Del Alférez Molina y Rubyo.
Tercio de Don Alonso de Zúñiga.
Posta Militar de Flandes.
Al Padre Abad Antonio Montero y Villaplana.
Convento de la Encarnación.
Villa y Corte de Madrid.
Nijmegen, a once de Febrero del Mil Seiscientos y Cuarenta y Dos.
Estimado y Reverendísimo Padre:
Excusas le adeudo, ya lo sé, y en mí debe se hayan, pero sepa Vuesa Merced que esto del correo en tiempos y lugares de guerra no trae curso de diligencia, sino más bien de asunto accidental, y no sólo para los que ponemos el pecho al albur de las balas, sino también para los que mandan y disponen.
Barrunto que esto de Flandes, será particular que en la Corte ande de boca en boca, pero dado que escuchará Vuacé de todo en la grada de San Felipe, paso a ponerle al corriente de las últimas nuevas. Al barro, la peste, la muerte, asaltos, trincheras, minas, contraminas y demás avatares que al menester que nos ocupa le son propios, hemos de unir la porfía con el más implacable general que haya habido, el Invierno, que opone picas de hielo, carga con caballería de frío, nos escalda con culebrinas de lluvia y manda compañías con espadas de hambre, despachadoras de mojadas entre pecho y espalda que arrancan las entrañas al más arrecho.
No sé si le hablé de Tudanca, el de Almería, que de hacer guardias a la intemperie y cenar menos que un ratón de sacristía ha pasado o a compartir mantel con Dios o a calentarse en la mansión de Pedro Botero, una de las dos. Porque anteayer apareció frito en la garita; y conociéndole no sé yo cuál de los dos naipes le habrá salido, porque no era mala gente, pero putero y jugador un rato. Así que lo que es seguro es que o come o se calienta, pero no almuerza junto a la lumbre. Unamos a ello las hijoputeces questos herejes ingenian,
cada vez más dignas de su gracia, todo sea dicho, y comprenderá Vuesa Merced que esto no pinta en comedia precisamente, sino más bien en drama.
Claro que para obra buena las cosas que Vuacé me cuenta de mi España, Paternidad, que dan para varios estrenos, seis o siete entremeses, y sobre todo unos cuantos sainetes. Por ejemplo, eso que relata Ucé de la aparición del Vizconde de la Ese Enjotada en un tumulto, y las bofetadas e insultos que a su vera volaron. La verdad, líbreme el Altísimo de justificar que se obsequien chufas a todo un Ministro, pero no me diga Vuesa Merced que la bulla que se ha montado en torno al particular no tiene guasa. Porque, si me permite la irreverencia Padre, hostias vienen abundado en nuestra España desde que el Conde Duque de Astorga decidió que eran el mejor camino para llegar a Palacio. Y hasta la fecha siempre habían caído en la faz de los mismos, y alborotarse ahora de recibirlas quien con tanta alegría ha reído su gracia, y tanto lucro las ha sacado, se me antoja jeta inmensa y morro incomensurable. Claro que ya se sabe que algunos creen poseer indulgencia para atizar porque están muy pagados de su altura moral, de la misma manera que opinan que al de enfrente las gallas que les caigan les van como anillo al dedo por supuestas maldades de antaño. El caso Padre, es que haciendo aparte de mi desaprobación por el hecho, me parece que hay que ser consciente de que si inauguras puesto de carnicero, igual un día te devuelven las chuletas, y a lo mejor no son de ternera, sino de mano abierta. O superior.
