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N 2002 escribió “La rabia y el orgullo”. En 2004 publicó “La fuerza de la razón”. El primer libro nació inmediatamente después del atentado del 9 de Septiembre en Nueva York. En el segundo continúa ilustrando los conceptos vertidos en el primero. El Leitmotiv es: Occidente se está rindiendo ante las fuerzas adversarias del Islam.
La primera obra nació de la indignación que le causó el atentado, viviendo ella en Nueva York. Y no sólo el atentado, sino la reacción medrosa, contemporizadora, de muchos forjadores de opinión: medios de comunicación, políticos, intelectuales, etc. La rabia de Oriana explota cuando percibe una disimulada satisfacción por la acción terrorista; cuando va comprobando, una vez más, que el vil derrotismo de Occidente tiende a hallar razones justificativas del atentado; cuando constata el bajuno antiamericanismo de la gente inferior. Es decir, de gran parte de la gente, por no decir la mayor parte.
Oriana Fallaci odia la inferioridad y sus manifestaciones de mentira y miedo que están presentes en el desprestigio de la propia cultura y en la adulación de la cultura ajena, la cultura del enemigo. Fallaci es ajena a cualquier sentimiento o ideología igualitarista, por lo que proclama con contundencia que la civilización cristiana es grandemente superior a la islámica. Ella no es creyente, pero esto es algo que no influye lo más mínimo en su valoración. Se considera hija de la cultura que surgió de la confluencia de la religión cristiana con el pensamiento grecorromano. Siendo esto así, está más que dispuesta a defender esta cultura contra sus enemigos exteriores e interiores.
Encuentra por completo inaceptable que a la civilización que procreó a Dante, Miguel Ángel, Leonardo, Shakespeare, Cervantes, Beethoven y tantas otras figuras cumbre de la Humanidad, se le pueda equiparar el Islam, civilización estéril. Aún aquellos hombres destacados en el campo del pensamiento, como Averroes o Avicena, fueron menospreciados y perseguidos por sus compatriotas, denuncia Oriana.
Sin embargo, es constatable la progresiva penetración de esta cultura inferior en Occidente por vía de las sucesivas oleadas de inmigrantes, contrastando la condición altamente prolífica de éstos con el envejecimiento paulatino de la población europea y su baja tasa de natalidad. Se van alzando mezquitas tras mezquitas en nuestros países, mientras que en los musulmanes resulta impensable que se levante una iglesia cristiana. Nos lo tienen prohibido. En Alemania ya hay 2.000 mezquitas. En Francia, 1.700. Y en este último país, el número de musulmanes alcanza el 10% de la población.
Que se haya llegado a esta situación, hay que achacarlo al predominio de ideologías izquierdistas en Occidente desde hace cerca de medio siglo. La reducción de la tasa de natalidad en Occidente, mediante anticonceptivos y aborto, así como la legalización de este último, debe atribuirse a estas ideologías dependientes del marxismo cultural. En el caso del aborto, a la variante feminista.
Este predominio de la ideología de izquierdas conduce al derrotismo de Occidente antes las fuerzas adversas. Pues la izquierda odia a Occidente, odia el capitalismo, odia el individualismo, lo que le lleva necesariamente a simpatizar con el Islam, que participa de esos odios. Se produce, entonces, la paradoja de una conjunción de un fundamentalismo religioso con un laicismo irreligioso. Pero es que la izquierda no ve todavía próximo el peligro de la islamización (o si lo ve, no le importa mucho). Es más, sustenta la idea suicida de que acabará contagiando de su laicismo a los musulmanes. Ahora lo que le apremia es acabar con los residuos de fe cristiana tradicional, acabar con el tradicional concepto de “Occidente”.
Se da también otra paradoja respecto del capitalismo, del cual la izquierda siempre ha sido enemiga. Ahora, habiendo fracasado clamorosamente en su demolición, se han infiltrado ideológicamente en el mismo, con tanto éxito que hoy en día habría que saber si es mayor o menor el número de los capitalistas de izquierda que el de los de derecha.
Con su aguda y cruel inteligencia, Oriana Fallaci afirma que no es sólo la Izquierda la que nos lleva al entreguismo y la rendición ante el Islam, sino también la Derecha y la Iglesia Católica. Efectivamente, contando la Izquierda con casi la totalidad de los medios con que se fabrica la opinión, se han infiltrado en todos los segmentos de la sociedad. Siendo esto así, la Derecha, sea por contaminación, sea por oportunismo, ha decidido hacer dejación de la defensa de los valores tradicionales, haciendo seguidismo de la Izquierda con vistas al voto.
Algo parecido ha ocurrido con la Iglesia Católica, a la que Fallaci encuentra desorientada y sin fuerza, con una orientación pertinaz al “ecumenismo, el buenismo y el victimismo”. Es de sobras conocida la penetración marxista en su seno en los años del Concilio. Fracasaron sus expectativas con el derrumbe de la URSS, pero no por eso ha desaparecido una tendencia izquierdista de gran extensión, aunque ahora más disimulada. La orientación pro-Islam es evidente. Empezando por el propio Papa, que si en cuestiones de Moral ha reaccionado sanamente en la dirección conservadora tradicional, respecto del Islam ha manifestado una enorme tolerancia y deseos de conciliación. En ello han influído sus ideas ecuménicas, y se supone que también la consideración de la triste situación en que viven las comunidades cristianas en los países musulmanes, que podrían sufrir las consecuencias de una posición más exigente y severa del Vaticano. En cualquier caso, gana el Islam. Ya sabemos cómo condenó el Papa la intervención en Irak. Sin embargo el genocidio de los sudaneses cristianos con complacencia e instigación del gobierno musulmán, con dos millones de muertos aproximadamente en el transcurso de diez años, no ha sido condenado públicamente por el Vaticano. Y, al parecer, los que piensan que Pío XII tenía la obligación de condenar al régimen nazi, no piensan lo propio de Juan Pablo II y el régimen de Sudán.
Todo esto no es sino manifestación del hombre inferior que domina en Occidente, sobre todo en Europa. Hombre sin ideales que está dispuesto a rendirse al enemigo con tal de que “le dejen en paz” con sus placeres y su molicie. El hombre escéptico, relativista, hedonista, resultante del masivo tratamiento mediático a que le ha sometido la Izquierda.
No se espere hallar ninguna reacción en las homilías sacerdotales. Su derrengada estrategia consiste precisamente en no reaccionar. Así piensan que la sociedad les aceptará, les hará un huequecito donde subsistir, que es a lo único a lo que aspiran. De forma que su mensaje no puede ser más patético, débil, sumiso, lleno de insípida quejumbre, con loas continuas al amor de Dios y al amor de los hombres, con pespuntes de llamadas a la justicia social de vez en cuando. Como si no hubiera nada que criticar en la sociedad a la luz del Evangelio. Como si no existiese la obligación de juzgar y condenar conductas sociales que se han consolidado precisamente por falta de crítica a su debido tiempo. Como si el ideal del hombre cristiano consistiera en convertirse en oveja sumisa que lo acepta todo y lo ama todo. La no-violencia, ése es el ideal, oí ultimamente predicar a un clérigo, pues, según él, Jesucristo era “un hombre del estilo de Gandhi y Martin Luther King.”
Todo ello no está explicitado completamente en las obras de Oriana Fallaci, pero, sin duda, se encuentra implícito en sus planteamientos, que constituyen un grito de rabia y orgullo ante la decadencia de Occidente.
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