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  Firmas Invitadas - Edición Nº 163
Semana del 15/04/2005
Me alegro de volver a verte, Stephen Hawking
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Joan Pla
H E vuelto a ver al Sr. Stephen Hawking, en lo de cada año de los Premios Príncipe de Asturias. Siempre me emociona y me estimula ver a este señor. Con lo del científico Hawking y con la lectura de las quince mil palabras que ha provocado Abascal en nuestro Foro con su tema boliviano casi no he tenido tiempo para más cosas. Hablar con Hawking es como descansar y refrescarse en un oasis, después de una larga caminata por el desierto.

Hace años, cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias, le decía yo a Stephen Hawking, en un artículo que se publicó en Mallorca en noviembre de 1995, que siempre que pensaba en él me venia al pensamiento la metáfora del fuego que nace y se alza sobre el hielo, que es lo mismo que la vida que se alza sobre la muerte, ese gran mito de nuestra fe secular.

Desde que vi sus ojos por primera vez, hace ya dieciséis años, quedé enamorado de su inteligencia y dispuesto a merecer su amistad. Su personalidad, sin duda ninguna, es de las más atractivas del siglo pasado y de este milenio que ahora comienza.

Es muy posible que, entre mis buenos lectores, sea Hawking el menos conocido entre los personajes que he tratado hasta el día de hoy. Pero ya digo, su personalidad, tanto en lo físico como en lo espiritual, es de las que más me han impresionado a lo largo de mi profesión periodística diaria.

La referencia a sus ojos es una referencia literalmente amorosa. “Es usted el minusválido más bello que he conocido – le dije una vez por escrito - y su mirada me cautiva, porque es el espejo del más puro entendimiento. Toda la luz que me interesa está en la tristeza natural de su mirada inteligente. Hablo de una mirada prisionera en un cuerpo minusválido e inmóvil, gravemente deforme y, por desgracia, completamente ajeno a los cánones de belleza clásicos del escultor Fidias y a los de nuestra malversada cultura occidental.”

Cuentan las crónicas de su pueblo natal, que es nada menos que Oxford en la Gran Bretaña, que fue Hawking un mediocre estudiante de bachillerato. Me llamó la atención ese detalle de su mediocridad estudiantil y recuerdo que hice un repaso rápido de sus coetáneos, aquellos niños nacidos en 1942, recién terminada la guerra civil española y en plena guerra mundial, como son Felix Pons Irazazabal, que fue ministro y el presidente del Congreso de los Diputados y Felipe González, que también es de su quinta.

Hawking es el mayor de cuatro hermanos en una familia de gran predicamento intelectual. Su padre era catedrático de Biología en el University College de Oxford y era un notable experto en la investigación de las enfermedades tropicales. Su padre dudaba mucho acerca de las posibilidades que tenía su hijo Stephen de superar el grado de bachiller para ingresar en la Universidad de Oxford, pero, en 1959, un año más tarde que los dos socialistas españoles que acabo de mencionar, ingresó en la Universidad y terminó su carrera de Matemáticas y Física, considerando que las Ciencias Naturales eran demasiado inexactas para una mente como la suya que, por fin, había dejado de ser mediocre en los estudios.

Todos sus profesores guardan muy grata memoria de su inteligencia y, sobre todo, de su prodigiosa memoria.

Obtuvo una beca y se fue a Cambridge a ampliar estudios. Allí se especializó en Física Teórica y en Cosmología. Su ideal consistía por aquellas fechas en estudiar con el famoso astrónomo Fred Hoyle, que fue el fundador del Instituto de Astrofísica de Cambridge, pero el destino le puso al lado de otro gran científico, el Dr. Dennis Sciama.

Doblábamos la primera mitad de la década de los sesenta y el ambiente universitario de Europa empezaba a calentarse. Eran los prolegómenos del ya célebre "mayo" del 68 y Hawking ya estaba herido de gravedad por el virus que contrajo en su viaje a Oriente Próximo, que le produjo la esclerosis lateral amitrófica, conocida en el lenguaje médico por "enfermedad de Lou Gehrig".

Era Hawking demasiado joven, cuando se vio condenado para siempre en un cuerpo que, por mor del maldito virus, iría perdiendo paulatinamente las células del sistema nervioso central, es decir, aquellas células que regulan la actividad muscular voluntaria. Sus funciones locomotoras habían muerto definitivamente, aunque su cerebro se mantenía, si cabe, más lúcido que nunca.

Fue entonces, precisamente en los años de pleno bullicio estudiantil, cuando los médicos le diagnosticaron dos años escasos de vida. Aquella noticia, según nos consta por sus propias declaraciones, le produjo una depresión total y la comunidad científica mundial llegó a pensar que Hawking se había acabado para siempre, no en los dos años que le daban de vida, sino en aquel preciso instante en que se le informó exactamente de la gravedad de su enfermedad.

Supimos entonces que, víctima de su depresión, había abandonado usted su trabajo y se disponía a morir en su silla de ruedas. Estoy seguro de que la comunidad científica se sintió consternada ante su crisis.

Al mismo tiempo que en Europa se movían estupendamente los cerebros más jóvenes y asistíamos a los festivales del pensamiento en París, mayo florido del 68, cuando la revolución se dejaba escrita en los muros de la ciudad y "La Sorbonne" recuperaba su capitalidad mundial de la inquietud intelectual y se producía, una vez más en la Historia, el viejo prodigio de las piedras que hablan - "les murs ont la parole", decíamos entonces alborozadamente -, la confianza y la esperanza renacieron también en su cuerpo herido y paralítico.

Reanudó su tesis doctoral bajo la dirección del profesor Sciama y comenzó a trabajar con el físico teórico Roger Penrose. Nada menos que se había empeñado en descubrir el inicio del tiempo, mediante una comprobación matemática del mismo. Ahí comenzó su cátedra de Matemáticas Aplicadas y de Física Teórica en Cambridge.

En 1974 expuso sus teorías sobre los agujeros negros en el laboratorio Rutherford. Los científicos que le escucharon dejaron de ser escépticos y se rindieron ante la contundencia de sus argumentos. Apenas acababa de cumplir los treinta años y sus teorías sobre la singularidad del Universo, sobre el big-bang o explosión original del Cosmos y sobre los mencionados agujeros negros revolucionaron la Física del siglo XX. La teoría de la relatividad se ha aproximado venturosamente a la Mecánica Cuántica, merced a su trabajo científico. Desde su cátedra Lucasian, la misma que ocupó Newton, nos explica Hawking que los agujeros negros son, en puridad, energía térmica y que el concepto global del Universo no es otro que el de un espacio-tiempo finito y curvo, sin bordes ni fronteras. Hablar con Stephen Hawking, doy fe, es infinitamente mejor que hablar con los políticos del tiempo. De ahí mi alegría, cuando he vuelto a toparme con él.
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Edición 58 - La otra guerra del 25 de mayo
Edición 57 - Chumy y la pregunta inocente
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Edición 49 - El gallo de ‘Pueblo’ y sus 200 plumas
Firmas
_
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Alberto Acereda
Alfonso Berroya
Alfredo Amestoy
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Amilibia
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Enrique de Aguinaga
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Eulogio López
Félix Arbolí
Francisco Daunis
Gabriela Ardiles
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Honorio Feito
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Javier del Valle
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Joan Pla
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José A. Baonza
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José Manuel G. Torga
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