición 58 - La otra guerra del 25 de mayo
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