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  Firmas Invitadas - Edición Nº 189
Semana del 10/14/2005
De Dan Brown y Sevilla


Miguel Martínez
C ORRÍA el mes de marzo cuando un servidor se hacía eco desde estas mismas páginas de la ofensiva que el Vaticano, de la mano del cardenal Tarsicio Bertone, lanzaba contra la novela “El Código da Vinci”, best seller de Dan Brown, que llevaba por aquellos entonces casi treinta millones de ejemplares vendidos. El Vaticano reaccionaba entonces frente a las afirmaciones vertidas en la novela prohibiendo a los católicos que comprasen el libro por entender que éste atentaba contra muchos de los principios de la fe cristiana.

Desde este espacio se quiso expresar que el best seller no era más que una novela y que las novelas, como tales, suelen alternar ficción y realidad a gusto de su autor, y que aquella campaña del Vaticano no hacía más que avivar de nuevo la polémica y aumentar la curiosidad de los que aún quedaran por leerla, regalando al libro una publicidad gratuita, y a su autor nuevos ingresos añadidos a los muchos ya obtenidos anteriormente.

Pues miren ustedes por dónde, el autor de “El Código Da Vinci” tiene publicada otra novela, “Fortaleza Digital”, que estará en las librerías españolas el próximo mes de marzo y que dudo que provoque reacción alguna en los sectores eclesiásticos del Pontificado, pero que tiene en este que les escribe un ferviente detractor y un seguro no comprador.

Resulta que el creador de éxitos Dan Brown ambienta su novela en la Sevilla de mediados de los noventa y, como dirían en la capital hispalense, viste de limpio a la ciudad, situándola –además- en un país tercermundista, definiéndola como un escenario de suciedad, corrupción y retraso tecnológico, en la que los hospitales huelen a orina, los teléfonos funcionan -textualmente- como una ruleta (si te toca consigues llamar), la policía es fácilmente sobornable y otras lindezas por el estilo que dejan a España en general y a Sevilla en particular a una altura inferior a la del betún de oferta.

Permítanme, queridos reincidentes, un par de botones de muestra. Ahí va el primero:

«La clínica de la Seguridad Social era como un siniestro set montado para una película de terror de Hollywood. El aire olía a orina... Una mujer sangrando... Una pareja joven llorando...Una niña rezando... (...) una anciana marchita, desnuda en un catre, peleándose con su calientacamas. Becker moriría. Un pulmón perforado era fatal, quizás no en lugares del mundo más avanzado médicamente, pero en España era fatal».

Le ha faltado al hombre citar a las ratas paseándose por el quirófano, atiborrándose con las vísceras extirpadas a los pacientes y amontonadas sobre el instrumental de sutura, mientras que los médicos -obviamente borrachos- sodomizan a sus enfermos previamente drogados, justo antes de prestar sus desfibriladores (el presupuesto no da para inútiles duplicidades) a la policía para que los apliquen a los genitales de los disidentes políticos -colgados de los pies en los fluorescentes (fundidos por supuesto) del techo del pasillo de Urgencias- con el noble fin de arrancarles una confesión que les lleve a la horca.

Otro botón:

«Las escaleras (de la Giralda) eran empinadas, aquí habían muerto turistas. Esto no era América, no había señalizaciones de seguridad, ni pasamanos, ni avisos sobre pólizas de seguros. Esto era España. Si uno era lo suficientemente estúpido para caerse, era tu propia culpa, independientemente de quién construyó las escaleras».

