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Época II - Año XIII
Edición Nº 3901
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 sábado, 25 de mayo de 2013 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 138
Semana del 22/10/2004
No te escondas para teñirte el cabello


Manuel Salvador Morales
L A cosa comenzó con la manzana. Cuando Eva y Adán le dieron el primer mordisco, fastidiaron al resto de la Humanidad, que vendría después. Y hasta hoy. Porque, dice la Biblia, que al morder la manzana, ambos comenzaron a sentir vergüenza de estar desnudos, e inmediatamente se cubrieron con una hoja de parra. Así comenzó esa carrera enloquecida e imparable, que es el consumismo. La hoja de parra fue sustituida por la piel, y la piel por otra piel y, de entre estas, unas gustaban mas que otras. Bien, así nos va.

De pasada, no olvidemos que también, en ese momento, Adán y Eva se vieron con un sentimiento distinto al que habían venido experimentando. Ya la atracción no era algo puro que les empujaba a la reproducción por sí misma, sin ninguna otra intención. Ambos percibieron el tirón del sexo como la necesidad de buscar el placer. Consecuencia: que de paso evolutivo a evolución continuada fuimos a parar en el matrimonio entre maricones, que Zapatero nos quiere imponer y nos impondrá, para solaz y esparcimiento de unos pocos hijos de Adán y Eva que avanzaron muy deprisa y no quieren ser diferenciados aunque son diferentes.. Bueno, pocos no, porque son muy abundantes.

“¿Dónde estaban metidos?, preguntó mi tío el del pueblo, quién, como de costumbre, estaba filosofando conmigo,- porque han salido hasta de debajo de las piedras, y todos se van a convertir en votos, para alegría y satisfacción de Zapatero. Además,- me advirtió-, no les llames maricones, llámales gay, que si no te van a decir homofóbico”.

Pero eso no es a lo que iba, aunque también tenga ver con el asunto. Lo que quería decir es que la hoja de parra se convirtió, soterradamente, en el motor del progreso, y, éste, en la palanca del desarrollo, que no son dos cosas iguales aunque parezcan lo mismo. Progreso es avance, y desarrollo es extensión, ampliación, civilización. El descubrimiento del sexo y del placer, - por la gracia de la manzanita de marras-, nos llevó al deseo de bienestar y, en esta cadena, se engarzaron el ocio, la coquetería, la presunción, la vanidad, la moda y, en definitiva, el consumismo.

De esta manera, en el último tercio del siglo XX se acercaron los sexos, y en la última década, emergió un hombre distinto, más próximo a quien había sido, - desde la escena del arbolito, la serpiente y la manzana-, su antagonista y a la vez su complemento: la mujer.

Es el hombre emergente para el siglo XXI, un hombre alejado de la imagen tradicional. Le gusta acicalarse, bañarse en aguas aromatizadas, usar jabones, cremas, lociones y perfumes de fragancias dulces y frescas, pero de marcas exclusivas. Que no va al barbero, sino a los salones de belleza donde le hacen cortes a la última moda y peinados “fashion”, a veces extravagantes, así como la manicura, la pedicura, el barnizado de uñas, le depilan el vello del cuerpo y le tiñen el cabello con los colores al uso, sin importar cuan llamativos sean, o le hacen “mechitas” y le tejen extensiones, o le dan masajes.

Este hombre es alguien que busca su identidad, renunciando a parte de su “machismo” tradicional y rompiendo moldes. Para ello, basa su definición en su estilo y en su imagen. Y eso lo consigue con la ropa que usa, de firmas exclusivas y de colores variados, que van desde el negro o el blanco, a los más llamativos, como el rojo, amarillo, verde o azul, preferentemente en tonos pastel. Su calzado, sea casual o formal; siempre a tono con lo que vista, y sus accesorios, - desde las gafas de sol a los jeans -, han de ser de lo más moderno y más cotizados.

Su físico es una de sus mayores prioridades. No le importa someterse a una intervención quirúrgica, si es para corregir alguno de sus rasgos; es muy cuidadoso de su piel, y se preocupa de evitar las arrugas con cuantos tratamientos sean necesarios. Va a gimnasios, no para “hacer músculos”, que eso está “demodé”, sino para mantenerse estilizado, delgado y elegante. Y su entorno, -su vivienda, su oficina, los lugares que frecuenta-, han de estar ordenados, pulcros y ser sofisticados.

Le gusta mirarse al espejo, y goza de verse, y de que lo vean, bien. Disfruta de su reflejo como de su auto,- la mejor marca y el modelo más reciente-, o de su ropa interior, coqueta, con dibujos o de colores fuertes que, a veces, permite ver, en un estudiado descuido, dejando caer un poco sus pantalones con indolencia

Mi tío me interrumpió: ¡Rediez! – exclamó - ¡Me estás hablando de maricas!.

No. Esos hombres son “los metrosexuales”, según los define el periodista norteamericano Michael Flocker, en un libro que acaba de publicar y que se está vendiendo como rosquillas en todo el mundo: “El Metrosexual. Guía de estilo para el hombre moderno”. ¡Toma ya!. ¿Cómo se te quedó el cuerpo?.

“A mi se me hace – me comentó mi tío, el del pueblo, con ojos picarones – que tú estás hablando otra vez del Real Madrid”

No le hice el menor caso.Según Flocker, al “metrosexual” lo definen cuatro características: 1- Varón del siglo XXI que marca una tendencia; 2.- Hombre urbano heterosexual con un gran sentido estético; 3.- Hombre que invierte su tiempo y su dinero en su apariencia y en ir de compras; 4.- Hombre dispuesto a reconocer su lado femenino.

Para los hispanos esa última definición no es aceptable de buen grado, aunque esa Guía se ha convertido en la Biblia de los aspirantes a “metro” o de los que ya se han graduado. Sin embargo tienen que admitir que todos los que se agrupan en la moda “metro” son varones, obsesivos, narcisistas y, en ocasiones, un tanto inmaduros.

Que sean coquetos y presumidos no los hace afeminados, de la misma manera que hoy las mujeres llevan pantalones, fuman, hacen judo, juegan al fútbol o recogen pelotas, que fueron, tradicionalmente, cosas de hombres, y lo último, para el gobierno de “Mister Yes”, de manera especial y privativa, y las mujeres no han dejado de ser femeninas .¿Por qué los hombres, si se transforman en vanidosos, seductores, frívolos o juguetones, van a perder su masculinidad?. ¿Por qué se tienen que esconder para teñirse el cabello?

Mi tío me miró fijamente y dijo: “Mira, eso del americano que ha escrito el libro es como lo que dice Bush de la invasión de Iraq. Puro cuento. En mi pueblo, un tio así, si no es maricón, es un gilipollas, bañao y perfumao, leñe”. Y se levantó y se fue caminando lentamente y mascullando entre dientes. Ninguna cosa santa iría diciendo.
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