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Época II - Año X
Edición Nº 3185
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 miércoles, 08 de septiembre de 2010 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 158
Semana del 11/03/2005
En el Primer Aniversario del 11-M


Matías J. Ros
U N año después de la espantosa tragedia del 11-M, los investigadores policiales y judiciales aún no han logrado hacer una reconstrucción de lo sucedido Saben de bastantes que estuvieron implicados, pero no exactamente qué papel desempeñaron. Falta saber, entre otras muchas cosas, quiénes hicieron las bombas y quién o quienes colocaron las mochilas en los trenes.
En este año la Policía ha logrado detener a más de 90 personas relacionadas con la matanza. Sólo 74 de esos detenidos se hallan imputados en estos momentos. Así, la policía española ha logrado saber más cosas de nuestro 11-M en un solo año que Estados Unidos de su 11-S en tres, a la vista de los últimos informes publicados por el gobierno americano. Pero, como hemos dicho, todavía no ha sido posible hacer una reconstrucción de los atentados de los trenes. De los autores intelectuales no se sabe nada, no se quiere saber nada. Órdenes del Gobierno.

Desconoce asimismo la Policía quiénes portaron y colocaron aquel día las mochilas bomba que volaron cuatro trenes, mataron a 192 personas e hirieron a más 1.500. No se sabe cómo se distribuyeron las mochilas en los vagones y cómo llegaron a las estaciones. Tampoco se ha podido determinar exactamente todos los coches o vehículos que pudieron utilizar y quiénes iban en cada uno de ellos. Tampoco se sabe de qué manera huyeron y dónde se refugiaron.

No se sabe quién y por qué eligió la red de Cercanías de Alcalá de Henares así como quién montó las bombas y compró los teléfonos móviles para montarlas. Tampoco se sabe quién les instruyó en la manera hacerlo. Hay hipótesis y teorías pero ninguna respuesta válida. Por ello, va a ser difícil saber el papel de cada uno, porque los que debían saberlo se suicidaron, o mejor, los “suicidaron” en Leganés. O han huido.

Aún no sabe a que personas corresponden 209 huellas (dactilares y de ADN) recogidas. En el piso de Leganés, donde se “suicidó” la célula, había 123, en la casa de a Morata de Tajuña, 54, en la furgoneta “Renault Kangoo”, 21, en el coche “Skoda Fabia”, 8, y en la casa alquilada en la localidad de Albolote, Granada, 3.

Los investigadores dicen que sin la desactivación de una de las mochilas bomba (la número 13) la investigación y posteriores detenciones no se hubieran producido tan rápidamente. Desmontar uno de los artefactos sin que explotara y conseguir completo su mecanismo no sólo puso a la Policía en la pista de algunos de los implicados sino que también permitió descubrir el piso de Leganés y evitó otros atentados contra intereses judíos que no llegaron a realizarse. La tarjeta de telefonía de prepago insertada en el teléfono móvil descubrió también la casa de Morata de Tajuña y reveló la trama asturiana de los explosivos, de la que hay cosas que están claras y cosas cada día más misteriosas.

LAS EXPLOSIONES

LA identidad de quién ideó y confeccionó las mochilas bomba es una de las grandes incógnitas. Los artefactos, introducidos en bolsas o mochilas, estaban compuestos por diez o doce kilos de Goma-2 ECO, reforzados con tornillos y clavos de metralla. El sistema que activaba los artefactos estaba compuesto por un teléfono móvil que tenía conectados dos cables a los terminales positivo y negativo del vibrador. Los extremos de los cables estaban unidos (sin cinta aislante) a los dos polos del detonador pinchado en el explosivo e introducido en una bolsa de basura.

Los teléfonos móviles estaban preparados para que funcionara la alarma despertador exactamente a las ocho menos veinte horas de aquella espantosa mañana. A esa hora, al activarse el despertador/vibrador fluiría la energía eléctrica de la batería del móvil al detonador produciéndose la explosión. De esta forma estallaron 10 bombas. Tres fallaron y una de ellas, como hemos dicho, posibilitó las investigaciones posteriores. Las mochilas bomba sin estallar, no se activaron posiblemente pues al no estar protegidas las conexiones de los cables con cinta aislante pudieron hacer contacto y cerrar el circuito. En el caso de la mochila 13, una radiografía hecha a la bolsa antes de ser desactivada reveló que uno de los cables estaba suelto.