Desde luego resulta imperdonable que el año 1184 Abu Yacub Yusuf no ordenara instalar en la Giralda rótulos luminosos advirtiendo a los turistas de lo empinado de las rampas (escaleras no ha habido nunca, se construyeron rampas de acceso para que el Califa pudiese subir a caballo), y que no las recubriera de un suelo de caucho rugoso, antideslizante y con bandas fluorescentes, que no colocara pasamanos de fórmica atornillados a la pared y un ascensor exterior acristalado con vistas al Guadalquivir, y –muchísimo peor– que no previera el mandamás árabe la creación de un orfanato para los hijos de los miles de turistas que se despeñan por las “escaleras” de la Giralda cada Feria de Abril, o que ni tan siquiera tuviese el detalle de pactar con Al-Mapfre (compañía de seguros puntera de la época) una póliza que cubriese los riesgos de tan peligrosa visita

Ésas y otras primorosas afirmaciones sobre nuestra tecnología patria, o sobre la honestidad de nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad, son las que Dan Brown utiliza para describir a Sevilla y a España en esa novela.

Así, la impresión que pueden causar esas afirmaciones a cualquiera de nosotros, máxime si se es un enamorado de Sevilla como un servidor, es que este señor ha de escribir sus novelas documentándose en los famosos anuarios americanos de béisbol o en los sesudos reality shows de enorme audiencia en la televisión norteamericana y, en los casos de novelas más complicadas y que requieran de más profundas investigaciones, en esos estupendos libros de texto de los que gozan los niños de educación primaria de los Estados Unidos que les dan una visión tan exacta del mundo, que sitúa a España en algún lugar del hemisferio sur entre dos repúblicas bananeras; y que Dan Brown, por fuerza, ha de formar parte de esa generación de estadounidenses que descubrió que España estaba en Europa y que los españoles no necesariamente teníamos que ser todos bajitos, regordetes y muy morenos en el año 1992, cuando les ofrecieron por la tele la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y el locutor de la CNN les habló de Barcelona como esa ciudad, al sur de Francia, bañada por el Mar Mediterráneo.

Si así fuera cabría preguntarse cómo es posible que alguien tan inculto y tan poco riguroso a la hora de documentarse sea capaz de crear interesantes historias que enganchen al lector con facilidad, pero -no se lo pierdan- no es así. Dan Brown (según reza su biografía oficial) estudió Historia del Arte en Sevilla en 1995 y escribió “Fortaleza Digital” en 1996. O sea que, una de dos, o el autor americano se está vengando de una novia sevillana que le puso los cuernos con un hispalense y esta novela no es más que la venganza del cornudo, o el escritor se comportó como se comportan muchos de los guiris que nos visitan y se pasaba el día cocido de sangría y de Fino La Ina; que sólo así de borracho se confunden unas rampas con unas escaleras (especialmente si a consecuencia de la cogorza se sube a gatas), se hace uno el pipí encima a la más mínima (así el aire le olía a orina en todas partes), se confunde al portero de librea del Hotel Alfonso XIII (cuando extiende la mano en pos de su propina) con un policía corrupto, y no se atina a marcar correctamente las teclas de los teléfonos de las cabinas.

Y a todo esto el Ayuntamiento de Sevilla, lejos de prohibir a los sevillanos comprar el libro como hiciera el Vaticano, ha decidido invitar a Dan Brown a que visite Sevilla -esperemos que venga sereno- para que compruebe de primera mano “los encantos patrimoniales y turísticos de una ciudad moderna que engloba el área metropolitana más avanzada del Sur de Europa y donde los servicios públicos, hospitales incluidos, se encuentran posicionados a primer nivel europeo y mundial”.

Recordarán aquéllos de mis queridos reincidentes que visitaran los comentarios en el foro que ocasionó el artículo del pasado mes de marzo sobre el “Código Da Vinci” que antes les citaba, que mi compañero de página y amigo Joan Pla y un servidor bromeábamos sobre la posibilidad de que nuestras alusiones a la novela, podrían haber fomentado suficiente curiosidad entre algunos de los lectores de este periódico que les llevara a la compra del libro, efecto totalmente contrario del que pretendía el Vaticano con su campaña. Esta vez, por motivos obvios, nada más lejos de mi ánimo que alentar a mis queridísimos reincidentes a que ni uno solo de sus Euros vaya a parar a los bolsillos de quien miente y habla pestes de “mi” Sevilla.

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