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STE año se reanuda en Mallorca la modalidad bilingüe de los Premios Ciudad de Palma. Así, quedan establecidos dos premios, uno en catalán y otro en castellano, con idéntica dotación económica de 18.000 euros, para cada uno de ellos. Los que concursen en castellano lo harán presentándose al “Premio Camilo José Cela” y los que concursen en catalán irán al “Premio Llorenç Villalonga”. Marina Castaño, que ha sido objeto de algunos reportajes, entrevistas y crónicas recientes, a raíz de la denuncia de los hermanos Cela que la consideran poco preparada culturalmente para presidir la Fundación que lleva el nombre del Premio Nobel, presidirá el jurado de los Premios Ciudad de Palma en castellano y ya se ha disparado la polémica entre los escritores más relevantes de mi isla natal, no sólo por el retorno a la modalidad castellana del concurso, sino por la inclusión de Marina en el jurado, ya que nadie considera a la viuda de Cela capacitada y con autoridad suficiente para juzgar al más humilde y discreto de los concursantes. Pero no es de Marina de quien quiero hablar hoy, sino de Camilo, al que conocí y traté con sincero y gran afecto, desde que llegó a Mallorca y hasta que se fue de Charo, de Mallorca y del mundo. La última vez que nos vimos fue en Barcelona, en octubre de 1994, cuando le dieron el Planeta. Allí estaba también Marina. Después, en 1997, él me mandó una página preciosa, para mi libro “Vint anys d’angelots”. Confieso que añoro bastante a Cela, especialmente ahora que tanta y tan encarnizada es la batalla lingüística entre los nacionalistas separatistas de Cataluña y los nacionalistas separadores del resto de España.
Un buen día, en 1987, Plácido Arango, presidente de la Fundación Príncipe de Asturias pronunció su discurso de alabanza a los que habían obtenido aquel año tan alto galardón y, entre otras cosas, dijo que Camilo José Cela era una "feliz combinación de cáustico y de poeta", "quevedesco" y "uno de los más grandes ingenios de nuestro tiempo". Aquel día le tocó a Cela hablar en nombre de los premiados y largó, para empezar, aquellos versos de "La Arcadia" de Lope de Vega que definen a España como "madrastra de tus hijos verdaderos" y como "piadosa madre" para los extranjeros. Me reí mucho ese día, porque entre los diez premiados de aquel año, sólo había tres españoles. Ahí fue donde le espetó el gallego al Príncipe de España, tan joven y tan alto, aquello que con tanta frecuencia repetía : "En España el que resiste, gana."
En una de mis cartas le dije a Cela: “Hace años que te conozco y tu personalidad concreta, en lo bueno y en lo malo, se mantiene idéntica. Es cierto que millones de neuronas de tu cerebro creador se han ido ya al garete y que lo que fueron encuentros, palabras, sabores y orgasmos formidables en tu primer viaje a la Alcarria son ahora, otra vez en el mismo paisaje de Guadalajara, leves sombras fugaces por las que amaneces, impertérrito, pisando la dudosa luz del día. No conozco a Marina y observarás que, durante el revuelo de tu separación de Charo y de tu fiesta universal en Oslo, no me asomé a tu puerta para nada y apenas me conformé con aportar una de mis entrevistas al hermoso libro de homenaje que te hicieron en Mallorca. Me gustaría conocer a tu nueva mujer, para preguntarle si has sido pelma con ella. Recuerdo que, en el primer encuentro que tuvimos, cifrabas la bondad de un buen padre y de un buen esposo en el simple hecho de no ser pelma con tu hijo, que entonces estudiaba el bachillerato en los franciscanos de Palma, y con Charo, que entonces era tu esforzada y paciente secretaria general en la Bonanova. Después vinieron tus pasodobles en el baile de los Nobel y sus confesiones acerca del muy verriondo Caballero Bonald, que siempre elegía a la "Canaria" en el barrio chino de Palma” No recibí respuesta. Ya mandaba Marina en casa de Cela.
