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Época II - Año XIV
Edición Nº 4126
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 sábado, 19 de abril de 2014 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 189
Semana del 10/14/2005
Más apuntaciones sobre nacionalismos


Antonio Castro Villacañas
N O sé si alguna vez lo he dicho en estas páginas, pero no me importa repetirlo en cada ocasión que resulte oportuno hacerlo. Esta es una de ellas. La culpa del peligrosísimo incremento de los nacionalismos proclives a la desintegración de España la tienen quienes redactaron la vigente

Constitución Española, quienes la pactaron, y quienes la aprobaron en un Parlamento que no había sido convocado para realizar tal tarea. De aquel "golpe de Estado", de aquellos polvos y rapapolvos vienen todos los lodos que hoy ensucian nuestro suelo.

Los partidos que constituyeron la mayoritaria oposición a la mojiganga democrática y centrista inventada por don Juan Carlos y Adolfo Suárez no llevaban entre sus reivindicaciones la autonomía de "nacionalidades y regiones". Los sectores más radicales del pueblo catalán eran también los más expresivos en esta materia, y sus exigencias se cifraban en conseguir"amnistía y estatuto de autonomía", pero no un estatuto cualquiera, sino el aprobado por las Cortes de la II República. Conviene recordar y tener presente que el Estatuto de 1932 era mucho menos nacionalista y autonómico que el hoy vigente. Lo mismo podemos decir de los estatutos vasco y gallego de 1936. Y es que la II República Española y sus Presidentes, Niceto Alcalá Zamora y Manuel Azaña Díaz, tenían mucho más sentido social e histórico, y mucho mejor entendimiento de lo que es un Estado moderno, que la II o III (depende del punto de mira) Monarquía Restaurada y cuantos a partir de 1975 la representaban.

Los antifranquistas recién salidos de los confortables armarios y habitaciones que ocuparon hasta que murió Franco, no accedieron a la petición callejera y parlamentaria de los antifranquistas de siempre por entender que si daban validez a los Estatutos aprobados durante la II República ello equivaldría a revalidar la inicial legitimidad de dicha República en perjuicio de la incipiente III Monarquía Restaurada. Por ello, y por miedo a que les tacharan de lo que durante muchos años presumieron, cedieron a las cautelosas y cada día más inteligentes pretensiones de la izquierda nacionalista, aceptando el que en el texto constitucional figuraran los términos "nacionalidades y regiones" y el concepto de "derechos históricos" como fundamento de -y puerta abierta a-los nuevos y futuros estatutos autonómicos.

Los antifranquistas de siempre aceptaron que los hasta entonces franquistas-Gabriel Cisneros, Manuel Fraga y Miguel Herrero- salvaran parcialmente su conciencia mediante la introducción de una pequeña frase -"la indisoluble unidad de la nación española", porque para ellos carecía de importancia el que la nación española siguiera o no considerándose indisoluble tras haber aceptado que en el texto constitucional se reconociera el fundamental derecho a la autonomía de sus particulares naciones, primer logro práctico y efectivo en el camino de sus respectivas e irrenunciables independencias.

Que tal reconocimiento fue una victoriosa conquista nacionalista y no una donación monárquico-borbónica lo demuestra el que a partir de entonces las nacionalidades han aumentado en número -de 3 a 17- y en capacidad de autogobierno. Se han ido construyendo, con más o menos rapidez, como auténticas naciones: todas ellas se han dotado de parlamentos, gobiernos, presupuestos, competencias, medios de comunicación, escuelas públicas, policías armadas, y algunas hasta de representaciones diplomáticas, de modo tal que esas instituciones -básicas en cualquier Estado- no están al servicio de la idea y la realidad de España, sino al de una tarea de desnacionalización española y de nacionalización catalana, vasca, gallega, etc, etc, a la que se han consagrado recursos y energías sin cuento. En algunos casos, y como muestra significativa de la creciente luna separatista, se ha llegado hasta el extremo de prohibir el uso del castellano en los centros escolares y en los rótulos de las empresas y comercios...

El resultado de ceder a las pretensiones nacionalistas -y al de otras de origen antifranquista- fue el inicialmente buscado: consolidar de alguna manera la III Monarquía Borbónica, instaurada por Franco al margen de la voluntad popular en la ingenua creencia de que con ella se garantizaba la continuidad de su política social y nacional, puesto que así se había jurado de modo público y notorio por quien voluntariamente había asumido la responsabilidad de hacerlo. La III Monarquía Borbónica está, en efecto, consolidada, al menos por ahora, ya que la dinastía Borbón-Grecia ha abandonado -también de modo voluntario- su anterior compromiso para aceptar -como su glorioso antepasado, el rey Fernando VII- el de marchar junto a todos los españoles por la senda constitucional... Que se trate o no de una consolidación definitiva, o al menos duradera, lo dirá el tiempo. Nadie puede estar seguro de que quienes, movidos por sus impulsos nacionalistas, se saltan a la bartola la barrera constitucional, la vayan a respetar siempre en cuanto se refiere a la permanencia de una familia al frente de la Nación española o a la cabeza de una o varias naciones separadas de ésta pero unidas entre sí por una especie de Commonwealth o Pacto de Familia. El objetivo final seguiría siendo el de conseguir y consolidar las respectivas independencias, aunque de modo provisional se admitiera la existencia de otros tantos Virreynatos...

Todo ello no puede hacernos olvidar que los nacionalistas catalanes ya han conseguido subir un nuevo escalón en sus pretensiones políticas. Ellos fueron los primeros en reclamar y obtener autonomía republicana; los primeros también en pedir y lograr autonomía monárquica; también han sido los primeros en proclamar su identidad como nación, aprobando mediante una abrumadora mayoría de diputados el texto de una propia y privativa Ley de Leyes, es decir, de una Constitución distinta y superadora de la Constitución de España. De otra manera no se entiende por qué los resultados de la votación se acogieron con todos los asistentes a la sesión de una institución española -eso es el Parlamento de la Generalidad catalana- puestos en pie y cantando emocionados un himno que en su letra habla de violencia y venganza…

Seguiremos hablando de este tema.
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