Los artefactos eran muy simples y extraordinariamente eficaces y mortíferos. Pero no se sabe qué mente perversa los ideó. Se sospecha que en su confección pudieron tener algo que ver Allekema Lamari, argelino “suicidado” en Leganés, y Said Berraj, que ha huido. Son los únicos implicados con formación para fabricar bombas con móviles, pues lo debieron aprender en campos de entrenamiento de Afganistán. La única prueba que existe relacionada con el montaje de las bombas es una huella de Jamal Ahmidan «El chino» en una tarjeta prepago, hallada en la casa de Morata de Tajuña. Es una tarjeta de la misma serie de las activadas a través del poste de telefonía móvil de la zona. Se ha podido averiguar que desde este poste de telefonía se dieron de alta siete de las tarjetas. Pero no se sabe desde donde lo hicieron el resto de tarjetas usadas para preparar un total de 12 mochilas.

Se atribuye la sofisticación que pudieran tener las bombas del 11-M al uso de teléfonos como detonadores y temporizadores. Quién compró y montó los teléfonos son los grandes misterios de la investigación. Ello aclararía la identidad de de los verdaderos cerebros del atentado. Se usaron móviles marca Trium T-110, fabricados por la empresa Mitsubishi. Diez de ellos se sabe que se compraron entre el día 3 y el 8 de marzo en el establecimiento “Bazar Top S. L.” situado en la calle Real de Pinto, en el distrito de Villaverde, Madrid.

Los propietarios del establecimiento, los hindúes Suresh Kumar y Vinay Kholi, detenidos tres días después de los atentados, y puestos en libertad posteriormente, explicaron que los terminales fueron comprados por dos personas de aspecto occidental que dijeron ser búlgaros. El día 3 de marzo acudió al comercio uno de estos individuos supuestamente búlgaros vistiendo mono azul, y pidió cuatro móviles marca Mitsubishi, modelo 222-I. Como sólo había en la tienda uno de ellos, se le ofreció otro fabricado también por Mitsubishi. Se trataba del Trium T-110, que era más barato. El misterioso cliente, supuestamente búlgaro, decidió comprar los dos con la condición de devolver uno aquélla tarde. En efecto, regresó por la tarde con otro individuo, también de aspecto occidental y supuestamente búlgaro. Devolvieron el modelo 222-I y pidieron otros ocho móviles del T-110. El 8 de marzo, uno de ellos regresa al bazar y compra otro de estos teléfonos (en total 10), una cinta de vídeo para cámara digital (que más tarde se usaría para reivindicar el atentado) y un reloj Casio, del que no se sabe el uso que pudieron darle.

Quienes compraron los teléfonos no buscaban cualquier modelo. Preguntaron por uno concretamente, supuestamente bien porque tenían esas instrucciones o porque sabían que precisamente en ese terminal se podían conectar los cables para su empleo como detonador. El hecho de que se llevaran otro distinto, con la condición de devolverlo por la tarde, parece demostrar que antes de adquirirlos probaron si el modelo que les ofrecían servía para sus macabras intenciones. En efecto, servían perfectamente. De estos dos individuos de aspecto occidental y supuestamente búlgaros no hay rastro. Los dueños de la tienda manifestaron que uno de ellos tenía los dientes separados. El único de los autores del 11-M que los tiene es Jamal Ahmidan «El chino». Pero los comerciantes hindúes no le reconocieron en las fotografías que les mostró la Policía. Conocer la identidad de estos dos individuos, despejaría la incógnita de la autoría de las bombas causantes de la masacre del 11-M, el único aspecto, junto a la elección de la fecha, que posee relieve intelectual en toda la trama de los atentados.

