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  Firmas Invitadas - Edición Nº 162
Semana del 08/04/2005
Bolivia, en medio de la oscuridad.-( 4.- La coca y el poder)
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Abel Abascal
“LA coca pertenece a los dioses. Pachamama, la Madre Tierra, la regaló a su gente, las naciones Aymara y Quechua”. Así dicen los indígenas que habitan la Amazonia, y de manera especial los de Bolivia, que son la población mayoritaria del país, extendidos por el altiplano, la sierra, las faldas y, en menor medida, en los valles.

¡CAUSACHUN COCA!,¡WAÑUCHUN YANQUIS!

ESE es el grito de guerra de los cocaleros, los cultivadores de coca, las poblaciones originarias de Bolivia, a las que pertenece el diputado Evo Morales. Ese grito significa: ¡Viva la coca!, ¡Yankee go home!., y afirman que nació por el dolor de unos pueblos que se dicen perseguidos por los designios norteamericanos. Desde que llegaron a nuestras tierras, comentan entre ellos, los blancos han querido controlar nuestra hoja para su enriquecimiento personal. Siendo la coca uno de nuestros mayores tesoros, argumentan, han abusado de ella y, aquí y ahora, abusan de ella por el mundo entero, pero como no han podido controlarla, están decididos a destruirla. Ellos han catalogado nuestra hoja sagrada como una droga, afirman.

Frente a lo que constituye una bandera eminentemente política, aprovechando el sentimiento cultural de los pueblos andinos que se sienten protegidos y sostenidos por ella, dado su sistema de vida, las dificultades orográficas del altiplano, el esfuerzo que exigen el trabajo y el movimiento en las alturas de los Andes, y la siempre pobre alimentación que proporcionan estos parajes, desde 1948 el gobierno de los Estados Unidos, al amparo de Resoluciones de la ONU, ha hecho todos los esfuerzos posibles para erradicar el cultivo y el consumo de la hoja de coca.

Los indios se han sentido ofendidos, traicionados y perseguidos porque para ellos “la coca no es una droga, esa es una mentira del hombre blanco con la que hay que acabar”. Para ellos, la coca es vinculo de unión, es lo que les une y les fortalece y es la base de las comunidades. La planta sagrada es insustituible para estos pueblos hasta extremos inimaginables. Es mucho más importante que el pan para el hombre occidental, y tan necesaria como el agua para su organismo.

Cuando el alcaloide de la cocaína fue extraído de la hoja de coca a mediados del siglo XIX, dicen, el hombre blanco se fijó en sus propiedades terapéuticas y comerciales – mucho más en estas últimas – sin tener en cuenta la tradición andina, que señala la planta como un auxilio para curar enfermedades, no para provocarlas, o para combatir el hambre y el cansancio que genera nuestro ambiente, para estrechar lazos entre nosotros o para consolar nuestras tristezas y nuestros lutos. Para ello, la planta solo hay que masticarla y salivarla incansablemente. Es la base de nuestra manera comunitaria de vivir. Para el hombre blanco solo significa placer, vicio o evasión de la realidad; para nosotros es vida.
Pero este empeño de los EE.UU. por erradicar la coca provocó una reacción indígena no pensada ni mucho menos prevista. La guerra contra las drogas motivó la unidad de los campesinos del Chapare que se sindicalizaron, mas tarde intentaron formar una central campesina y, por último, desembocaron en el MAS, que arrastró, no sólo a los cocaleros, sino a elementos de la clase media, sobre todo profesionales y pasó a ser la segunda fuerza política de Bolivia y, hoy, es ya la primera.

LA VENGANZA DE LA COCA

TODO esto nació de la desesperación por defender su derecho inalienable al uso y cultivo de la coca, que llegó a crear, en palabras de Evo Morales, “una conciencia nacional, especialmente entre el movimiento campesino e indígena,(...) de la necesidad de luchar por la soberanía, por la dignidad y por la liberación del pueblo, que sabe que nunca podrá haber ‘coca cero’(...) Hablar de ‘coca cero’ es hablar de ‘cero quechuas’, ‘cero aymaras’ y ‘cero guaraníes’, porque para estas culturas la hoja de coca es un producto sagrado”.

