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I no hubiese sido tan escandalosamente obscena la interpretación del presidente Ibarreche sobre conceptos básicos en el terreno de las ideas y formas políticas, su brillante aportación a la causa de los derechos humanos (“¡Fíjense si es dañina e inhumana la violencia de ETA, que hasta perjudica nuestra imagen!”) hubiese merecido engrosar uno de los más tétricos capítulos en la ya larga historia universal de la infamia. Visto con la perspectiva que deparan los sesenta años transcurridos desde el repugnante descubrimiento de los hornos crematorios en Auschwitz, todo el horror del Holocausto --en la valoración del señor Ibarreche-- parece quedar circunscrito a condenarle porque dañó la imagen de un pueblo pacífico y laborioso como el alemán que aceptaba, resignado, la ubérrima cosecha del III Reich milenario, mientras los violentos de la Gestapo y de las S.S. vareaban el frondoso nogal de la limpieza étnica.
Semejante escupitajo a la memoria de las victimas de ETA, incluida por supuesto la de aquellos vascos de acreditada pureza de sangre inmolados por el hacha justiciera de la vanguardia militante del nacionalismo, sólo pudo ser lanzado impunemente desde la tribuna del Congreso de los Diputados, merced el estrafalario dispositivo escénico con la que los poderes públicos han pretendido ofrecer sus mejores galas de talante, comprensión y diálogo, al que sólo faltó la presencia en la carrera de San Jerónimo del correspondiente escuadrón de alabarderos de la Guardia Real, rindiendo los honores de ordenanza. Sólo así se explica el diluido discurso del presidente Zapatero en respuesta al desafuero del “lehendakari” atemperando su obligatoria defensa del Estado de Derecho, de la vigencia de la Constitución y de la legitimidad del marco estatutario, con los paños calientes de la candidez instrumental, envueltos en la misma estúpida sonrisa con la que sir Arthur Neville Chamberlain declaraba en la cámara de los Comunes haber logrado disipar la amenaza de la guerra mediante el dialogo con el simpático y civilizado Adolfo Hitler, con quien acababa de suscribir los pactos de Munich el 29 de septiembre de 1938. Aquello si que fue un modelo inmarcesible de optimismo antropológico.
Sólo así se entiende la estrafalaria cortesía desplegada por los representantes legítimos de la Nación Española en el recibimiento a un delincuente habitual, cuyo previsible destino en cualquiera de los países de la Unión Europea hubiese quedado circunscrito a enviarle una pareja de gendarmes para acompañar su recorrido hacia el juzgado de guardia más cercano. En esta ocasión, lamentablemente, sólo desde una aterradora falta de firmeza, rigor e, incluso, de convicciones democráticas se puede interpretar el anodino pronunciamiento del señor Rodríguez Zapatero respecto a la reiterada vejación del discurso nacionalista sobre la sangre derramada en el camino hacia la resolución del llamada contencioso vasco. Despachar asunto de tan hondo calado cívico y moral con la referencia al epitafio que Mario Onaindía recomendase para su tumba, antes como luchador por la libertad que como defensor de la paz, hubiera sido mejor apreciado desde la ciudadanía si hubiera situando a las víctimas de la barbarie “etarra” en el vértice de la discusión para la reforma del Estatuto de Guernica.
Menos mal que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, supo devolver a la Cámara parte de la dignidad perdida, cuando recordó al delirante presidente de aquella autonomía que las víctimas no pueden ser moneda de cambio en el debate político, que la traslación del pacto de Lizarra a las instituciones democráticas es absolutamente incompatible con el sacrificio de los muertos por estorbar sus propuestas y que aceptar la farsa hacia el Estado Libre Asociado sería tanto como traicionar la memoria de quienes murieron en defensa de la libre asociación en el Estado común de todos los “vascos y vascas” originarios y residentes por el territorio comprendido entre el Bidasoa y el Ebro, que se dice Euzkadi –en vascuence--, o País Vasco en la lengua romance que se comenzó a utilizar hace más de diez siglos a escasos kilómetros de su demarcación geográfica.
Y menos mal, por supuesto, que el portavoz socialista en el Congreso, señor Rubalcaba, advirtió a tiempo la necesidad de rellenar tan ostensible hueco en la diluida pieza oratoria de su almibarado presidente, con una apelación más rigurosa a los valores de la libertad y la democracia en el ámbito de los principios constitucionales, con una exigencia más firme en la justificación del Estado de Derecho y con un repertorio más sólido en el recuerdo de las víctimas al trazar la divisoria de las proyecciones irredentistas. Si el presidente del Gobierno aceptó el órdago nacionalista con la pretensión de hacer digerible la tramitación del proyecto Guevara como alternativa descafeinada a la secesión y, de paso, apuntalar su implantación electoral en Euzkadi, el tiro –nunca peor dicho-- le ha salido por la culata porque el escenario de la alternativa Kas hacia la independencia, bajo el siempre disuasorio paraguas de las metralletas o de las bombas, ha cobrado nuevo impulso publicitario en la vía de Estella.
Ahora bien, si el presidente Zapatero pretende convencer a los ciudadanos de las ventajas que encierra el proyecto hacia la Unión Europea, al mismo tiempo que desarrolla con sus socios nacional-socialistas la “centrifugación” –González dixit-- del único reducto institucional que garantiza la justicia, igualdad y solidaridad entre todos los españoles como principio vertebrador del ordenamiento jurídico, su nivel de esquizofrenia ha alcanzado cotas difícilmente superables. Los “idus” de abril le pueden encontrar indefenso ante las dagas afiladas de unos sicarios a los que, él solito, ha convertido en compañeros indispensables de su cesárea magistratura
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