LA CASA DE MORATA

LAS huellas encontradas por la Policía Científica en la casa de Morata de Tajuña, donde los presuntos autores ocultaron la dinamita traída de Asturias y activaron parte de las tarjetas usadas en las bombas, también propician interrogantes. Sólo se han encontrado allí huellas de Jamal Ahmidan, «El chino», (una en el reverso de una tarjeta de telefonía móvil Amena) y también de sus primos Hamid (tres en una botella) y en una bolsa de supermercado) y Hicham Ahmidan (cuatro en sendas bolsas también de supermercado). También se han hallado restos de ADN de Othman el Gnaoui, uno de los detenidos. Sin embargo, en la finca se han encontrado otras 54 huellas, que permanecen anónimas. Cuatro de éstas coinciden con otras tantas, también sin identificar, halladas en el piso de Leganés.

Es decir, que hay cuatro presuntos autores materiales aún sin descubrir. La casa de Morata, que se ubica dentro del término municipal de Chinchón, tiene para los investigadores gran importancia en la estructura operativa de la masacre. Se supone que aquí se almacenó la dinamita procedente de Asturias en un zulo, forrado de “porespán”, cuyo análisis ha determinado la existencia de restos de nitroglicol y nitrato amónico, componentes básicos de la dinamita. Además, también se encontró abundante munición y restos de detonadores y Goma-2. En esta finca se activaron siete de las tarjetas usadas en las bombas.

Según figura en un informe policial, la fecha real de su activación fue el 29 de febrero precisamente el día en que se sustrajo el explosivo en Asturias y se trasladó hasta Madrid. Estos datos, por tanto, no clarifican en qué medida (fuera del almacenamiento de explosivos) esta casa, alquilada por «El chino», fue utilizada para los atentados. Ni siquiera es posible asegurar que en ella se montaran las bombas y salieran aquella mañana los terroristas que actuaron en los trenes. O que regresaran a esconderse después de cometer la matanza.

Que la casa de Morata esté relativamente próxima a esta zona es lo que permite aventurar la hipótesis de que ése pudo ser el motivo de que los terroristas eligieran el tren de Cercanías procedente de Alcalá de Henares. Ninguno de los implicados conocidos vive cerca, lo cual resulta extraño y no resuelve la duda de por qué atacaron esta red de trenes y no otra.

Los coches de los atentados, la furgoneta “Renault Kangoo” matrícula 0576-BRX, localizada el mismo día 11-M en las proximidades de la estación de Alcalá de Henares, sirvió para el traslado de tres terroristas hasta la citada estación. Pero sólo se ha podido determinar que en ese vehículo viajaba uno de los huidos Daoud Ouhnane, argelino de 35 años. Sus huellas dactilares fueron encontradas en una bolsa de plástico azul que estaba debajo del asiento delantero de la furgoneta. Dentro de ella había siete detonadores como los empleados en los atentados y un trozo de cartucho de dinamita.

Los investigadores se preguntan quiénes eran los que viajaron en ese coche aquella mañana. Misterio. Del automóvil se han extraído un total de 21 huellas pertenecientes a personas sin identificar. De las prendas de ropa encontradas en su interior se consiguieron restos de ADN de Asrih Rifaat Anouar, Allekema Lamari y Abdenabi Kounjaa, todos ellos “suicidados” en Leganés. De Lamari, sin embargo, también se descubrieron restos biológicos en prendas de ropa halladas en el vehículo “Skoda Fabia”, matrícula 3093 CKF. Este vehículo, otro de los que se supone fue utilizado por los autores materiales para su traslado a las estaciones, fue descubierto tres meses después de los atentados aparcado también en las inmediaciones de la estación ferroviaria de Alcalá de Henares.

Además del ADN de Lamari, fueron extraídas de su interior ocho huellas dactilares de personas desconocidas hasta hoy. Una de ellas coincide con otra muestra anónima sacada del piso de Leganés, por lo que otro terrorista más (ya son cinco) está aún sin identificar. Si las trece mochilas, con 10 o 12 kilos de dinamita cada una, fueron transportadas por otros tantos terroristas (uno por mochila), también faltan vehículos por descubrir.

