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ARA el último día del 2004 y para el primero del 2005, creo que será bueno recordar y recitar aquella estrofa de Ramón Pérez de Ayala que, siendo niño, aprendí en la escuela:
"Un año más; no mires con desvelo
la carrera veloz del tiempo alado,
que un año más en la virtud pasado
un año es más que te aproxima al cielo”
Sinceramente creo que esos cuatro versos no pueden aplicarse a la que, con toda simpleza, hemos dado en llamar “clase política”. Recuerdo que hace años, también en la última noche del año, le escribí una carta al personaje que más fama alcanzó en mis primeros años de reportero en el diario “Pueblo” de Madrid. Me refiero a “El Lute” y me refiero también a la carta que le escribí hace diez años, cuando ya todo era historia y, venturosamente, aquel quinqui de hace treinta y tantos años se había convertido ya en un honorable ciudadano, abogado y conferenciante de postín en casi todas las ciudades grandes de España. La carta decía textualmente:
Memorable "Lute":
Me consta que te molesta mucho que te llamen "El Lute", sobre todo ahora, cuando ya todo es borrón y cuenta nueva en tu vida, cuando ya no huyes de la Justicia, sino que la representas con tu título de letrado.
Sin embargo, es imposible e inoperante, hablar de ti, Sr. Sánchez, sin hacer referencia a tu real identidad de antaño, aquella en que fuiste delincuente y fugitivo.
No pretendo, por supuesto, evocar situaciones personales que ya están saldadas con la Justicia, ni remozar el cuento del criminal que se convierte en prócer de su patria, cosa que, queriendo o sin querer, han hecho algunos cantamañanas del presente, convertidos en hagiógrafos a ultranza de todo aquello que pudiera parecer antifranquista. Sólo pretendo recordar que fuiste el tema de mis escrituras diarias, en la segunda etapa madrileña de mi dedicación profesional al periodismo. Tuve y tengo una ahijada en Entrevías, que jugó con tus hijos por aquellos escoriales del suburbio.
Te escribo esta carta, porque fuiste objeto de mis crónicas, artículos y entrevistas, hace algunos años, cuando todas las fuerzas de seguridad del Estado te buscaban con más ahínco que el que ahora ponen en la caza y captura de Luis Roldán, por ejemplo, que viene a ser, corregido y aumentado, el "Lute" de la Democracia.
A propósito del gran jerarca que se esfumó llevándose el dinero soberano del pueblo boquiabierto, recuerdo ahora que la primera vez que escribí acerca de ti, en el diario "Pueblo" de Madrid y a principios de la década de los setenta, me gané un tijeretazo de la censura y una reprimenda de mi redactor jefe, porque había sugerido en mi escrito que la mejor solución de tu caso, en aquel momento fragoroso de tu evasión, era la de proponerte, si los miles de guardias civiles que te buscaban por toda España lograban capturarte, el cargo de director general de la Guardia Civil.
Mi sugerencia sentó muy mal en los altos despachos del ministerio de Gobernación, pero pronto se convirtió de boca en boca en esa especie de "metáfora del pueblo libre y burlador de los implacables grises", como más tarde diría Umbral, atribuyendo mis ironías al talento de Cela y de los intelectuales que fueron, años más tarde, a visitarte en la cárcel, cuando estudiabas el bachillerato de adultos y la carrera de abogado y estabas a punto de convertir a "El Lute" en D. Eleuterio Sánchez, doctor en Derecho.
Por esas fechas, habíamos perdido el contacto. Mis andanzas de corresponsal por la morisma del Magreb y de la "marcha verde" sobre el Sahara, así como mis trabajos diarios, durante dos años largos, a pie de obra en la revolución de los claveles o en la charanga de los capitanes de abril en Portugal y mi retorno a Mallorca impidieron que pudiese ir a hablar contigo en la cárcel.