Y hablando de guantazos, Padre, mucho me descompone que ese Esbirreche nos los brinde si no nos comemos su sapo. No doy crédito Padre, a que el Valido haya dejado hacer alarde de su chulería en la Villa y Corte a quien tal honor no merece, y cuya fuerza sólo se encuentra en la de esos matarifes del Norte, a quienes Esbirreche en público reprueba, con gesto de estar cagando, mientras por los hechos les hace buenos por pingüe rédito a sus designios. Tiene huevos Padre, que a estas alturas andemos planteando el volver a echar un párrafo con esa jauría de matachines cobardes, que únicamente se atreven a cerrar por la espalda y a distancia, y sólo tienen entre las piernas lo que las daifas de la Ballesta. Eso da buena cuenta de la higa que le importan al Valido las obras de esos gallos capones que ya nos llevan muertos a casi mil inocentes. Esos montones de mierda que se pasean con mucho aparato y ruido de cacharrería por la rúa, juegan de valentones en grupos de no menos de a quince, caminan patizambos contoneando su asquerosa estampa y sólo mojan cuando el desdichado no los ve. Eso sí, y Vuacé bien lo sabe, lloran en cuanto los alguaciles les echan mano, se hacen sus cositas en el jubón cuando los trincan y pían como mirlos en cuanto les meten en un cuarto. Y es con ellos, Padre, con el Esbirreche, y con lo mejor de cada casa con quien al Valido le acomoda el Parlamento. Es con todo aquél que nos afrenta, nos insulta, nos hiere o nos ultraja, con quien el Conde-Duque tiene a bien poner en marcha esa sonrisa. Porque digo yo Paternidad, que nos ha caído el premio gordo cuando más se jugaba en la rifa, que ha tenido España pocas coyunturas delicadas como ésta, y nos ha ido a tocar en gracia un sujeto que está encantado de haberse conocido, que fía de su encanto al Estado, que emboza radicalismo en mueca agradable y que cuando recibe vejación sólo se apaña para poner esa cara de lila con la que cree que hará buena puntada. ¡Qué mala suerte Padre, qué mala suerte para la nación más antigua del Mundo!
Y mala fortuna también no sólo con el Valido, sino con la pandilla que le corteja, todas esas peritas en logros por falta de paquete, y el Duque de Desatinos, el Jefe de la Cancillería que más parece Chancillería. Este gachó alguna ofuscación ha de tener con el culo, y parece que no se le da mal lo tocante a desembocadura, pues desde que se hizo cargo del negocio la usamos a modo, o bien para enseñarlo en Mesopotamia, o bien para ponerla a jugosa partidura del moro y el francés, que lo mismo da. Nos hemos peleado con lo más principal del Mundo, y hacemos copiosas migas con lo último de cada fila. Sin andar más, la misma embajadora del Papado, la negrita, anda de excursión por Europa y a nosotros, ni mirarnos. A pique andamos del descojono internacional, si es que no somos ya el muñeco de la Feria. Eso sí, al susodicho Desatinos se le da de perlas el espiar a Aznárez, más que nada por pillarle en renuncio y demostrar cuán disparejo de él es su trato del oficio. Y todo por desquite, Padre, por lo mucho que les jode que lo que ellos enmierdan de continuo, antes reluciera. Claro, que ya sabe Vuacé aquello de quien todo lo quiere vengar, pronto se puede acabar.
Eso sí, al Valido le da como hongos lo de los saraos y las celebraciones, pero con los de su laya. Como ése en el que me cuenta Vuacé que anduvo el del talante, el bodrio que hacen los comediantes todos los años para dar cumplido homenaje a su ombligo. Pues claro Padre, ¿cómo no va ir el de Astorga a esa fiesta de vulgaridad? No es tanto por apetencia como por hacer buena la deuda que con ellos tiene. Que bien sabe Vuesa Merced y toda España que esa pandilla de histriones mayormente flojos sólo alargan la mano para dar cuando de vuelta barruntan otra, que cumplido pago provea. Más les valía hacer buenos trabajos que repartirse laureles por medianías. Y más cuenta le traería a España que el Valido desplegase parejo afecto para tantos otros, y no se le echara en falta cuando quien pide su ayuda es menesteroso de cierto, por huérfano o viuda de los cofrades de Esbirreche, sirva el ejemplo.
Y aún pretende inclinarnos a que apoyemos ese Tratado que ha preparado Richelieu, que de fijo será baraja para el juego de siempre: el naipe de gloria para los gabachos, y el as de bastos para la pompa de nuestro culo. Vaya por Dios, se nos engalana el Conde-Duque de europeo, y nos larga que de no darle nuestro beneplácito poco menos que nada pintaremos en Europa. Pues le digo Padre que para este viaje mejor componenda tuvimos con Aznárez, y el de Astorga la objetó. Que se dé una vuelta por aquí y de disposición haga acopio, p
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