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N mi anterior artículo, titulado “La verdadera grandeza”, sólo hablaba de Jesús Pozo, de Ismael Medina y de mi hermano Pepe, que murió el 16 de septiembre de 2004. Hoy, repasando viejos papeles, me encuentro con algunos de los escritos que dediqué a Manuel Fraga en las tres o cuatro ocasiones en que hablé con él, en Mallorca y en Madrid, directa y sosegadamente.
La última vez que publiqué un par de páginas acerca de Fraga, en uno de los párrafos decía yo textualmente: “Obra en mi poder su última carta manuscrita de enero de 1993, en la que me felicita el año nuevo y me agradece el interés que me tomé por el estado de salud de su esposa, después del accidente que sufrió en la carretera. Les deseo, a Ud. y a los suyos, mucha prosperidad y aprovecho la ocasión para saludar a mis viejos amigos en Galicia, sobre todo a ese hombrecito con perilla y sin bigote, Jesús Pérez Varela, tan inquieto, que fue mi antecesor en la dirección de "El Imparcial" y que ahora le lleva el Gabinete de Comunicación en la Junta gallega.”
Después, Pérez Varela ha seguido ascendiendo de categoría en política y ha llegado a ser, amén de consejero estrella en los sucesivos gobiernos autonómicos de Fraga, un firme candidato a la sucesión, según rumores y conjeturas de mis colegas en Galicia. Con Pérez Varela tuve yo, sin que mediase una sola palabra entre los dos, un debate fantasma en la prensa gallega acerca del 23-F y fue cuando al independentista Beiras le dio por utilizar mi libro “La trama civil del golpe”, publicado por Planeta en 1982, para pedir la dimisión de Pérez Varela, precisamente, por lo que yo decía de él en el citado libro. Comoquiera que el independentista tomó frases textuales de mi libro sin citar mi autoría para nada, yo le dije que, con tanto plagio, había llegado el barbudo a parecerme “la Ana Rosa Quintana de la independencia gallega”. Ni se inmutaron los mencionados gallegos: Uno, siguió utilizando mi libro como guión de sus discursos y el otro, sin que le temblase la voz y sin que se le alterase el pulso, desmintió mis argumentos y casi llegó a parecer que jamás me había conocido y que jamás había tratado, estando en “El Imparcial”, a Juan García Carrés, a José Antonio Girón de Velasco, a Antonio Tejero Molina, etc. Creo que ya nadie se acuerda de lo que publicamos, hace ya seis o siete años, en “La Voz de Galicia”.
A Fraga, mientras conversábamos en la calle Silva de Madrid, le dije textualmente: “Recordará que, después de aquel célebre y dramático encuentro que mantuvimos en Palma de Mallorca, concretamente en el Hotel Victoria y en presencia de Cruz Martínez Esteruelas y de la plana mayor de la derecha local, cuando Gabriel Cañellas no había saltado al ruedo de la política, hemos mantenido, que yo recuerde, tres o cuatro entrevistas más, de las que una de ellas se publicó en Madrid a cuatro planas. Estuve yo en su despacho de la calle Silva y la situación política estaba entonces al rojo vivo. Lo de Palma, cuando yo le puse la metáfora del verraco que se comía a todas las gallinas que encontraba a su paso en el corral de mi pueblo, igual que Ud. se comía a todos los periodistas que le preguntaban por lo de Montejurra, resultó violento y le obligó a dar aquel bote en el sofá y a exclamar, a voz en grito, que me iba a partir la boca, cosa que me dejó acojonado y, menos mal, que estaba allí Cruz Martínez Esteruelas y puso calma en el ambiente. A Cruz, antes de que Franco le nombrase ministro, le conocía yo y nos tratábamos con absoluta cordialidad en las empresas de March donde ambos trabajábamos, a principios de los años sesenta. Cruz puso paz y, al final, acabamos la mar de amigos, cada cual con su berrinche.