Siendo así la realidad, me conformo con el acierto de mi primera premonición, la de suponer que, más pronto o más tarde, dejarías de ser un delincuente común, para convertirte en un respetable ciudadano, digno de los más altos cargos en la gobernación de un país libre y democrático. Así es y así me basta que sea, aunque he de reconocer, con harto dolor de corazón, que algunos altos cargos de nuestra soñada libertad han seguido tu mismo itinerario, pero al revés, es decir, de ciudadanos respetables han pasado a ser vulgares ladrones.
En todo caso, cabría hoy, puesto que ya no hay censura ni reprimenda en los periódicos, la posibilidad de ironizar sobre el caso del ex director general de la Guardia Civil que, en caso de ser capturado, podría ser propuesto para el cargo de director general de los quinquis, rateros y chorizos de la Democracia y, en sus años de cárcel, podría cursar los estudios que nunca tuvo y de cuyos títulos siempre se vanaglorió. Así se escribe la Historia...
Fue mi compañero Jaime Jiménez, de imborrable memoria, el que te trajo a la isla, a uno de sus coloquios públicos en el Casino de Mallorca.
Es cierto que estabas cambiado, diríase irreconocible, con tu nueva imagen: de aquel enjuto y triste rostro de presidiario habías pasado a la lustrosa y sonriente expresión del oficinista al que acaban de ascender de categoría y sueldo, con el aditamento del bigote romántico de mariachi que te habías dejado. Mucha gente, que no te había vuelto a ver, desde aquella fotografía tuya que se publicó, casi de cuerpo entero, cuando te escapaste de la cárcel, sin corbata, despeinado y con las solapas y el cuello de la chaqueta arrugados, pensó que aquel señor, acompañado de una novia o celadora inconmovible, no era "El Lute", sino un invento de la publicidad, para promocionar el libro que estabas a punto de lanzar al mercado. Era la tuya una estampa alucinante, entre la dulzura expresiva del actor Cafarell y la pose dialéctica del novelista Jesús Torbado.
Miguel Romero, el promotor de aquellos encuentros en el Casino, tuvo un gran
acierto al traerte - viajes, estancia y gastos pagados, más el sobre de la propina - y Jaime Jiménez, con su estilo de siempre, chispa y bondad a corazón abierto, nos regaló una entrevista magistral, a la que se añadieron las diez o doce preguntas del público asistente.
Recuerdo que fuiste afable y generoso ante aquellas preguntas que trataban de esclarecer el sentido humanístico y político de tu presente. Por contra, estuviste seco y torvo ante aquellos preguntadores que se interesaron más por el mito y por la leyenda de tu aventura al margen de la Ley. No querías hablar de tus primeras cárceles, ni del día en que fuiste a buscar a tus hijos, porque tu mujer quería borrarte de su vida. Parece ser que todos esos pormenores tristes de tu biografía los guardabas para el guión de la película que habrían de interpretar, estupendamente, Imanol Arias y Victoria Abril.
En el Casino de Mallorca dejaste bien sentada tu imagen de regenerado, con ese punto inevitable de intolerancia que acomete a los que han sido cocineros antes que frailes, a los neoconversos en general. De todos modos, se cumplía en ti la vieja sentencia de Eduardo Bonnín, el inventor de los Cursillos de Cristiandad, que dice que "los mejores santos son los de pasta de diablo".
Has de reconocer, mi respetable amigo, que el fulgor de tu fama solamente se da, para el pueblo llano, en tus andanzas de bandolerismo urbano y rural, con un fondo negro de tricornios lorquianos que te van a la zaga. La película de tu vida, donde se cuentan con imágenes las vivencias íntimas que expresan las palabras de tu libro - y en este caso una palabra vale por mil imágenes - nos revela el meollo de una triste circunstancia social. Los policías, los guardias civiles y los guardias de la porra de tu tiempo no están corruptos en el fandango de los millones robados al pueblo, ni son cómplices de las mafias que trafican con narcóticos, pero pertenecen a una escuela indecible de dureza, perversidad e injusticia social que les dicta el régimen, lo cual viene