A
ver, repitan conmigo: Ana Aznar de Agag. Ahora, en voz alta: Ana Aznar de Agag. Más rápido: Ana Aznar de Agag. No lo lean, pronúncienlo. Si, además, lo hacen delante de un espejo, comprobarán que no sólo es cacofónico, impronunciable y carente de “glamour”, sino que el movimiento de la boca para poder escupir tantas aes seguidas te obliga a poner cara de estúpida, o estúpido, si ese es su caso.
La hija del presi tenía casi todas las papeletas para hacer una boda pija, pero por mucho Escorial, por mucho cardenal-arzobispo de Madrid que te case, por mucho Berlusconi y Blair que acuda, cuando no se tiene un nombre de regia fonética, no se tiene nada. Quede claro, pues, que si a Ana Aznar de Agag le permiten casarse en El Escorial con esos apellidos es por ser hija de quien es. Si voy yo, pido hora para casarme y luego digo que me llamo Concostrina, el cura me planta de una patada en el trasero del pico más alto del monasterio mientras Felipe II se retuerce en su tumba de un ataque de risa. En El Escorial, así lo entiendo, sólo deberían casarse quienes atiendan, digamos, por María Mónica Viñas de Algarra y Torres de Oriol-Aguirre.
Lo de los apellidos quizás sea anecdótico, porque, al fin y al cabo, la niña no ha elegido nacer en la familia Aznar ni enamorarse de un tal Agag. Lo que no lo son tanto son las circunstancias que rodean todo el bodorrio. A mí, particularmente, me trae al pairo que se junte, se case por el rito celta o se inscriba como pareja de hecho en el registro de Gallardón, pero no puedo evitar pensar en las prisas con las que se ha desarrollado todo, en la cantidad de gente innecesaria que viene y en la faena que les ha hecho Julio Iglesias a los de Alcorcón. Esto último lo explicaré más adelante.
Pienso, digo, en la precipitada decisión de casarse durante la presente legislatura cuando Ana Aznar, en adelante AA, apenas llevaba unos meses de noviazgo con Alejandro Agag, a partir de ahora AA. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Es que AA desconfía de AA? ¿O es AA quien no se fía de AA? ¿Quién de los AA tenía más prisa por casarse? La explicación, desde mi punto de vista, es sencilla, y como sale de mí, malvada. Si AA y AA tuvieran un poco más de cabeza de la que aparentan, esperarían a que su padre y jefe abandonara La Moncloa y hacer así una boda más relajada y familiar. La cruz de esta decisión sería que los invitados quedarían reducidos a trescientos o cuatrocientos y que “¡Hola!” cubriría el evento con cuatro o cinco páginas. Pero ellos no; ellos, AA y AA, quieren ser portada de “¡Hola!”, de “Diez Minutos”, de “Semana” y de “Lecturas”, y en las cuatro con cuadernillos especiales de 16 páginas a todo color. Esto sólo se consigue cuando se es hija de presi, no cuando se es hija de ex presi.
Si AA y AA esperaran a que papá Aznar terminara su mandato para casarse, no habría necesidad de invitar a la boda a Berlusconi, a Blair, a Flores, a Durao Barroso, a Guterres, a Pastrana, a Maertens, a Múgica, a Jiménez de Parga, a Cavero, a Hernando, a... resumiendo, 19 presidentes de distintas instituciones del Estado, doce ministros, un ex presidente, dos vicepresidentes, cuatro o cinco presidentes de comunidades autónomas, alcaldes y concejales a patadas, un rey, una reina... y así hasta mil. Como la mayonesa del banquete lleve salmonella, en España se va a producir un vacío de poder de padre y muy señor mío.
Lo más gracioso de todo esto es que AA seguramente no tiene ni idea de quiénes son la mitad de ellos, pese a que han respondido todos a la llamada de la lista de boda. Cuando AA le diga a AA “...o sea, porfa, que monísima de la muerte es la mantelería para ochenta y seis comensales que nos manda algún presi de algo”, el pobre hombre estará echando pestes por haber tenido que acudir a una boda por puro compromiso, por encontrarse con quien no le apetece, por sentarse en la iglesia y en el ágape con quien no quiere y por haberse rascado el bolsillo para una niña a la que, probablemente, no conoce de nada.
La cosa no acaba aquí, porque, además de todo lo dicho, leo que cada contrayente llevará 25 testigos (es decir, cincuenta), que las familias de los contrayentes han reiterado su deseo de que sea “una boda normal” y que la modista de la novia, una tal Avy Güemes, ha dicho que el diseño del traje nupcial “es un secreto de Estado”. Entenderán ustedes que de aquí al día de la boda, jueves 5 de septiembre, me debata entre cortarme las venas o dejármelas largas.
Pero lo verdaderamente significativo de esta boda es un pequeño detalle en el que casi nadie ha reparado: Julio Iglesias ha suspendido un concierto en Alcorcón para poder acudir a la boda. Lo siento por sus seguidores en ese pueblo de Madrid, pero, entiéndanlo, Alcorcón no es El Escorial.
Hey!
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