Un mes o dos antes de lo de Tejero, recordará Ud. que tuvimos una comida en "Alfaro", en Madrid, en la que había varios generales, bastantes periodistas y varios políticos de diversa significación ideológica. Yo pregunté, en la sobremesa, a ver si los militares españoles de aquel momento, cuando todos los poderes fácticos del país parecían estar en contra de la gran acción política de Adolfo Suárez, defenderían a muerte el orden constitucional, en caso de que el "ruido de sables" que se percibía en el ambiente llegase a cuajar en realidad de golpe de Estado o si, por contra, serían otra vez insurrectos como lo fueron con Franco en 1936.
En esa ocasión no fue el santo Cruz Martínez el que me libró de los cañonazos que querían pegarme los señores generales allí presentes. Fue Ud., precisamente, el que calmó a quienes se sentaban a su lado y tuvo arte para explicarles que, en verdad, lo de Franco fue un golpe de Estado contra la República constitucional…
Después, se produjo el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y lo que no se dijo en los medios de comunicación de aquellos días es lo que yo le había preguntado a Ud. antes y que quedó escrito y publicado en "La trama civil del golpe", así como tampoco se atrevió nadie a comentar y a resaltar su postura, perfectamente reflejada en su respuesta textual a mi pregunta. Decía Ud, concretamente: "...Actos gravísimos como el de Cartagena, o el más reciente del Ministerio del Interior, aquí en Madrid, revelan que hay un grave problema interno en el seno de las Fuerzas Armadas, que no tienen en este momento un especial respeto por el actual ministro de Defensa..."
De hecho, hubo algunos comentaristas que, desde la magnanimidad económica del último gobierno de Suárez, donde estaba mi amigo y paisano Melià, que en paz descanse, se ocuparon en resaltar la gravedad de los acontecimientos de Cartagena, donde el general Atarés Peña tuvo una bronca estrepitosa con el teniente general Gutiérrez Mellado, y la gravedad incuestionable de otros acontecimientos antidemocráticos que sucedían por aquellas fechas. Nadie se tomó la molestia de investigar sobre el significado de aquella pregunta que yo le hice y que también se publicó: "¿Ha erradicado Ud. de las filas de su partido cualquier tipo de propensión anticonstitucional y de retorno al sistema en que, como años atrás, el poder militar prevalecía sobre el poder civil ?"
Todo aquello, ciertamente, pasó a la Historia y quedó archivado. Yo me vine a Mallorca y Ud. aterrizó en su pueblo y se hizo con la Presidencia del gobierno autónomo de Galicia.
La primera vez que hablé con Ud. fue en la presentación del libro "Poemas de Somosaguas" de Lucía Bosé. Yo le había seguido por sus correrías turísticas de ministro de Turismo aquí en Mallorca, cuando mi paisano y buen amigo Gabriel Barceló inauguró su primer Hotel Pueblo y le nombraron a Ud. "alcalde de honor" de aquel poblado de vacaciones. Tenía Ud. entonces fama de ser muy duro y muy apabullante con quienes éramos, bajo aquel régimen de poderes absolutos, una especie de vasallos resignados. Y va Ud. y me dice textualmente: "He oído hablar de un libro que acaba de publicar sobre la historia de los periodistas en Madrid. Enhorabuena por el premio que le han dado". Me sentí anonadado, emocionado, lleno de alegría y le dije ruborizándome: " Me gustaría mucho regalarle y dedicarle mi libro, señor ministro.
¿Quiere que se lo mande a su casa ?" Y Ud. contestó, secamente: "No, señor. Yo me lo compro, cuando sea oportuno".
Han pasado los años y Ud. persiste en su empeño de gobernar.
Algún desinformado ha dado en creer que pertenezco a su cuerda política. Ud., mejor que nadie, sabe que eso no es cierto, porque Ud. sabe que la única militancia impenitente que ejerzo es la de no pertenecer a ningún partido y la de admirar siempre, eso sí, al gallego que se fue a segar a Castilla y que fue tres veces alcalde y luego catedrático y luego ministro y luego presidente, etc. Quiero decir que le deseo, como decimos en catalán, “salut i força”. Si Dios le da la presidencia, San Pedro se la bendiga.