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Época II - Año XIV
Edición Nº 4131
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 158
Semana del 11/03/2005
Como los cangrejos


Óscar Molina
E STE viernes se cumple un año del 11-M. Hace 365 días que España vivió una de las jornadas más tristes y trágicas de su Historia, y no puedo ser yo, ni seré, quien vaya a añadir nada a todo lo que se dice y se escribe con un acierto y brillantez a la que no puedo llegar. Pero sí quiero fijarme en qué hemos hecho desde entonces, y centrarme en qué respuesta estamos dando a la amenaza terrorista, porque tengo la impresión de que hemos perdido terreno, de que caminamos hacia atrás.

El terrorismo es una especie de guerra posmoderna que se enmarca a la perfección en la famosa frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. El terrorismo hace la guerra, es guerra. Además ataca para la consecución de objetivos políticos, y en supuestos agravios políticos se apoya para intentar justificar sus salvajadas. Y por encima de todo, el terrorismo es inmoral, pues no existe causa alguna que pueda justificar la matanza indiscriminada de inocentes. Por ello, creo que si queremos vencer al terrorismo hemos de ser conscientes de la necesidad de atacar en estos tres frentes; es imprescindible entender que el terrorismo es una guerra, vital asumir que es inmoral y carece de justificación, e imperioso que lo desterremos del terreno de la política.

Aquí no venimos haciendo nada de eso, así nos va y me temo que nos va a ir. En primer lugar, no somos conscientes de que se nos hace la guerra; venimos careciendo de la conciencia colectiva que suele aparecer en una sociedad atacada. Jamás llegamos a entender los ataques del 11-S como una agresión a nosotros, a nuestro modo de vida, a nuestros valores, y preferimos esconder la cabeza bajo el ala de razonamientos de baratillo, conclusiones obscenas que llevaban a los Estados Unidos a ser los causantes de su propio sufrimiento. Nos anega la miopía de creer que quien quiere aniquilarnos no nos hará nada si no le provocamos, y achacamos la masacre de Madrid a nuestro papel internacional durante la Guerra de Irak. Craso error, porque yo creo que es cierto que el terrorismo atacó España por su apoyo a Bush, pero no lo hizo como venganza, no lo hizo por devolver un golpe, lo hizo porque ese apoyo político servía oportunamente de trampolín a algo que sí estaba en los fines de quienes mataron a 192 madrileños: cambiar un Gobierno firme contra el Terror por otro, presidido por un virtuoso de la sonrisa. El apoyo de Aznar a la invasión de Irak no actuó como causa, sino como oportunidad, y de no haberse llegado a producir la foto de las Azores, el terrorismo bien podría haber encontrado otra motivación para sembrar España de muerte en cualquier otro momento, siempre y cuando le resultase rentable, porque eso es lo que busca: rentabilidad. La misma rentabilidad que el pueblo español le proporcionó cambiando al Gobierno de la Nación. Evidentemente, los terroristas no fueron los únicos que encontraron el atentado rentable, creo que eso hay que decirlo.

