M
IQUEL ÀNGEL NADAL ha colgado las botas. Creo que ya he escrito en estas páginas semanales acerca de este amigo y paisano, el mejor futbolista mallorquín, sin duda, de todos los tiempos. Nadal está hoy en olor de multitudes y figura ya en nómina de los que serán un mito para las generaciones del tercer milenio de la Era cristiana.
Para su homenaje en la intimidad, le guardo yo las siguientes cuartillas, a modo de carta fraterna y cordial. Le digo así:
En 1966, cuando Manuel Fraga imponía al dictado su famosa ley de Prensa, nacías tú en Manacor, hijo de Rafael Nadal Nadal y de Isabel Horrach Sureda y en tus ámbitos de felicidad recién alumbrada latían las músicas de tu padre, gran maestro, los poemas sublimes de tu paisano Miquel Àngel Riera y el gozo, infantil e inocente, de tus tres hermanos mayores: Sebastià, que se convertiría en industrial importante, Antoni, gran jugador de tenis y Rafel, futbolista como tú y jurista como Antoni. Maria Magdalena, la historiadora, no había llegado todavía en 1966. Fue, como te digo, un año de fuertes y dolorosos quebrantos para la cultura y para la libertad de nuestro país. Es el año en que destituyeron fulminantemente al abad de Montserrat, dom Aureli Escarrer, el año en que desgraciadamente se “cayó” por la ventana de una comisaría el estudiante Rafael Guijarro y luego nos contaron que se había suicidado. Raimon, el de Xàtiva, cantaba "al vent" y gran parte de los jóvenes de entonces corrían más que tú, en determinadas ocasiones, delante de los "grises", de sus negras porras malditas, de sus manguerazos atroces y de sus caballotes aterradores. Con todo, cuando el Barcelona le ganaba al Madrid la copa del Generalísimo, la mujer de Camilo Alonso Vega, comentaba con plena efusión de bilis y con sonrisa de indisimulada decepción:"Bueno, al fin y al cabo, Barcelona también es España."
Tu tiempo natal, como tu patria chica, era humilde en la década de los sesenta, pero la comarca ya había alcanzado la gloria internacional de dos campeones mundiales: Gomis en Manacor y Timoner a pocos kilómetros, en Felanitx.
En cierta ocasión le consultaba yo a tu padre acerca de los métodos y pormenores que comporta la enseñanza de la música. Quería documentarme bien, porque estaba escribiendo una novela en la que el protagonista es un niño prodigio que, como Yehudi Menuhin y como Nathan Milstein, toca el violín desde muy temprana edad. Tu padre me informó detalladamente de la murga y el "ñiquiñaque" que dan los violinistas en sus primeros meses o años de aprendizaje. Entonces me acordé de tu primera vocación de violinista que se cambió, afortunadamente, por la deportiva y futbolística.
A tu sobrino Rafael Nadal le está pasando, en el tenis, poco más o menos, lo mismo.
Hijo de un buen músico, tuviste la suerte, igual que tus hermanos, de no encontrar imposiciones paternas y familiares. Se respetaron y se apoyaron con entusiasmo vuestras respectivas vocaciones. Tú querías ser futbolista y pronto se vio que servías para el oficio. Además, en una sociedad capitalista y ávida de dinero, la cosa estaba clara: los pies daban más fortuna que la cabeza, los goles eran más importantes que las partituras y Kubala, Gento, Iribar o Timoner eran, en tus años mozos, mucho más conocidos y aclamados que Pau Casals o que Herbert Marcuse.
Has vivido y has crecido en la civilización genial de los griegos, donde el alma y el cuerpo ( "mens sana in corpore sano") crecían y eran educados con idéntico esmero, en un clima político de pura democracia.
Es obvio que tales consideraciones no fluían de la mente ni del discurso de tus primeros entrenadores en el Olimpic de Manacor, ni tampoco en el Manacor de segunda división B, en el que ya diste tus primeras muestras de talento y poderío, con tus 18 años esbeltos y batalladores. Después, la fama y el aplauso popular, unánime, en el Real Mallorca de primera división, desde 1986 hasta 1991. Al año siguiente, la consagración, el dinero y la gloria total en el F.C. Barcelona, campeón de Liga en el 92, 93 y 94, campeón de Europa en el 92 y, finalmente, la titularidad incuestionable en la selección nacional de España, en los tres últimos campeonatos del mundo.