LA TRAMA ASTURIANA

EN Avilés se gestó un negocio entre José Emilio Suárez Trashorras y Jamal Ahmidan 'El Chino'. Fue un acuerdo alcanzado con 200 kilos de goma-2 ECO de por medio a cambio de una determinada cantidad de dinero y unos kilos de hachís. La trama asturiana de la dinamita salpicó a numerosas personas con un denominador común: conocer a Trashorras. Pasado el primer aniversario de la matanza, están en prisión los asturianos, Trashorras, su cuñado Antonio Toro, el encargado de Mina Conchita, Emilio Llano, y un ex compañero de Trashorras, Raúl González.

José Emilio Suárez Trashorras, vivía con una pensión de 150.000 pesetas de las de antes, pero su tren de vida era superior a lo que daba ese sueldo. Coches, viajes, juergas... Nunca negó que incrementaba su sueldo mensual con otros negocios como los de la venta de vehículos de lujo de segunda mano o el tráfico de drogas. Admitió más tarde que también vendía explosivos, avanzadas las investigaciones. Cuando se vio cercado por los testimonios incriminatorios del resto de los imputados en la trama asturiana de la dinamita, sobre todo por los jóvenes a los que empleó como correos de la siniestra mercancía. Dijo creer, que sus amigos magrebíes pretendían reventar cajas fuertes y joyerías la dinamita. No se lo cree ni él mismo.

Para Trashorras, acceder a los explosivos era sencillo. Había trabajado en Mina Conchita, y conocía dónde estaban los polvorines, cómo y quién los vigilaba. A cambio de dinero y hachís, suministró a Jamal Ahmidan El Chino, uno de los terroristas del 11-M que después se suicidaría (o fue suicidado) en Leganés, 200 kilos de goma-2. Lo hizo mediante varios envíos, algunos de ellos a través de sus conocidos de Avilés a los que pagó el favor con dinero y pastillas de hachís.

El primer día que se acercó a Mina Conchita para ver si su plan estaba en marcha fue acompañado por el Gitanillo, el único menor de edad encausado, juzgado y condenado por el suministro de los explosivos a los terroristas. Éste menor cuando se montó en el coche de regreso a Avilés, le oyó exclamar: «Esto va bien, esto va para adelante». Este menor se encuentra actualmente en prisión acusado de un delito de colaboración con banda terrorista con resultado de 192 muertes y 1.400 heridos.

Antonio Toro Castro, portero de discoteca, hermano de Carmen Toro y enlace con Rafá Zuhair vivía en Castrillón (Asturias) hasta su ingreso en prisión. Tiene 27 años y un largo historial delictivo. En 2001 estuvo en el centro penitenciario de Villabona, del 27 de julio al 20 de diciembre, por un asunto de drogas derivado de la denominada “Operación Pipol”. Durante su estancia en la cárcel conoció al marroquí Rafá Zouhier, imputado en el 11-M y reconocido confidente de la (para muchos) siniestra UCO de la Guardia Civil, al mando del coronel Hernando, subordinado de Rafael Vera en los tiempos en que estaba de Secretario de Estado para la Seguridad.

Rafá Zuhair fue quien le preguntó si conocía a alguien que pudiera facilitarle explosivos. En ese momento le puso en contacto con su cuñado porque, como había sido minero, tenía acceso a goma-2. Así comenzó el negocio conocido como “la trama asturiana de la dinamita”. Zouhier vio por primera vez a Trashorras en Villabona durante una de las visitas de éste a su cuñado. Después le puso en contacto con Jamal Ahmidan. Antonio Toro Castro aseguró que se quedó al margen de la venta de la dinamita, si bien Zouhier declaró que fue su ex compañero de prisión quien en febrero de 2003 le entregó una muestra del explosivo.

Carmen Toro Castro, se casó a los 22 años con José Emilio Suárez Trashorras, exactamente el 14 de febrero de 2.004, un mes antes del atentado. La pareja viajó de luna de miel a las Islas Canarias y al regresar hizo una escala en Madrid para visitar a Jamal Ahmidan “El Chino” en su casa de Morata de Tajuña (Madrid), considerada una de las bases de operaciones. Durante ese encuentro, Carmen discutió de religión con “El Chino” porque éste justificó el ataque a las Torres Gemelas. Salió de la casa muy enfadada y así se lo contó en su declaración al juez que instruye el caso.

