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ON este título, “Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional americana,” publicó a finales de la primavera pasada un libro Samuel P. Huntington, profesor de la Universidad de Harvard y Director de la Academia Harvardiana de Estudios Internacionales y Regionales. Se halla de nuevo en candelero en estos días por su traducción al español recién editada por el Fondo de Cultura Económica de México. El profesor Huntington era bien conocido, aparte sus servicios al Gobierno de los Estados Unidos, por otro libro aparecido en 1996, “El choque de civilizaciones,” que propició la popularización del término para designar los conflictos armados de su país en naciones como Afganistán e Irak.
En la introducción a “¿Quiénes somos?” se considera el autor a sí mismo un patriota y un sabio. Nada tengo que decir sobre lo de patriota. Todos somos patriotas, de una forma u otra, aunque sostengamos puntos de vista completamente opuestos sobre la patria, su esencia y su destino. Patriota es una de esas palabras de connotación indefinida, totalmente imprecisa y vacía, que se puede llenar con lo que se quiera o convenga. Al parecer, por el contexto, para el profesor Huntington, ser patriota es defender un modo de ser esencialista de la patria, la forma en que ha cristalizado desde unas ideas tradicionales y dominantes. Esta identificación supone una grave distorsión por lo limitadora y excluyente. Habría sido mejor que el profesor Huntington se hubiera definido simplemente como conservador para evitar malentendidos, que con el lenguaje no se debe jugar si se pretende ser intelectualmente honesto y no ofender a nadie.
Lo de sabio es más peliagudo. Traduzco por sabio la palabra inglesa “scholar” que no tiene equivalente adecuado en español. En realidad, encierra varias connotaciones: sabio, erudito, experto, especialista, maestro, investigador. No es poca petulancia llamarse uno a sí mismo sabio o especialista, aunque lo sea. Lo usual, por lo menos en ciertas tierras, es emplear una litotes, por humildad siquiera fingida, y decir algo así como: pues, hombre, sé un poquillo de esto, verá usted; pero de maestro, nada. Claro que aquí en el mundo “escolástico” estadounidense puede ser peligroso el uso de litotes. Sé de un colega que usó una en el prólogo de un libro y sus compañeros de Departamento se basaron en ella, al evaluarlo, para decir que, según él mismo admitía, su libro era poca cosa. Miren como se las gastan también por aquí. Así que hace bien el profesor Huntington en llamarse sabio o “scholar,” por si acaso.
Pero, ¿lo es? ¿Es un sabio, un experto en la materia, el profesor Huntington? Debe de serlo, sin duda, que cargo tan importante en tan prestigiosa institución universitaria no lo habría de ocupar un tonto ni un ignorante. Estos dos libros, sin embargo, nos dejan un tanto perplejos. Si se presentaran como ensayos personales, como meditaciones crepusculares, de alguien que siente amenazado su cómodo estilo de vida o la supremacía de la cultura que lo permite, poco habría que reprocharle, que cada uno es libre de pensar y decir las sonseras que se le ocurran. Si se supusieran escritos por un político o por un demagogo, - las dos cosas son con frecuencia lo mismo -, se entenderían comprensivamente, pues misión es de tales entes tratar de convencer a su público con tesis de su agrado. Ampararlos bajo la etiqueta de investigación parece, en cambio, excesivo, si no un truco ingenuo para revestir de prestigio intelectual vejeces que ya teníamos olvidadas, ideas tendenciosas y carentes de apoyo documental, cuando no abiertamente falsas y distorsionadoras de los hechos. La investigación no puede sustentarse ni en mentiras ni en ignorancias ni en medias indagaciones.
