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  Firmas Invitadas - Edición Nº 184
Semana del 9/9/2005
El Consejo frente al Emperador


Yolanda Cruz
E SE sería el título. Me refiero a que si yo pudiera ser la guionista de una secuela más para el ‘Episodio III, La venganza de los Sith’*, mi guion se titularía ‘El Consejo Frente al Emperador’. Les puedo asegurar que la intención de esta nueva escritura no sería la de medirme con Lucas ni la de intentar cambiar una historia estelar con la que hemos crecido los de mi generación. No, sólo se trataría de un desesperado afán por parodiar lo que mañana será nuestra historia, camuflado para que los ‘dueños’ de este mundo me permitieran contarla con un deseado final, distinto del que se avecina. Podría utilizar uno de los medios de comunicación más populares, el cine, para lanzar un mensaje cifrado a aquellos que supieran entenderlo.

El planeta tierra está dominado por el emperador. Personaje tirano y tenebroso que se ampara en el derecho divino al trono que todo emperador que se precie debe poseer. El elegido de dios, (del suyo claro), ungido en dirigente por grupos económicos y de poder que viven ocultos en ‘el lado oscuro’, continúa, como buen heredero, el camino de su padre, la ruta hacia la destrucción del norte por el sur, del hombre negro por el blanco (ya estúpido como vaticinó Michael Moore **), de los recursos del planeta por la avaricia, de la cultura por la ignorancia, de la fe y los cultos a otros dioses diferentes al suyo ya que éste era el único. Un camino que le conduciría al dominio absoluto de un planeta cada vez más pequeño, al mantenimiento de un poder que se apoya en cimientos de carne humana, la carne de aquellos que jamás le importaron.

El Emperador decidía a qué guerra jugar y con quién, mientras los miembros del Consejo, antigua institución integrada por países cada vez más debilitados y dependientes de la economía que les permitía mantener el ‘Todopoderoso’, veían como sus peticiones, sugerencia e incluso órdenes no eran tenidas en cuenta.

Así las cosas, sucedió que una de las bases militares, construidas en el espacio por la Nación Poderosa para ser centro de operaciones bélicas en los litigios que aún mantenía con pequeños brotes insurgentes, estallaba en mil pedazos por decisión de alguna de las divinidades que aún no habían sido eliminadas del alma del mundo. Fue tal la magnitud de la explosión que afectó de lleno a una de las zonas de la Nación que menos interesaba al Emperador (de ahí su cercanía con la base), Euterpe***, colonia fundada por procedentes de las antiguas naciones como un refugio de la libertad y del arte. El horror inundó las calles de la colonia y fueron miles las vidas que se perdieron, sin embargo el Emperador no se desplazó al lugar siniestrado hasta que las críticas contra su persona, tanto del exterior como de la Nación, no resultaron molestas.

En Euterpe, los que habían logrado sobrevivir a la catástrofe se debatían entre aferrarse a los escombros a los que había sido reducida su vida o hacinarse como refugiados allá donde los acogieran. La ayuda no llegaba. El Consejo se ofreció a colaborar pero el Emperador, poco habituado a necesitar apoyos del exterior para la Nación Poderosa, obvió esta oferta hasta que los hechos superaron la ficción de nación omnipotente que se empeñaba en mantener.

Dado su poder se confió. Estaba seguro de que el Consejo al que tantas veces había despreciado lo ayudaría sin rechistar. Acostumbrado a no encontrar objeciones entre los habitantes de la Nación, olvidó que el resto del planeta esperaba el momento de poder destituir al mayor abanderado de los genocidios que aún avergonzaban a la tierra y ese momento había llegado.

El Consejo se reunió, deliberó y decidió. Aquellos hombres recordaron representar a aquella parte de la humanidad que un día dijo No a los imperialismos de cualquier tipo, No al abuso del poder, No a la compra y venta de vidas, No a las matanzas. El Consejo recordó el valor de la integridad y que ninguno de nosotros podía ejercer el abuso y el desprecio impunemente.

La comparecencia del Emperador ante el Consejo fue breve. Con sus mejores galas y escoltado por las sombras de los que custodiaban su poder tuvo que aceptar la ayuda de los subestimados países que no eran la Nación. No podía decir que no, negarse a recibirla era arrojarse a las garras de un pueblo furioso que descubría el engaño, nunca fueron tan poderosos, la razón esperaba fuera de las murallas tras la que se escondían. La protección del Emperador de la que se creían objeto se desvanecía.
El Consejo dijo Sí, y, a cambio él debía renunciar al Imperio, al de su nación y al del resto del planeta.

Guantánamo fue el lugar más seguro al que el Consejo pudo trasladarlo antes de que los supervivientes de Euterpe y los familiares de los millares de víctimas acabaran con él. Las sombras que lo siguieran y guiaran durante años, desaparecieron. A él se le vio por última vez atravesando las alambradas de este último refugio acompañado de su perro, el único animal que se atrevió a acompañarlo. La ‘S’eguridad y ‘S’ingularidad de las instalaciones impediría al planeta saber qué ocurrió después. El Consejo jamás recibió petición alguna para investigar su desaparición.

¿Les parece ciencia ficción? Yo les aseguro a ustedes que mi relato está basado en hechos reales. Mi guión, ése con el que me gustaría completar la saga, me permitiría acabar con el Emperador antes de que el reino del Absurdo imperara a sus anchas y las engañosas alas de su capa negra cubrieran el planeta de la ignorancia contra la que el hombre lucha desde hace siglos.

* George Lucas (2005)
** Michael Moore, Estúpidos hombres blancos, Ediciones B S.A. (2003)
***Una de las nueve hijas de Zeus y de Mnemosine, musa de la música.
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