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  Firmas Invitadas - Edición Nº 189
Semana del 10/14/2005
El profeta y su transición
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José Meléndez
P UEDEN estar tranquilos san Malaquías y los otros once profetas del Antiguo Testamento ya que José Luís Rodríguez Zapatero no les quitará el puesto en la historia como heraldos de los aconteceres futuros, porque el hombre como profeta es un desastre.

En Telemadrid, donde duele la injusticia de que les priven de un segundo canal de televisión en abierto, mientras el gobierno socialista se lo ha concedido a Jesús Polanco en un nuevo pago por favores mediáticos, nos han recordado con imágenes indiscutibles, los ejercicios proféticos de nuestro presidente del gobierno. El día antes de las elecciones norteamericanas en las que George Bush resultó elegido por una mayoría absoluta, Zapatero pronosticó en un mitin, con una alegre y exultante seguridad, la victoria del candidato demócrata John Kelly. Después, apenas conocerse los resultados de las elecciones en Alemania, se atrevió en unas declaraciones televisadas a proclamar el “fracaso” de la conservadora Angela Merkel y el “triunfo” de su, según dice, amigo Gerhald Schroder. Y entre medias de estos “aciertos proféticos” se declaró paladín y palanca de la proyectada Constitución Europea, que ahora, tras los reveses sufridos, duerme el sueño de los olvidados en un cajón de Bruselas.

Cada hijo de vecino tiene derecho –y la mayoría lo usan- a profetizar lo que quiera y algunos hasta aciertan, como es el caso de los pocos que se forran con las quinielas, pero un presidente de gobierno tiene la obligación ineludible de ser sensato y acorde con la responsabilidad que le exige su cargo, porque este tipo de patinazos se pagan. El o miembros de su gobierno han llamado, como recordaba el portavoz del PP, “asesino” al presidente Bush, “gilipollas” al primer ministro británico Tony Blair y “fracasada” a la actual canciller de Alemania Angela Merkel. ¿Es este el camino que tiene el gobierno que preside Zapatero de hacerse amigos entre las naciones poderosas? Quien paga las consecuencias de este rumbo en la política exterior, que va directo al batacazo, es España, a quien no le quedan más que las amistades peligrosas de Fidel Castro y Hugo Chavez y el abrazo de oso del hermano marroquí, que nos llena las costas españolas de pateras y las fronteras de Ceuta y Melilla de escaleras por donde trepa una desesperación previa y debidamente encauzada.

Quizás este fracaso como profeta pueda explicar el significado de los intrincados y tortuosos vericuetos por los que discurre la línea política de Zapatero, en el sentido de creerse un ser por encima del bien y del mal, con una infalibilidad que le lleva a un destino histórico. Tapado por la manta del talante, del diálogo –que sólo usa cuando le conviene y con quien le interesa- de la afabilidad y del tópico fácil para brindar soluciones a situaciones difíciles, hay un político de amplias miras y cortos alcances que se está mostrando, cada vez más deprisa, como lo que es. Ha convertido su mandato democrático en un sistema presidencialista donde él dicta las normas y los demás escuchan y obedecen, por lo que, según filtraciones, en los consejos de ministros, son solamente unos pocos, Bono, Caldera, Jordi Sevilla y alguno más –las ministras ni abren la boca- los que intercambian opiniones con él, con el agravante de que estos ministros, como Sevllla y Bono, expresan en público lo que no pueden decir en el consejo. Y no admite sus errores, aunque después las circunstancias le hagan rectificar clamorosamente, como está ocurriendo con el debate sobre el estatuto de Cataluña y su política con respecto a ETA y el País Vasco.