Carmen Toro trabajaba en una empresa de seguridad de El Corte Inglés de Avilés, un empleo que le consiguió el jefe de Estupefacientes de la Comisaría avilesina, Manuel García, “Manolón” del que Trashorras era confidente. En cuanto se enteró de la detención de su marido llamó al policía y éste la tranquilizó, pero las pruebas incriminatorias contra su esposo eran demasiado evidentes. Carmen Toro regenta y sirve copas en un bar de su ciudad natal. El juez, inexplicablemente para bastantes, la dejó en libertad.

“El Gitanillo”, El más joven de la trama asturiana de la dinamita -nació en diciembre de 1987- hizo una vez de correo por encargo de su amigo y protector Trashorras y, según el juez, «siempre estuvo al tanto de lo que pasaba».

A primeros de febrero viajó con una de las bolsas de los explosivos de entre 15 y 20 kilos en un autobús. En la estación sur de Madrid le esperaba Jamal Ahmidan, a quien el “El Gitanillo”, (también conocido con los sobrenombres de “Baby” y “El Guaje”) había visto en Avilés acompañado del ex minero.

Emilio Llano Peláez, vigilante de la mina era el responsable del control de los explosivos. Vecino de Grado, Emilio Llano, conocido como “Urtain”, era un veterano vigilante de mina hasta que presuntamente comenzó a hacer negocios con José Emilio Suárez Trashorras. El juez lo mantiene en prisión a la espera de juicio porque considera que colaboró en el suministro de los explosivos a los terroristas.

En su declaración hay un apunte relevante para la investigación. Es un error en las anotaciones del libro de registro detectado el día 1 de marzo. Entonces apuntó 150 kilos de dinamita extraídos cuando en realidad de los polvorines faltaban 200. Preguntado al respecto asegura que «fue una equivocación». Insiste en que nunca descuidó las llaves de los polvorines, que jamás notó nada extraño en Mina Conchita y que «doy por hecho que los artilleros gastan todo lo que les entrego».

Raúl González Pelaéz, picador de Mina Collada, colaboró con Trashorras en un robo de
Juventino Pérez Trnco, vigilante de las minas Conchita y Collada, manifestó que en las minas había poco control. Tanto él como su hermano Conrado declararon ante la Guardia Civil, y ante el juez, después de que estallara el revuelo generado por la aparición de la cinta de Cancienes. Juventino, vecino de Cangas de Narcea, de 37 años, es el vigilante de las minas Conchita y Collada, y además se encarga de distribuir las sustancias explosivas que trasladaba la empresa Canela Seguridad. Según Juventino Pérez, el consumo de explosivos es incontrolable en las minas y yo tengo que fiarme de los artilleros. Se encuentra en libertad por decisión judicial.

Conrado Pérez Tronco, vigilante de las minas Conchita y Collada, veterano en el tajo, fue detenido en Grado (Asturias) acusado, como su hermano Juventino, de un presunto delito de tenencia ilícita de explosivos. También se encuentra en libertad. Antes de vigilante de mina fue ayudante de minero, barrenista, vigilante y picador, lo que le permite conocer muy a fondo el funcionamiento y la vida en el tajo. No reconoció ninguno de los errores registrados en el libro de entrada y salida de explosivos que se presentan con cierta periodicidad en Intervención de Armas de la Guardia Civil. Conrado Pérez fue preguntado por los desfases en el uso de dinamita detectados los días 27 y 29 de enero, cuando se emplearon 50 kilos de 'goma-2' y 500 detonadores, respectivamente. Una proporción que consideró muy difícil de emplear en una explotación como Mina Conchita. En sus declaraciones aseguró que no entiende por qué Emilio me implica en el tema de Madrid.

