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estas alturas de la película, ignoro –como es lógico-- el desenlace que aparecerá en las pantallas del palacio de Congresos, cuando el ministro del Interior anuncie a la ciudadanía el resultado del referéndum consultivo sobre el tratado para la Constitución Europea. Pero, sea cual sea ese “the end” del largometraje, lo que se puede avanzar sin ningún género de incertidumbre es que el entusiasmo del público asistente a la proyección durante toda la campaña ha sido perfectamente descriptible. Queda por ver, desde luego, el grado de complicidad del respetable hacia el elenco publicitario que aparece en los rótulos de crédito; pero no hay que ser demasiado perspicaz para advertir que, a medida que avanzaba el parpadeo luminoso de secuencias, enfoques, primeros planos y “travelling”, aumentaba la perplejidad en la sala hasta producir el efecto contrario al deseado: en vez de aumentar el radio de acción de los espectadores, son muchos los que se han ido a sus casas antes de finalizar el pase.
Desde mi modesta perspectiva y sin ánimo de proselitismo de ningún género, me encuentro entre los sufridos espectadores agarrotados por la perplejidad ante los posicionamientos advertidos por las formaciones políticas a propósito de solicitar el voto en el referéndum de marras. No estoy negando, naturalmente, la validez argumental con la que se demanda el “sí” o el “no” desde posiciones razonadas y rigurosas; de la misma manera que me parece perfectamente lícito aportar al debate las ventajas o inconvenientes presumibles en el Tratado para dar la conformidad o para retirar la confianza. En cualquier consulta de similar naturaleza, la disyuntiva a la que debe dar respuesta el electorado no es la de orientar sus preferencias hacia una u otra opción política –aquella que sea más próxima a sus deseos, motivaciones o intereses--, sino que debe optar por la tremenda simplificación de la oferta (o blanco, o negro) que, a su vez, es contradictoria con la amplia gama de sugerencias que brinda un texto de 448 artículos, englobados en 7 títulos, una parte dispositiva final y ¡36 protocolos adicionales!, mas dos anexos explicativos. Quienes pretendan afianzar su respuesta, afirmativa o negativa, en la comprensión equilibrada de tan exuberante almacén de propuestas, disposiciones, conjeturas, datos y sutilezas jurídico-administrativas, lo llevan claro.
Se podrá objetar que los referenda sobre cualquier texto legal participan siempre de un parecido grado de imprecisión y se puede añadir que la auscultación de la opinión pública no requiere mayores dosis de capacidades intelectivas. Solo que, en buena técnica procedimental, las consultas directas al electorado quedan limitadas –en la mayor parte de los sistemas de democracia avanzada-- a refrendar aquellas cuestiones básicas de la colectividad en las que se juega directamente con el núcleo sensible de sus identidades. Y así fue recogido por nuestros constituyentes del 78 al reservar la institución del referéndum con carácter vinculante para el exclusivo supuesto de ratificar aquella reforma constitucional, aprobada previamente por las Cortes Generales; sobre todo “cuando se propusiese la revisión total de la Constitución” o una reforma parcial que afecte al llamado “bloque de constitucionalidad” contenido en ella. En consecuencia, la modalidad “consultiva” se admite como simple posibilidad “en aquellas decisiones políticas de especial trascendencia”.
Nadie puede dudar que la ratificación del Tratado de la Constitución Europea por el Reino de España no es susceptible de generar el procedimiento vinculante exigido para la reforma constitucional y todo el mundo entiende, sin embargo, que se trata de una materia revestida de “especial trascendencia” colectiva; razón de más para que las formaciones políticas hubiesen desplegado un escrupuloso rigor interpretativo a la hora de posicionarse ante el referéndum. Por ejemplo, es perfectamente lógico que el Partido Popular solicite una respuesta afirmativa en aras de acreditar su irresistible vocación euro-atlántica dentro de la Unión; pero, entonces, sobran los guiños al núcleo duro de su electorado sobre las obvias limitaciones del gobierno Zapatero para desarrollar algún tipo de liderazgo en los escenarios internacionales. Y seria, igualmente, comprensible la solicitud afirmativa de Convergencia y Unión o el PNV a sus bases para fortalecer los lazos socio-económicos con una Europa cada vez más integrada y convergente –valga la redundancia-- en el horizonte de un futuro común; a condición, claro está, de que no se dediquen a dinamitar los cimientos elementales de uno de los Estados –el suyo, aunque les pese-- más sólidos como garante de tales aspiraciones.
Desde esta perspectiva, por el contrario, es totalmente lícita la posición de Ezquerra Republicana de Cataluña al solicitar el “no” de sus seguidores, por cuanto el Tratado niega olímpicamente cualquier pretensión segregacionista y no contempla ninguna capacidad contractual a las llamadas “naciones sin Estado”; como también resulta explicable que el conglomerado delicuescente de verdes, rojos y violetas niegue su apoyo a la consagración de las abominables leyes del mercado en la Europa de los mercaderes o a la fijación de un marco común para la defensa y seguridad colectiva bajo el paraguas de la OTAN, incluso con la explicita invocación al recurso disuasorio de la guerra preventiva. Pero es de todo punto incoherente con la defensa de estos principios, persistir en el apoyo parlamentario de sus respectivas formaciones al Gobierno socialista, auto-erigido en portaestandarte de semejantes claudicaciones y desviacionismos.
Claro que lo que bate el reto de los despropósitos y rebosa toda capacidad inteligible es contemplar al presidente Zapatero, el responsable directo de una convocatoria innecesaria y único beneficiario de la primogenitura en su aprobación (quedan dos años para poder hacerlo), dedica la mayor parte de sus intervenciones en la campaña para descalificar la actitud del Partido Popular, el único que le puede aportar la mayoría numérica en el escrutinio del domingo. Fácilmente se puede colegir, desde la más absoluta perplejidad sobre el resultado y desde mi modesta perspectiva exenta de cualquier ánimo proselitista, que mi decisión sea irrevocable: no pienso colaborar activamente en semejante espectáculo circense.
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