Muchos analistas buscan una explicación a esta conducta y de estas explicaciones me quedo con dos. Josep Piqué –que tampoco es una lumbrera en política- cree que Zapatero, que se encontró con un triunfo electoral que no esperaba, se ha creído elegido por la historia para superar el período democrático que supuso la Constitución de 1.978 –un período que estima, como los nacionalistas y la extrema derecha, que todavía existe, de baja calidad democrática- y cambiarlo por una nueva Transición que engarza –en palabras de Piqué- “con la auténtica legitimidad democrática que él identifica con los vencidos de la Guerra Civil”. Algo hay de esto porque, si no, no se explica su empeño en conceder a Cataluña y el País Vasco unas demandas claramente anticonstitucionales, que ha tenido que ir reduciendo ante la avalancha de críticas en contra y esa campaña desatada últimamente recordando la Guerra Civil, de la que ya no se acordaba nadie, que parece tener como objetivo convencer al personal de que la guerra la ganaron los republicanos. Y, presidiéndolo todo, el afán de poner todas las culpas en el Partido Popular, colgándole una trasnochada etiqueta de “derecha franquista”, porque sabe muy bien que ahí está su peor enemigo electoral.

La otra explicación viene de Jaime Mayor Oreja que, éste sí, tiene acreditado un impecable currículo político. Para el político vasco, todo lo que está ocurriendo en España tiene como raíz los dos pactos de ETA en Estella y Perpiñán, el primero suscrito con el PNV y el segundo con la ERC de Carod Rovira. En Estella, el Partido Nacionalista Vasco se rindió a ETA y aceptó su proyecto de ruptura de España, porque ése era, en definitiva, el último e inconfesado objetivo del PNV. Y en Perpiñán, Ezquerra Republicana se sumó a ese proyecto rupturista que, a fin de cuentas también era el suyo. Según Mayor Oreja, y está acertado, tras los acontecimientos de Ermua en 1.997 y la negativa a negociar del gobierno de Aznar, el Pacto de Estella fue derrotado en las urnas vascas en 1.998 y 1.999 y ETA decidió entonces que el territorio y el nacionalismo vascos eran insuficientes para su proyecto de ruptura de España y surgió el Pacto de Perpiñán, involucrando en ello a Cataluña. Ante esta situación, José Luís Rodríguez Zapatero, que antes de acceder al poder por sorpresa, había acreditado sus dotes de manipulador para hacerse con el control del PSOE por un puñado de votos sobre José Bono –esas maniobras internas de promesas e influencias se pusieron de relieve en el vergonzoso debate que obligó a la repetición de elecciones para la presidencia de la Comunidad de Madrid-, siguió con la misma tónica como jefe del gobierno, fomentando las demandas nacionalistas y brindando soluciones a su medida que tenían dos objetivos: atizar el fuego de la polémica nacionalista para aparecer él como bombero salvador y satisfacer una recóndita idea de la izquierda arcaica de antes de 1.936, que es la que alimentó desde niño en su ambiente familiar.

Esa segunda Transición no se antoja solamente quimérica en la realidad, sino que es tramposa y peligrosa, porque el mayor peligro que afronta España desde hace más de treinta años es el del terrorismo y ahora resulta que es ETA, cuando ya estaba arrinconada y casi derrotada por el Estado de derecho, la que sigue con mayor atención la tramitación del estatuto catalán y la que puede tener la última palabra para marcar su posición y respaldar o atacar la estrategia de Zapatero. Y ya se sabe que las palabras de ETA escupen plomo y metralla.

En cualquier político con sentido de la responsabilidad, las generalizadas críticas a la reforma del estatuto catalán y el rechazo popular que significan los abucheos que el presidente recibió en el desfile de la Fiesta Nacional, habrían hecho efecto y le habrían obligado a una rectificación drástica e inmediata. Pero Zapatero no rectifica. Después del abucheo manifestó a los periodistas que tiene nada menos que “ocho fórmulas” para encajar el término nación en el ordenamiento constitucional. No sé cuales serán esas fórmulas, pero el término nación no tiene más que un significado, que es el que convierte a un territorio en un estado soberano e independiente. Y en “estepaís”, de norte a sur y de este a oeste, la única nación soberana e independiente es España. No cabe otra, por mucho que se quiera desvirtuar la Historia y por muy sesgado que sea el uso que se quieran dar a unos preten
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Edición 145 - Gibraltar: el círculo vicioso
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Edición 133 - El cambio
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