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E acabaron las elecciones a presidente de los Estados Unidos. Se acabaron la pelea de gallos en la televisión, las banderitas y los gritos. ¡Qué descanso poder dormir tranquilos sin encuestas alarmantes, sin esperanzas tontas, en la segura y tranquilizante rutina de los días! Estos ritos periódicos de nuestras democracias, - necesarios, eso sí-, implican no poco desgaste mental y emocional para quienes los viven de verdad, para los que creen en su honestidad, para los que están convencidos de que su voto determina el destino de su país. Para los otros, los pasivos, los indiferentes, los escépticos, pues ni fu ni fa, tan felices ellos, y qué más da.
Ganó Bush. Se llevó casi entero el país. Su color, el rojo, tiñó en los gráficos la casi totalidad del territorio de los Estados Unidos, apenas disputado por un tímido azul en el este, en el oeste, y en una pequeña franja del centro. Hace siglo y medio, el escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento asociaba en su “ Facundo Quiroga” [1845] el rojo con la barbarie, con la sangre; el azul, con la civilización, con la libertad. Según él, las naciones conquistadoras y los caudillos escogieron siempre banderas rojas. La de Argentina es azul y blanca porque los padres de la patria quisieron simbolizar en ella los nobles ideales del nuevo orden liberal.
Los comentaristas políticos de los Estados Unidos han coincidido sin saberlo con esa tesis al señalar el talante progresista de las costas, California, Nueva York, frente al conservador de tierra adentro con la excepción de Illinois. Curiosamente también se anticipó Sarmiento en la razón al notar el carácter civilizador de las grandes ciudades [Buenos Aires] frente al campo [la Pampa]. Apuntando al hecho, que habría que matizar no poco desde luego, no han faltado humoristas que han modificado no sin gracia y acierto el mapa de América del Norte. Han imaginado dos nuevos países: en azul “ The Unites States of Canada” con Canadá y las costas estadounidenses; en rojo, “Jesusland,” con todo el gran norte-centro-sur-oeste estadounidense. Divertido, ¿no? Al menos, es síntoma de buena salud mental que todavía haya por aquí gente que sabe tomar las cosas a broma.
A cierta distancia ya de los hechos y las primeras reacciones, -han pasado casi dos meses - , sigue persiguiendo mi curiosidad una pequeña frase, muy tangencialmente aludida en la prensa y ya olvidada por todos. Dijo el senador Kerry, al reconocer públicamente su derrota electoral, que no había ni vencedores ni vencidos, que “América,” – la suya, claro, que estos chicos no se acostumbran a contentarse con “ Estados Unidos” -, seguía entera, unida y lista para continuar adelante. En una primera lectura tales palabras me parecieron muy positivas. Representaban una reafirmación de la unidad de la patria más allá de los vaivenes y divisiones de la política, y suponían un acto de fe en un sistema dentro del cual cabe un nuevo intento cada cuatro años.
Pero no sé, no sé. Algo no dejaba de inquietarme. En uno de esos juegos caprichosos de la memoria me asaltó de pronto esa misma frase como dicha por alguien en las Cortes españolas allá por 1834. No puede ser, sí puede ser, la localicé al fin comentada por Mariano José de Larra en su artículo “Respuesta de un liberal de acá a un liberal de allá.” [15 octubre 1834]. El alguien que la pronunció era el procurador Fermín Caballero que trataba de criticar al gobierno acomodaticio de Martínez de la Rosa. Larra la aprovechó para dirigir su sátira contra una política que, por propugnar el continuismo con el gobierno reaccionario anterior, no estaba llevando a cabo las necesarias reformas estructurales. Nada, por supuesto, tiene que ver el senador Kerry con esa frase ni mucho menos con las lejanas circunstancias que la propiciaron. Sea como sea, su resurrección tan casual en el recuerdo lejano y en la historia reciente no dejó de alarmarme un tanto.
