L
OS incidentes en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo han servido para poner en evidencia la plasmación de algo posiblemente querido y promocionado por la izquierda gobernante: la división de las víctimas en dos clases diferentes o, cuando menos, la constitución de dos asociaciones de víctimas de orientación ideológica diferenciada.
La ausencia en la manifestación del Comisionado Gregorio Peces Barba, las palabras de crítica de éste a la Asociación, la forma en que han sido magnificados los incidentes, la malicia con que Pérez Rubalcaba deslizó el nombre de Ángel Acebes como siendo aclamado por la ultraderecha, la forma, al parecer, ilegal con que fueron detenidos en sus casas dos miembros del Partido Popular, etc., son signos ominosos de un tipo de maniobras que, como la manipulación de la tragedia del 11-M, pertenecen al estilo y al acervo de esta izquierda española a la que Luis María Anson comienza a llamar “izquierdona”.
Pero es cierto que existe una diferencia de fondo, manifestada en todo momento, entre las víctimas del terrorismo etarra y las del terrorismo islámico. Las primeras acusan y condenan a sus victimarios reales, piden el cumplimiento íntegro de las penas, etc. Las segundas no obran así. ¿Acaso se le ha oído a Pilar Manjón condenar al terrorismo islámico, causante de la muerte de su hijo? ¿Ha pedido el cumplimiento íntegro de las penas de estos terroristas? De ninguna manera. Sin embargo, se le ha visto a las puertas del Congreso de los Diputados llamando “asesino” a Aznar junto con otras personas. Y en su discurso, presuntamente apartidario, ante la Comisión de Investigación del congreso, dejó caer hábilmente acusaciones al Gobierno del Partido Popular.
Se promueve, por tanto, la teoría torticera y perversa de que la causa del terrorismo islamista no estriba en los propios terroristas, sino en determinados gobiernos de derecha que les han provocado. Se estaría justificando de alguna manera este terrorismo, actitud propia de la derrotista izquierda occidental, que está dispuesta a autoflagelarse vilmente, claro que sobre las espaldas de la derecha, con tal de congraciarse con el adversario.
El Gobierno actual de España administra, por tanto, dos asociaciones de víctimas. A una le va quitando protagonismo, le va volviendo la espalda, máxime cuando acaricia la idea de alguna clase de arreglo con ETA, para el cual las víctimas suponen un estorbo. La otra asociación resulta un buen instrumento, puesto que, por una parte, descarga las culpas de su situación sobre Aznar y el PP, lo cual resulta muy conveniente; y, por el otro, al exculpar por medio del silencio al radicalismo islamista, favorece los esfuerzos del Gobierno por congraciarse con el islamismo, tanto el moderado como el extremista.