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  Firmas Invitadas - Edición Nº 175
Semana del 7/8/2005
La España decente de Zapatero
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José Meléndez
L A decencia es, según el diccionario de la Real Academia Española “el respeto a las buenas costumbres y a las conveniencias sociales” y tiene una segunda acepción que es “la dignidad en los actos y en las palabras...” Además, se tiene como una cualidad que debe regir nuestras vidas en el aspecto moral y como una legítima aspiración en el aspecto material en cuanto a nivel de vida, trabajo honrado y cobijo digno para la familia. La decencia es una virtud que debiera alcanzar a todos los que componen la sociedad en que vivimos y, mas que a nadie, a los políticos por la responsabilidad que tienen en el gobierno de la ciudadanía y en los destinos de la nación a la que representan.

Pues bien, el pasado 30 de junio, día que una minoría considera histórico porque se aprobó en el Parlamento de la nación una ley que les permite a los homosexuales contraer matrimonio y adoptar hijos, el presidente del gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, afirmó en el templo de la representación ciudadana que esa ley “hace de España un país más decente”. No usó los adjetivos que hubieran sido más apropiados, como un país “más abierto”, “más comprensivo” o “más tolerante”. No. Dijo tajantemente que desde ese día “España en más decente”. Y lo dijo después de haber aprobado una ley que pasó los trámites parlamentarios a velocidad de vértigo, con el criterio contrario del Consejo General del Poder Judicial y de la Iglesia católica, con la mayoría de la opinión pública en contra y sin haber consultado a nadie, desoyendo las peticiones de debate de instituciones respetables como el Foro de la Familia. Lo dijo, además, al final del debate, en una intervención por sorpresa, en la que hizo una gratuita defensa de los homosexuales, porque nadie se muestra contrario a sus inclinaciones sexuales, nadie les ha insultado o humillado, como se demostró en la manifestación del Foro de la Familia y solo se oponen a que su unión civil, a la que tienen derecho por otros cauces, se iguale al matrimonio tradicional, que es el núcleo de la familia. Esa intervención, como la misma ley aprobada, tiene un innegable tufo a captación de votos, sin importar las consecuencias.

Un presidente que lleva quince meses hablando de diálogo, de tolerancia, de consultas y de justicia, con esa verborrea que le caracteriza y que le permite presentar cien veces de manera distinta los mismos tópicos que usa para ocultar sus verdaderas intenciones, se ha pasado de la raya y nos da un ejemplo de lo que él entiende por decencia. Pues bien, veamos cual es la España decente de Zapatero.

Es decente fortalecer su minoría parlamentaria para convertirla en mayoría con el concurso de los nacionalismos radicales periféricos a costa de ceder a las demandas de estos, que se encaminan a satisfacer sus intereses regionales porque los de España les importan un bledo y construir así una dictadura parlamentaria que tiene varios objetivos: su mantenimiento en el poder; su facultad de legislar a golpe de Boletín Oficial, enmascarándolo en esa mayoría del Parlamento, lo que le ha permitido aprobar la ley por la que controla al poder judicial y ésta de los matrimonio homosexuales entre otras y aislar al Partido Popular, blasonando de que está solo, aunque tenga detrás diez millones de votos.

Es decente romper el Pacto Antiterrorista con el PP y el bloque constitucionalista del PP y el PSOE en el País Vasco, porque hizo en su momento unas cuentas equivocadas, creyendo que podría aliarse con el PNV tras las elecciones autonómicas y los hechos le han demostrado que erró lamentablemente, poniendo en peligro su ambición de pasar a la posteridad como el paladín de la paz en Euskadi.

Es decente negarse a ilegalizar el fantasmagórico Partido Comunista de las Tierras Vascas, creyendo que así le quitaba votos al PNV y le ha resultado que el lendakari Ibarreche –bastante mejor político que él- se ha llevado al PCTV a su huerto, dejando al PSOE vasco con la miel en los labios.

Es decente anunciar su disposición a negociar con ETA, primero si los terroristas entregan las armas, después si no hay violencia –y ahora casi sin condiciones, según los rumores- y lograr para ello, con el concurso de sus aliados, un visto bueno del Parlamento de la nación.

Es decente asegurar a la opinión pública que no existen contactos del gobierno con la ilegalizada Batasuna, cuando el lendakari Ibarreche lo afirmó y lo ha vuelto a repetir y cuando, si los hay, terminará por saberse porque siempre, al final, ETA lo cuenta todo.

Es decente no rechazar de plano las pretensiones soberanistas de los nacionalistas radicales y sumergirse en la ambigüedad del concepto de España como nación, con sutilezas como calificarla de nación de naciones o disculpar las demandas nacionalistas con el velo de las nacionalidades históricas.

Es decente otorgarle a sus socios catalanes la mayor parte posible de sus desorbitadas exigencias, cuando los populares y los socialistas valencianos han dado un ejemplo de lo que es el diálogo y el acuerdo para lograr una reforma del Estatuto de la Comunidad Valenciana que se ciñe escrupulosamente a los mandatos constitucionales.

Es decente que en esta terrible sequía que padecemos, la España sedienta del sur pierda sus cosechas porque el gobierno de Zapatero derogase el Plan Hidrológico Nacional, solamente porque lo había hecho el PP, sin una solución alternativa inmediata y adecuada.

Es decente que en un país de mayoría católica, los niños no puedan estudiar religión en las escuelas públicas, en una calculada campaña de descristianización, que tiene otros precedentes cuando la izquierda ha gobernado al país y que siempre terminaron fracasando.

Es decente que dos políticos –que en ese momento eran mas fantoches que políticos-como Pascual Maragall y Carod Rovira hagan escarnio de la Crucifixión de Jesús en los Santos Lugares sin que el gobierno de la nación les hiciera el más mínimo reproche.

Es decente que los españoles sigamos sin saber qué es lo que ocurrió de verdad en el 11M y su preparación, porque el PSOE y sus socios han cerrado la Comisión de investigación conformándose con una crítica al gobierno de José María Aznar.

Es decente que Zapatero reciba al primer ministro marroquí Driss Yetú –uno de los pocos marroquíes que no vienen a España en patera- sin protestar por la continuación del éxodo subsahariano a las costas españolas y por la negativa de Marruecos a que parlamentarios españoles visitaran el Sahara.

Es decente que se esté urdiendo una ruptura constitucional de España, disfrazada de reformas estatutarias, a las que ahora podría unirse Galicia si con ello el PSOE accede al poder en esa autonomía que siempre fue feudo del PP y que este partido ha perdido, aunque no las elecciones, por sus propios errores en la política regional.

Esa es la España decente de Zapatero. Un mosaico de pequeñas naciones y un ondear de múltiples banderas, a las que ahora se ha unido el arco iris. Lamentable. Lo único que nos queda es esperar a que la sentencia de Zapatero de que España es más decente porque puedan casarse los homosexuales y las lesbianas corra la misma suerte que aquella otra frase retumbante, pronunciada hace muchas decenas de años en el mismo hemiciclo, que afirmaba que “España ha dejado de ser católica”. Después vino la quema de conventos, pero España ha seguido siendo mayoritariamente católica.
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