¿Ha habido o no ganadores y perdedores en las últimas elecciones a Presidente de los Estados Unidos? Uno tendería a pensar que sí. Después de todo, esta vez los resultados han sido claros. Bush no ha tenido que recurrir a los tribunales de justicia para proclamarse vencedor. Los votos le garantizaron la reelección con la limpieza que cabe en estas cosas. Ante esos hechos doy vueltas y vueltas a la frase del senador Kerry y no termino de entenderla, de encontrar una clave para descifrarla. A falta de soluciones seguras no queda otro remedio que formular hipótesis. ¿Querría decir el senador que, al ganar Bush, habían ganado todos los habitantes de los Estados Unidos, incluido él mismo? La consecuencia entonces sería una especie de paradoja esperpéntica: el derrotado senador estaría afirmando que lo mejor que pudo pasar es que ganase su contrincante porque con ello salió ganando el país entero.
La mera formulación de tal hipótesis, ¿no nos abocaría al borde del absurdo? Quizá no, quizá posea más coherencia de lo que parece. Puestos a suponer, se podría imaginar que en el fondo de su corazón el senador se reconocía inferior a su oponente y deseaba autodescalificarse, perder las elecciones, sacrificarse por el bien de la comunidad. Hay en la historia casos ejemplares en que de alguna manera un extraño destino, una fatídica predestinación, marca la suerte de dos rivales. Cabría decir que desde siempre Pompeyo sería derrotado por César. No podía ser de otro modo. Desde siempre Kerry sería inevitablemente derrotado por Bush, el hombre en el poder, el emperador. Aquél lo sabía y lo asumió. Su destino estaba escrito en las encuestas y en su cara. Perder parece haber sido para él un gran alivio, casi una alegría.
Ganar a Bush hubiera requerido otro talante, otras estrategias, otras actitudes. No estaba en juego el sistema, sólido y firme, si bien no faltan quienes creen a aquél capaz de un golpe de estado. Ni estaban en juego los avatares de la cotidianidad, el aborto, las pensiones, el déficit, la emigración y otras cosillas de quítame allá esas pajas, fácilmente corregibles dentro del armazón burocrático. Estaba en juego algo mucho más transcendental, la credibilidad del gobierno en ejercicio basada en la honestidad de sus decisiones, en la transparencia de su comportamiento, en el respeto a los principios éticos básicos y al ordenamiento jurídico nacional e internacional. En otros términos, estaba en juego el fundamento mismo de la autoridad, el que hace que el funcionamiento del aparato democrático sea un ejercicio serio de ciudadanía, no una mascarada grotesca.
El senador Kerry tenía en frente de sí un candidato mentiroso que jamás pudo probar el cuento de las armas de destrucción masiva, iniciador de una guerra ilegal que declaró pisoteando leyes e instituciones nacionales e internacionales, propulsor de medidas coercitivas que, bajo el pretexto de lucha contra el terrorismo, han limitado las libertades ciudadanas y han favorecido métodos de interrogación próximos a la tortura. Uno no quisiera exagerar ni dejarse llevar por la imaginación libresca. Pero un personaje de esta catadura pertenece a las novelas de dictadura, a ciertos países tercermundistas, a las viejas naciones comunistas del este. No encaja dentro de una democracia ejemplar como la estadounidense.
Un político sagaz, un orador hábil, hubiera hecho con ello una campaña brillante en la que habría obligado a su opositor a defenderse de lo que difícilmente podía defenderse, y a los votantes a hacer un serio examen de conciencia de la situación a la que había llevado al país su presidente. No existió un debate a fondo sobre la guerra de Irak, su inmoralidad, sus atrocidades, sus consecuencias. Se la prefirió ignorar como los medios de comunicación tratan de ignorar los soldados estadounidenses muertos cuyos féretros llegan por la puerta de atrás para no herir susceptibilidades. Quizá influyó para ello el miedo a no asumir una postura valiente: la promesa de acabar con ella inmediatamente, como se
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