Creciste en un ambiente provinciano y apacible, donde los futbolistas, por ejemplo, fortalecían sus tobillos, pegándole patadas a un balón que, por su peso y su dureza, más parecía un saco de cemento que una esfera de aire y cuero, como debe ser. Hace tiempo, me contaba un viejo futbolista de Felanitx que guardó, durante muchos años, en una caja de cerillas de aquellas antiguas, todas las uñas del dedo gordo del pie que se arrancó de cuajo jugando al fútbol. El detalle no puede ser más guarro, ni más significativo. Jugaban en campos sin césped, llenos de piedras y pedruscos, con las botas agujereadas.
Los libros te aburrían, pero le dijiste al periodista que la dicha suprema, en tu caso, sería la de envejecer jugando, llegar a la madurez y saber que te has pasado toda la vida jugando. Esa profunda e irrefutable filosofía está en los mejores libros del pensamiento humano, pero tú dices que los libros te aburrían y que fuiste un mal estudiante. Quien llega a esa nobilísima conclusión y formula tamaño deseo vital - madurar o envejecer o morir jugando - ha dado en el puro centro de la sabiduría y del genio humano. Ahí tienes la explicación de por qué estás ahora en olor de multitudes. Es demasiado superficial, demasiado enclenque, el criterio de quienes piensan y predican que ser aficionado al fútbol - veintidós personas en calzoncillos corriendo detrás de una pelota y pegándole patadas - es un síntoma claro de incultura y de muy bajo coeficiente mental. Al menos, yo estoy muy contento de haberme apasionado por las competiciones deportivas de mi pueblo y de haberme casado, por la iglesia y por lo civil, con los libros. Por contra, también he de decirte que el trasiego económico y político del fútbol, me aburre mortalmente.
En este planeta en el que los seres humanos nos obstinamos en olvidar que la naturaleza de nuestro primer cerebro nos hizo reptiles y cuadrúpedos, sólo alcanzan la luz, la libertad y la felicidad del genio aquellos que saben que la inteligencia humana sólo existe para jugar, porque, cuando no juega, se marchita y muere.
Quiero confesarte, mi querido y joven amigo, un detalle importante de mi profesión periodística: Hubo un tiempo en este país - antes te lo insinuaba - en que los únicos "goles" que se le podían marcar al equipo contrario, eran "goles de cabeza". Así se titulaba mi primera columna de opinión y pensamiento en el diario madrileño en que hice mis primeras armas profesionales
He aquí unos cuantos "goles de cabeza" que tú podrías marcar ahora: Uno, en la portería de los políticos, cuando sólo les importa capitalizar políticamente vuestros triunfos profesionales. Dos, contra los directivos empresariales del club que os contrata, cuando buscan más la rentabilidad que el fulgor de vuestro esfuerzo y de vuestro trabajo. Tres, contra esa afición hijoputesca y visceral que sólo os admira si ganáis y os olvida y os desprecia si perdéis, sin considerar el empeño que habéis puesto, ni la mejor calidad del contrario. Cuatro, contra el equipo infinito de los necios que hacen del fútbol una cuestión sectaria y no un asunto de cultura y humanidades. Y cinco, para ganar por goleada, contra el equipo que sólo es mejor porque tiene más dinero que los demás.
Nuestro Real Mallorca está pasando por grandes dificultades para mantenerse en Primera División. Se dice que vas a ser el comentarista deportivo de la nueva Radiotelevisión autonómica, que se acaba de estrenar en Baleares hace apenas unas horas. A lo peor, tendrás que comentar el fútbol de un equipo de segunda división, si el Mallorca, pese a Cúper, desciende. En tal caso, sucederá que, como en política, asuntos de segunda , tienen comentaristas de primera…y viceversa.