NO me explico como las españolas han podido vivir tanto tiempo sin tener un “parejo” cubano. Tampoco logró entender la razón por la que de unos años para acá todos los romanceros que le dan gusto a los cuerpos de las famosas del patio, sean cubanos.
Supongo que debe haber muchas españolas emparejadas, ahora y desde hace años, con argentinos, chilenos, brasileños, mejicanos, colombianos, ecuatorianos, venezolanos, y otros ejemplares del resto de las nacionalidades de Centro y Suramérica. Entonces ¿por qué no se habla de ellos y sí de los cubanos?.
Claro que lo ejemplares que nos han llegado, son como para hablar de ellos, porque no tienen desperdicio, y las mozas a las que se han arrimado, por lo general, estaban ya en el baúl de los recuerdos, y estos muchachos caribeños, contrario a lo que ellas han creído, les han quitado el polvo, aunque ellas han pensado que las empolvaban.
Siempre, los retrógrados y poco evolucionados como yo, hemos pensado que los Dinios, y otros de la misma cuadrilla, se han hecho acreedores a un reconocimiento, porque a ellos no habría que ponerle, como en la cartilla militar de antaño: Valor, se le supone. De eso ni hablar.
Menudo valor se necesita para besar o morder los labios de la Marujita, o ver de cerca el mosaico rugoso de la epidermis de la Sara, recubierto de medio kilo de pasta base y de maquillaje, y, encima – o debajo-, mostrar entusiasmo, excitación y fogosidad.
Afortunadamente para muchos de estos arrechos ejemplares, han tenido que cabalgar, o ser cabalgados, por hembras más apetecibles, porque sobre ellas no ha caído aún el peso de los años, aunque para algunas sí el de los kilos, pero eso es más soportable.
Y de repente nos ha sorprendido una revelación sensacional. La Legión de los Amantes Cubanos, no son más que agentes del espionaje castrista. ¡Coño, eso si es pasmoso!.
Pero, pasado el estupor, uno se queda mucho más intrigado. ¿Qué importancia estratégica puede tener para Fidel lo que pueda obtener uno de sus sufridos agentes tras comerse el “marrón” de la Sarita, la Maruja o la Reina, por poner tres ejemplos, y sin señalar?. ¿Será un experimento científico?. ¿Estarán investigando la capacidad humana de resistir la agresión de lo antinatural?. Quién lo sabe.
Incluso, los que pregonan esta extraordinaria tesis, le han dado un nombre: “Operación Narciso”, según me ilustró hace unos días la inagotable fuente de conocimientos que proporcionan los programas de la telebasura.
Uno vuelve a preguntarse que secretos valiosos pueden obtener estos narcisos jineteros, - alguno de ellos mas bien gladiolo -, de esas solitarias mujeres, admirables en la gloria que supieron cosechar, o que están conquistando, que puedan ser útiles para un Estado, y que merezcan el precio que pagan esos muchachos, que, por cierto, acaban todos bien situados y hasta siendo empresarios. ¡Qué cosa más grande la vida, chico!, como dice el remoquete tan usado en la Isla.
Mis informantes del telebasurero, –todo hay que verlo, escucharlo y digerirlo porque, además, no hay otra cosa -, dicen que a través del famoseo se llega a muchos sitios y se penetran muchos ambientes, donde se ve se oye y, a veces, se graba. ¿Qué?. Pensándolo podría ser alguien que aún no ha salido del armario, - que aún deben ser muchos -, o una relación de segundo frente oculta para la legítima, evasión de impuestos, negocios de drogas, o cualquier otra debilidad, sin importancia para los habituales de los corrillos, pero trascendente, en caso de ser revelada para la vida personal o profesional del “pichón” o “pichona” a chantajear.
El régimen cubano tiene que vivir de la imagen porque el turismo es una de sus principales fuentes de ingresos, si no la de mayor magnitud. Así que mientras más gente, olvidándose del horror del sistema en que vive el pueblo, hable de la belleza maravillosa de Cuba, de la simpatía de sus gentes, del vigor de sus hombres y de la fogosidad de sus mujeres, mucho mejor, porque eso se traduce en divisas, que buena falta les hace.
De manera que esos chismes de mentidero son útiles para eso, y para que cuando interese se alcen voces denunciando los excesos del imperialismo yanqui, o, al contrario, callando ante las barbaridades del decrépito Fidel y sus muchachos.
Pero puestas las cosas así, - y, por tanto, viéndole un cierto sentido a la rocambolesca trama de amorosos “espías” -, a quienes no debiera llegarles la camisa al cuerpo, debe ser a tantos hombres y mujeres que han ido a la isla caribeña, atraídos por los cantos de sirena de placeres, sanos o menos sanos, pero todos legítimos que allí se ofrecen a precio de rebajas de enero, y con el ardor excepcional del trópico.
Decía el inefable Dinio, al que la noche le confunde, que a él le pedía la Policía, cuando vivía en la Habana, después de salir de la cárcel, que informara de todo cuanto obtuviese de las enfebrecidas que cazaba para vivir, y que cuando había ido con su Marujita, descubrió cámaras en la habitación del hotel, ocultas en el rosetón de escayola del techo. Y dijo el muy cachondo, “yo le di así (con el dedo) y la tapé, pero esas cámaras son para proteger a los famosos”. Otra vez hay que recurrir a la frase del famoso Leopoldo Fernández, “Trespatines”, el cómico más grande que ha tenido Cuba: ¡Qué cosa más grande la vida, chico!.
La cosa, si es verdad, no el relato de Dinio, sino el espionaje y el chantaje, que podría llegar incluso a la utilización de las personas para sus propósitos en momentos puntuales y determinados, puede ser un “crack”, como se dice ahora. ¿Ustedes se figuran a banqueros, artistas, profesionales, - médicos, periodistas, abogados, profesores -, empresarios, hombres y mujeres, españoles y de cualquier otra nacionalidad, filmados, con sonido en vivo, en medio de un arrebatado frenesí y poniendo de relieve la intimidad de sus fantasías?.
¿Qué precio estarían dispuestos a pagar por el silencio, esos cientos de miles de ingenuos, pero no tanto, sorprendidos sin ropa interior?.
No será para tanto, pero pudiera ser trágico si fuera verdad. No obstante, si usted quiere estar en algo, mujer u hombre, ponga un cubano –o una cubana- en su vida. El secreto tal vez resida en abreviar la frase de Trespatines en la Tremenda Corte: ¡Qué cosa más grande, chico!. Y eso vale para ellos y para ellas. Son las cosas del trópico.
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