Entre las diez o doce entrevistas que he publicado acerca de su persona y de su obra, quiero destacar dos o tres detalles que siempre se los descubrí inéditos o que, por lo menos, nunca fueron la línea matriz de los miles de kilos de papel que sobre él se han escrito y publicado. Por ejemplo, a nadie le confesó, como me confesó a mí, en 1966, que su verdadera y más profunda inclinación, además de la literatura, era la de ser pintor y que, incluso, había pintado bastante. Eso, me lo decía en la Bonanova, cuando Santiso, su paisano, nos hizo aquella fotografía al pie del gran mural de centauros que le pintó Pablo Picasso, el 18 de marzo de 1962.
Otra cosa inusual y que guardo como oro en paño es la de dedicarme sus libros en catalán, siendo él gallego de nación y al poco tiempo de instalarse en Mallorca, cuando todos los jerarcas del idioma, incluso los catalanoparlantes, se expresaban en castellano.
También recuerdo y me enorgullece el hecho de haber podido titular otro largo trabajo que publiqué en Madrid bajo el título de "Cela, sin un solo taco", donde tuve el placer de demostrar a mis buenos lectores que lo fundamental de su literatura no era el uso de vocablos malsonantes o de lo que el vulgo denomina tacos. Era un tiempo en el que sus novelas y sus artículos tenían el fragor y la frescura de la naturalidad, en un ambiente de forzada y triste corrección idiomática. Estaba el idioma español, durante aquellos años, tan neciamente domeñado por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas del régimen que, en puridad, parecía un idioma tan tieso, tan fósil y tan deleznable como el que ahora quieren imponer - e imponen - en sus bandos municipales, en sus discursos políticos y en sus centros de educación los capitostes de la normalización del catalán, que ahora son funcionarios del idioma. Ya hace años que hablábamos Cela y yo de los separatismos que engendra el idioma y él me decía que el problema, entre castellanos y catalanes, no era una cuestión de separatistas, sino de separadores.
La última nota que le mande por correo y que tampoco recibió respuesta decía así, textualmente: “Por lo que respecta a mi relación personal contigo, sólo quiero dejar escrito lo siguiente: nunca te he enviado los originales de los dibujos que te he hecho, cosa que siempre me pediste y a la que siempre me comprometí. Por si algún día te vuelven a interesar, aquí te dejo escrito esta especie de albarán de entrega: Debo a Cela los dibujos y caricaturas que le hice y publiqué en los periódicos durante estos últimos 25 años.” Mantengo mi promesa, por si la presidenta de la Fundación quiere que se cumpla el deseo de su difunto.
Nosotros, desde aquí, a la vera del mar de Ulises, que él abandonó para integrarse en la tierra de la miel y del frío pelón, contemplaremos la llama de sus ingenios.
Por último, en el Premio Planeta de 1994, donde, alzándose con el premio y con los millones, dejó Cela a más de trescientos novelistas en la cuneta del desencanto, quedó bien claro que todo estaba pactado de antemano. Hubo comentarios atroces en los corros y corrillos que se formaron en el bar del hotel en que se celebró la gran fiesta de Lara. Estaba Cela con Marina y con tres o cuatro personas más, entre las que recuerdo a Sánchez Dragó, al fondo del local, en el rincón de la derecha. Un escalón más abajo, apenas a metro y medio de distancia, había un colega, ya maduro, que señalaba a Cela con el dedo y decía a voces, sin estar borracho: "Ese hijo de puta, no sólo cooperó con los fachas para que me mandasen a mí al exilio, sino que me plagió una obrita que yo escribí y que se titulaba "Puebla de toreros". Es una mala persona..." Me acordé entonces de que Camilo era cinturón negro de judo y temí que se armase allí una bronca gorda, pero no pasó nada. La verdad es que no sentó bien en el ambiente profesional de los escritores el hecho de que se presentase, con absoluta seguridad previa de que iba a ganar, al Premio Planeta. Su hijo Camilo coincidió conmigo en un programa de Onda Cero, días después, y expresó su certeza acerca del premio. Dijo que su padre no se habría pre