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ACE unas semanas, el congresista americano de Indiana, Mark Souder, pronunció un discurso en un servicio religioso celebrado para los dos grandes partidos políticos, el Republicano y el Demócrata, antes de la apertura de la 109 sesión del Congreso. La esencia de sus palabras fue que simplemente una democracia formal, sin un fuerte contenido religioso, puede no tener un éxito duradero ni en Irak ni en cualesquiera otras naciones que eventualmente fueran liberadas. “La fe religiosa es la conciencia de la democracia”, dijo.
A nadie se le oculta que estas palabras no son imaginables en boca de ningún parlamentario europeo, y menos que fueran acogidas con respeto y aquiescencia. Ni aún el servicio religioso es imaginable. No en vano, aquello que, a pesar de los pesares, llevó a George W. Bush al triunfo en las últimas elecciones, es decir, la defensa de los valores morales cristianos, fue precisamente el motivo del apartamiento de Buttiglione del puesto de comisario europeo en medio de un fuerte escándalo.
La Ilustración, de la que proceden las democracias modernas, tiene dos vertientes: aquella que es tributaria de Francia y su Revolución, cuya seña de identidad es un laicismo anticristiano; y aquella de matriz anglosajona, representada por Estados Unidos, en donde democracia y religión no son hostiles, sino que están íntimamente unidas. De ahí proceden las diferencias señaladas.
Pero Estados Unidos es la primera potencia mundial y tiene una enorme supremacía sobre las demás y parece lejano el tiempo de su decadencia. Tiene el poderoso motor de sus ideales: patriotismo y religión. Europa, por contra, necesita la protección militar de Estados Unidos, es un continente que envejece y que está grandemente descristianizado, y hay arabistas, como Bernard Lewis, que prevén su islamización para finales del siglo presente. Un estudio encargado por Romano Prodi a un comité de sabios para intentar encontrar ideas entusiastas, valores e ilusiones en Europa ha llegado a conclusiones que no pueden ser más decepcionantes: Europa parece no tener “alma” ni identidad, y la pérdida de valores va en aumento. Malas perspectivas, por tanto, para Europa, y buenas para Estados Unidos.
Es de suponer que haya conciencia de esta situación en el seno de los partidos de derechas de Europa. En cuanto a España, en los círculos pensantes del Partido Popular, principalmente en su Fundación FAES. ¿Es suficiente, acaso, el neoliberalismo económico como idea-fuerza?
De la misma forma que contra las ideas disolutorias de los Clinton, los Kerry y los Kennedy, se ha levantado con éxito en Norteamérica una reacción conservadora, en Europa sería deseable que acaeciera algo parecido. Y en España el Partido Popular debería oponerse sin medrosos disimulos a los sueños libertarios de adolescente sesentayochista del presidente Rodríguez.