Antonio Reis Palacio, es uno de los correos. Aunque nació en Oviedo en 1982, fue detenido en Las Palmas de Gran Canaria, a donde la Policía cree que huyó tras creerse implicado en el atentado del 11-M. Él manifiesta que decidió salir de la península porque se había quedado sin trabajo y que, después de haber estado involucrado en asuntos de droga y con algunas deudas pendientes, llegó a estar amenazado de muerte. Antonio Reis conoció a Antonio Toro en la empresa de aislamientos en la que ambos trabajaban a mediados de 2.003. A través de Toro conoció a Trashorras, quien en enero de 2004 le propuso bajar una mochila con “polen” (hachís) a Madrid. En sus declaraciones asegura que aceptó el encargo a cambio de saldar una deuda con Toro, unas pastillas de hachís y 400 euros. Cumplió su cometido. Trashorras nunca llegó a pagarle.

Iván Granados Peña, utillero de un equipo de fútbol sala, está en libertad porque se negó rotundamente a hacer de “correo” para Emilio Suárez Trashorras. Conocía al ex minero de salir de copas y nunca pensó que podría verse implicado en una historia semejante. Tiene 22 años y es utillero de un equipo de fútbol sala. Sus vínculos con Trashorras y el hecho de que, tal y como admitió ante el Juez, conocía lo que Trashorras se traía entre manos, le llevaron a permanecer un tiempo en prisión.

Sergio Álvarez Sánchez, avilesino de 24 años era correo, aunque dice que creía que eran discos de CDs, . Como al resto de los “correos” que supuestamente portaron la dinamita empleada en el 11-M, Emilio Suárez Trashorras le propuso participar en un viaje a Madrid a principios de 2004. Sergio Álvarez, al que llaman “Amocachi”, admitió ante el juez que aceptó porque en ese momento necesitaba el dinero que el ex minero le daría a cambio. Siempre creyó que lo que llevaba eran cedés. Dice. Llegó a una de las estaciones de autobuses de Madrid y allí le esperaba un hombre de raza árabe. Le entregó la mochila, de color azul y con una raya negra, con cremalleras, cerrada con un candado, y se fue a pesar de que el árabe le invitó a ir a su casa. De regreso a Avilés se dio cuenta de que le faltaba la cartera y sospechó que el marroquí se la había robado. Contactó con Trashorras y éste le dijo que él se la haría llegar, además de los 600 euros acordados por el traslado. Al final le dio Emilio dos placas de hachís valoradas en unos 400 euros cada una. En cuanto se enteró de los atentados pensó que él podría haber tenido algo que ver, y dice que no acudió a la Policía porque tenía miedo a perder el trabajo y además no estaba seguro de nada. Se encuentra en libertad, aunque debe comparecer semanalmente en el juzgado.

Estos son algunos de los personajes de la trama asturiana de los explosivos. Eran confidentes policiales bastantes de ellos, trabajando unos para la Guardia Civil de Asturias y otros para la Policía Nacional del Principado hasta dos años antes de los atentados. Enfrentados los dos cuerpos policiales en una pelea corporativa cuyos perjudicados han sido los ciudadanos masacrados y el país entero, se les escapó de las manos lo que tramaban: introducir a la gente que vendía dinamita en ETA. Mientras, harían la vista gorda en el tema del tráfico de hachís. Al írsele de las manos, los asturianos debieron, incontroladamente, vender dinamita a muchas personas y no precisamente islamistas. Pudo llegar a oídos de los servicios secretos marroquíes lo que se tramaba y aprovecharon que el Pisuerga pasa por Valladolid. Necesitaban un cambio político en España pues el gobierno de Aznar era un duro hueso de roer y no estaban dispuestos. Han parecido estar enterados funcionarios policiales que debieron dejar hacer, pues el atentado les beneficiaría políticamente dada su adscripción al partido ahora gobernante. Esto es a grandes rasgos lo que nos parece y nos ha parecido siempre desde que empezamos a escribir sobre los atentados del 11-M. Con el añadido de que aunque el tráfico de dinamita presuntamente empezó dos años antes de los atentados y pretendían teledirigirlo la Guardia Civil y la Policía de Asturias, como hemos dicho, se les debió escapar de las manos. Y no han tenido la gallardía de decirlo. Por eso no ha querido nadie incidir demasiado en las investigaciones, independientemente que el gobierno no está por la labor pues necesitan que el asunto se enfríe y se olvide. Pero, al igual que otros muchos, el abajo firmante ni lo olvidará ni lo perdonará jamás.

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