Del mismo modo que le damos la espalda a una guerra atípica, dejamos de lado nuestra mejor arma: la superioridad moral. Sin complejos, somos superiores moralmente a quienes siembran de muerte unos trenes repletos de ciudadanos, a quienes asesinan a niños en un colegio, a quienes estrellan aviones de pasajeros contra edificios. En nuestra sociedad podemos libremente pensar, elegir el culto o expresarnos, con el único límite del respeto a los demás y a una Ley que no emana de Dios, sino de organismos a cuyos miembros elegimos todos. En el diseño de nuestra sociedad no cabe la imposición de creencias o ideologías, no cabe los procesos judiciales sin garantías, el pensamiento no delinque ni los pecados son delito. No en vano, jamás en la Historia una democracia atacó a otra democracia, ni hubo guerra entre ellas. Por eso, pretender teñir de moral las razones religiosas, nacionalistas o de otra índole que esgrimen los terroristas para hacer lo único que saben es un error de considerables proporciones. Prestarles excusas incluso antes de que ellos las encuentren es un suicidio; pretender dorarles la píldora tolerando hasta sus creencias más extremistas en detrimento de nuestros valores es una insensatez, que se puede vestir muy bien de tolerancia progresista, pero no supera el grado de gilipollez en estado de embrión. Y permitir que haya quien comparta sus fines de destruirnos como sociedad, como Estado, como comunidad, como Nación y se escude en el uso de otros métodos sin que le pongamos fuera de la Ley, es el comienzo del fin. El terrorismo carece de principios, y alimenta su ignominia de las justificaciones que curiosamente le brindan sus víctimas. Nosotros sí los tenemos, y del mismo modo que sólo hacen falta siete notas para componer música, no hay por qué acudir a ampulosas declaraciones, sino fijarse en lo básico, en lo escaso en número pero inamovible e innegociable que ha hecho posible nuestro progreso. No hace falta adornarse, sobran recursos a las cursilerías ineficaces y grandilocuentes, en nada ayuda el hartazgo de frases retóricas biensonantes de marcado oportunismo para cada ocasión, y apesta oír hablar de surrealistas Alianzas de Civilizaciones; máxime cuando son imposibles con quien piensa que por designio de Dios, es el propietario de tu vida, tu casa y tu civilización.

Tampoco dejemos al terrorismo el terreno de la política. Echémosle de él. No coqueteemos con sus voceros, y mantengámosles fuera de las instituciones. No permitamos que haya quien nos recuerde todos los días la falacia de que detrás de cada muerto hay un conflicto, al tiempo que se ofrece como arreglo. No. Porque quien se presta a acabar con ese supuesto problema no daría ruedas de prensa si sus cofrades no mataran, no tendría un sueldo de parlamentario si sus amigos no hubiesen causado tanto dolor, ni tampoco podría hablar públicamente de “política” sin ser tomado a coña de no ser porque la muerte, la extorsión y el secuestro a inocentes es algo muy serio. Y a los del segundo escalón, los que ofrecen planes con nombre propio como garantía de Paz, exijámosles que la Paz sea previa al Plan. No nos sentemos con ellos hasta que acaben con lo que sin duda terminarían en tres patadas si realmente tuviesen voluntad. Incluso pretensiones tan absurdas, risibles y ridículas como las suyas caben en nuestra democracia, pero antes es necesario que su importancia real se mida en términos que no sean una pila de cadáveres. Es cierto que de faltar esa pila no se les tomaría en serio, pero eso no es culpa de nadie, más que de la estupidez congénita de sus iluminadas alucinaciones, de la falta de rigor que contienen, y de la xenofobia que rezuman.

Y como final déjenme que les resuma unos síntomas, unas señales que nos dan idea de hacia dónde estamos caminando, un año después.

Un año después tenemos dos asociaciones de Víctimas del Terrorismo; una de ellas la preside una señora que tizna de matices políticos gran parte de sus declaraciones, y se recrea en lamentables y vetustas apelaciones al clasismo trasnochado.

Un año después, los terroristas de ETA vuelven a “estudiar” a distancia (la misma forma en la que matan, por cierto) en la Universidad del País Vasco.

Un año después se pretende cerrar la Comisión de Investigación del 11-M sin admitir el estudio de documentos ni aceptar las comparecencias que propone un partido al que votaron más de 9 millones de españoles.

Un año después, el Gobierno de la Nación se apoya en un partido, ERC, cuyo líder más notorio se entrevistó con la cúpula de ETA para pedir que los terroristas no mataran en Cataluña. Un año después este mismo señor se recrea en sus llamadas al enfrentamiento entre españoles y en su chuleo en el manejo de las proclamas de división.

Un año después se ha nombrado a un presunto Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo que no acude a sus manifestaciones, que no se presenta a homenajes de víctimas del Partido Popular, pero sí hace acto de presencia en los de los muertos de su partido.

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