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L valor convencional aplicado a la dicotomía derecha-izquierda se ha visto desdibujado con el paso del tiempo, hasta llegar a la situación actual en la que las dificultades prácticas de clasificación se hacen más imprecisas, si cabe, por lo que su valor de uso como elemento definidor de una identidad ideológica no pasa de ser un puro espejismo. Acaso porque, ya desde sus orígenes, se trataba de una mera clasificación de lugar –tópica-- que, desde luego, adquirió un formidable éxito publicitario capaz de facilitar su aceptación como instrumento dialéctico; pero también porque se hizo una simplificación interesada de su iconografía en términos de utilización del fenómeno de manera excesivamente parcial, desde el momento mismo en que comienza a construirse la estructura lógica de sus contenidos.
Recuérdese, por ello, que su originaria aplicación en el terreno de las ideas se produjo en los albores de la Revolución Francesa, cuando los diputados del “tercer estado” se situaron a la izquierda de la presidencia para mostrar visualmente su oposición a los otros dos brazos representativos --nobleza y clero-- en aquella Asamblea Nacional que sucedió a los Estados Generales, donde la presión ilustrada del conde de Mirabeau dio consistencia fundacional a las pretensiones burguesas del “tercer estado” en los locales parisinos del “juego de pelota”. Naturalmente, a la derecha de la cámara quedaron los defensores de la monarquía absoluta, de los derechos feudales y de las instituciones corporativas del “ançiene regimen”, mientras en el lado opuesto aumentaba la proporción representativa hasta culminar con el triunfo del famoso tríptico revolucionario: libertad, igualdad, fraternidad. Pero recuérdese, también, que la aparición de la izquierda política en el escenario ideológico vino acompañada por la primera adulteración de sus postulados cuando el sector más radical de la “izquierda” se encaramó a los escaños superiores de la Asamblea Nacional (“la montaña”) desde donde iniciaron una etapa de “Terror” como no había conocido la Humanidad doliente hasta entonces. El abuso de la guillotina para la nivelación de todos los oponentes y el empleo de las bayonetas para la exportación mundial del modelo demostraría con eficaz realismo cuales serían sus señas de identidad más genuinas, dejando en papel mojado los atributos del tríptico.
Nada extraño que a tales excesos liberticidas les sucediese la rotunda reacción “terrmidoriana” que abrió las vías al Consulado de Bonaparte hasta el cenit imperial del Gran Corso; solución de la que parte la tensión dialéctica a que quedó sometida aquella dicotomía derecha-izquierda en permanente flujo contradictorio con los orígenes. Era difícil patrimonializar a un lado del espectro los valores de la libertad frente a la opresión, la igualdad frente a los privilegios y la fraternidad frente a los egoísmos, cuando la vertebración de esos principios se quería aplicar con tan espurio bagaje de intransigencia. De ahí que la historia posterior durante los siglos XIX y XX no deje lugar a dudas respecto a la incapacidad de la izquierda para incorporar al acervo común los postulados que reclama como partida de nacimiento, porque el vicio inicial en su ejercicio ha corrido parejo a su desarrollo hasta culminar en la compulsión totalitaria del siglo XX que a punto estuvo de asolar la civilización occidental desde sus raíces, dando lugar a una similar reacción totalitaria desde la derecha.
Porque, evidentemente, desde aquella primera muestra de la Convención francesa las secuencias del proceso tienen una consecución práctica durante el Ochocientos en los sucesivos embates revolucionarios suscitados cada vez que la izquierda política optaba por la ruptura en la búsqueda de su horizonte mesiánico de redención universal: a las jornadas revolucionarias de 1848 les seguiría la reacción dictatorial del segundo Imperio que protagoniza Luis Napoleón Bonaparte; al violento episodio de la Comuna de París (1871), la dictadura seudo-parlamentaria de Mac-Mahon. Y ya en el siglo XX, el fenómeno acción-represión-acción que se encuentra en la base interpretativa del materialismo histórico --de Marx a Stalin, pasando por Lenin-- instala su prototipo en la revolución bolchevique de 1917 al sublevarse, no contra el absolutismo de los zares (como sigue empeñada en transmitir la progresía occidental), sino contra una república burguesa –la de Kerensky— cuyo desenvolvimiento suponía acabar con la explotación feudal sin el terror al que se vio compelida la republica socialista de los “soviets”. A los ochenta años de aquella monstruosa orgía, cabe preguntarse si era necesario para el triunfo de la izquierda asesinar a la familia Romanoff como forma de erradicar la tiranía, o si era imprescindible suprimir los privilegios de la nobleza agraria y los beneficios de la floreciente industria rusa para implantar la férrea disciplina de los “koljoses” y de los planes quinquenales. La reacción de una burguesía aterrada por la compulsión totalitaria del proceso, agravada por la exportación mundial al que se dedicó con inusual ímpetu la III Internacional, explicaría la subsiguiente compulsión totalitaria de los fascismos; pero no estará de mas consignar que el asalto al palacio de Invierno se produjo con doce años de antelación a la marcha sobre Roma y diez y seis antes del incendio del Reichstag.
Convengamos, más bien, que el viento de la historia ha sabido poner en su sitio la verdadera naturaleza de aquellos optimismos redentores, así como la formidable capacidad de mixtificación para intentar apropiarse de tales señas de identidad en el calor especulativo de sus laboratorios. Para nadie es un secreto –hoy-- que la “casa común” de la izquierda ha abandonado por inservibles los latiguillos sobre la dictadura del proletariado o la lucha de clases como motor de la historia, etc. etc. ; salvo para quienes, instalados confortablemente en los altos niveles de renta que solo es capaz de generar el sistema económico capitalista, pasean su culto a la exégesis del marxismo-leninismo por los “media” occidentales que tan suculentos beneficios perciben como correa de transmisión de los denominados trabajadores de la cultura en su versión menos “proudhoniana”. Habrá que continuar con el tratamiento.
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