Los dos libros asumen como punto de partida un supuesto que contiene una verdad innegable, la supremacía actual de la cultura anglosajona, y una explicación controversial, que esa supremacía es fruto de los valores éticos protestantes. Desde tal proposición se advierte del peligro que esa cultura superior corre de ser erosionada y aun destruida por otras diferentes e inferiores, en especial, la islámica y la hispana. El profesor Huntington se inserta de este modo en una corriente de pensamiento, muy típica de un estamento conocido por las siglas WASP [white anglo-saxon protestant], dueño todavía del poder y del dinero. Me viene a la mente, como confirmación, que eso de la supremacía de la cultura anglosajona y su raíz protestante es también tesis de un colega harvardiano de aquél, Lawrence E. Harrison, en “El subdesarrollo es un estado mental” [1985] y “¿Quién prospera?” [1992]. Me pregunto si andarán los dos discutiendo entre risitas cómplices en charlas de café o en las reuniones del profesorado, porque no deja de ser sospechosa la coincidencia. Por supuesto ambos deben de utilizar las mismas lecturas derivadas del padre de todos, Herbert Spencer.
Una pregunta que no deja uno de hacerse es cómo, si la cultura angla es tan superior y avanzada, podría ser destruida por otras tan pobres, tan carentes de recursos técnicos, tan atrasadas. Algo no cuadra en el conjunto. El miedo a que eso ocurra no debe de ser real, sino un simple recurso retórico para alertar a sus propietarios a ponerse a la defensiva y proteger por todos los medios que puedan imaginar el mundo en que viven. Pero, si es real, el problema es grave. Quiere decir que los anglosajones han dejado de estar seguros de su capacidad para subyugar al mundo, para someterlo a su poder, para moldearlo según su pensamiento. Sería ello un síntoma más de la decadencia y desintegración de un imperio que ha dominado esta tierra miserable desde el siglo XIX con una brutalidad increíble. Tras las meditaciones alarmistas del profesor Huntington se esconde de cualquier manera la conciencia de una cultura que sabe que nunca más podrá ser lo que sus fundadores quisieron que fuera. Parece que a él y a otros les cuesta entender que la historia evoluciona, que la vida cambia.
Pero el miedo, fingido o verdadero, hace ver fantasmas. Fastasmas ve el profesor Huntington que le impiden analizar con claridad la realidad. En “El choque de civilizaciones” viene a decir que en el orden mundial presente no hay guerras territoriales ni nacionales, sólo enfrentamientos ideológicos, de civilizaciones, de los cuales es especialmente peligroso el del Islam con el Cristianismo. Con ello logra disimular bajo el manto de santa cruzada, de defensa de la ética cristiana frente a los bárbaros del Islam, las últimas aventuras colonialistas de Estados Unidos en Asia, entre ellas, la más sangrienta de Irak. Hay muchos que acríticamente han aplaudido la idea de genial e innovadora. ¿Se han parado a pensar que desde hace muchos siglos los occidentales en particular han acudido a la ideología para justificar sus rapiñas, sus genocidios, sus guerras? Ni genial ni nueva, simplemente replanteamiento oportunista de una vieja mentira, tanto más pernicioso cuanto desfigura la verdadera cara brutal del hecho.
En “Quiénes somos?” el profesor Huntington arremete contra los emigrantes mexicanos. De cuantos llegan a Estados Unidos, los considera los más peligrosos para la permanencia y pureza de la cultura anglosajona por su resistencia a aprender inglés y asumir los valores de aquélla. Puedo imaginar la pesadilla que para el bueno del profesor, arrellanado confortablemente en un sillón de su lujoso despacho, representa ese cuarto de millón de rotos, mugrientos, hambrientos e ignorantes, que cruzan cada año la frontera del paraíso, a pesar de los esfuerzos de la famosa migra para detenerlos. Su pesadilla debe de aumentar si se para a considerar que tal corriente migratoria es imparable y que dentro de unas décadas los hispanos se aproximarán a los cien millones en su país. Quizá hasta llore de rabia cuando dirija sus ojos hacia Florida y se informe que de allí se han ido en unos años más de cien mil “blancos” porque no les entienden en la calle
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