Esta reacción, junto a la lucha por la nacionalización de los hidrocarburos, y la integración de los cocaleros en La Vía Campesina, que ha aglutinado a los campesinos de Europa, Asia, Africa y América, comunicados por medio de la red de internet, tuvo su primera víctima en el Presidente Sánchez de Lozada, casi seguro que obtendrá la segunda en Carlos Mesa, y la tercera acabará siendo Bolivia, si, como parece previsible, la Presidencia cae en manos de Evo Morales, el indígena antiimperialista y globafóbico, con carisma pero sin cultura.

Porque este asunto de la hoja de coca tiene su cara y su cruz. La creencia cultural de la coca buena, inofensiva – que lo es – para los indígenas que la mastican desde casi cinco mil años, es cierta, como también lo es que “la ingesta de 100 gramos de hoja de coca boliviana equivale a la dosis diaria recomendada de calcio, hierro, fósforo, vitamina A, B2 y E,” afirma el doctor boliviano Jorge Hurtado. La hoja contiene mas vitamina A que ninguna otra fruta y el doble de calcio que la leche, según un estudio de Duke, Oulik y Plowman de la Universidad de Harvard.

Aunque también es verdad que los cultivos de coca en las Yungas o en el Chapare, están dedicados a algo más que a la masticación de los indígenas. Entre 1998 y el 2000 se erradicaron en Bolivia 60.000 hectáreas de coca ilegal, supuestamente dedicada a la producción de droga. Un ignorante cultivador decía no hace mucho a un investigador científico sobre asuntos agrícola y alimentarios: “Los precursores no hacen daño a la naturaleza por esta zona porque hay muchas aguas que los arrastran”. Sin comentarios.
Para finales de este mes de abril se prevé que la fuerza boliviana antidroga habrá destruido 2.000 has de coca, de acuerdo con los productores del Chapare, que conservan un “cato” (parcela) de 1.600 mts cuadrados de coca por familia, para su consumo personal. Pero esto no supone la desaparición de cultivos ilegales destinados al narcotráfico, bien por exportación de la hoja, o ya transformada, por los propios cocaleros, por medios rudimentarios.

Este es uno de los problemas más profundos que tiene hoy Bolivia, el del cultivo de la coca, porque mientras en el de los Hidrocarburos se barajan dólares y centavos, en el de la coca hay mas que eso, porque se toca la fibra más sensible de las creencias, la tradición y los hábitos. Es, en definitiva, la cultura vital de unos pueblos que les dice que la coca era buena para ellos, pero que si el “verdugo” extranjero la toca, para él solo será un veneno que le traerá la locura. Ese “verdugo” en otra época era el español, ahora es el gringo.
Por eso, el camino al poder pasa por la droga, y habrá que ver si, una vez resuelto, como haya lugar, el problema del petróleo y el gas, el mediático Mesa, si sigue en el poder, cede a las cada vez más crecientes presiones de Washington y declara “cero coca”, para volver a enfrentarse con las masas y con Evo Morales, quién, por cierto, ha propiciado, en estos días, la entrega al gobierno de un proyecto de comercialización legal de la hoja de coca producida en las 3.200 hectáreas de plantaciones permitidas, para que los campesinos puedan, sacar bajo control, la hoja a las comunidades donde se consume, sin necesitar intermediarios.

Evo trae conmocionados a los gobernantes de Perú, e incluso al ex presidente Alan García (1985 – 1990), porque en este mes será “padrino” de la filial peruana de su partido “Movimiento al Socialismo” (MAS), además de participar en la fundación de una agrupación obrero campesina, en Cuzco, el corazón de los pueblos indígenas. Los políticos peruanos están alarmados ante la posibilidad de que los indígenas se agrupen porque podrían constituir, como en el caso de Bolivia, una fuerza arrolladora, capaz de derribar gobiernos. Y no están muy desencaminados.

“¡VÁYASE, PRESIDENTE, VÁYASE!”

QUIÉN puede hablar de esta fuerza por propia experiencia es Gonzalo (Goni) Sánchez de Lozada, presidente en 1993 – 1997, elegido nuevamente en 2002 y obligado a renunciar en octubre de 2003. “Sánchez Losada no renunc
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