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UANDO alguien cumple noventa años es honroso para quienes lo organizan y participan en él, rendirle un homenaje, aunque solo sea por la proeza de haber llegado a esa edad, sorteando los escollos que la vida se empeña en darnos, y para compensar la tristeza que da comprobar que si durante la juventud los días son cortos y los años son largos; en la vejez los años son cortos y los días son largos, me dijo mi tío, el del pueblo, que de años, artritis y otras menudencias de esas sabe un rato.
Pero si ese fiestómetro se hace por sorpresa a un personaje como Santiago Carrillo, nonagenario desde enero, el hecho adquiere una mayor relevancia, ya que según Zapatero, con esa especial delicadeza propia de un tierno cervatillo, el que fue miembro del Comité Central del PCE en 1937 y Secretario General del mismo partido en 1960 hasta 1982, colectivo del que en 1985 fue expulsado, constituye un “ejemplo” político y contribuyó a la conquista de la libertad que disfruta España; un “patriota” que “se sacrificó por la democracia”, según dijo Rodríguez Ibarra, lo que secundaron los centenares de personalidades presentes, quienes coincidieron en su admiración y cariño al, en estos tiempos, tan poco recordado personaje.
Lo que resulta extraño es que este hecho, que no pasa de ser anecdótico, esté retorciendo las tripas de tantas personas. No tiene ninguna importancia que se le dé de cenar a un anciano de nueve décadas, lo que pudiera ser significativo es la cantidad y calidad de los invitados a
esta poco sorprendente sorpresa.
VIAJE A LA PREHISTORIA
GREGORIO PECES BARBA, que estaba también en el festejo, fue muy ocurrente cuando aludió a la ausencia de peperos al acto y opinó que le parecía normal que se hubieran olvidado de que se celebraba este homenaje, cuando, según él, también lo habían hecho con el aniversario del 11 de marzo. Así que seguimos con las sanas y bien intencionadas ocurrencias. Estamos jugando a los “buenos” y los “malos” y puede que el divertimento acabe como el rosario de la aurora, sin ser agorero. Pero es que “estos chicos que han llegado al gobierno inesperadamente”, en palabras de Bustelo, no desaprovechan ocasión para plantear las dos Españas, y si no existe la oportunidad, la crean. Y sacan a un viejo olvidado del baúl, lo desempolvan y lo exhiben con afán provocador. ¿Para qué?.
De repente, este país amnésico, tiene que recuperar la memoria histórica, que consiste en rememorar todos los verdaderos o supuestos defectos o errores del pasado, remontándose a las fechas nostálgicas de la derrota de una parte de España, tal vez porque como la historia la escriben los vencedores, ahora, que se sienten ellos victoriosos, quieren reescribirla. ¡Que estupidez!.
No hay que darle a Carrillo más importancia que la que tiene, pero en el contexto del olvido aludido por Peces Barba, el hombre que ya dividió a las víctimas puestas bajo su cuidado, bueno está puntualizar, que ese ancianito caduco ha llegado a cumplir esos noventa años porque el conjunto de los españoles perdonan, aunque no olviden. ¿Cómo se pueden olvidar hechos tan espeluznantes como los que testimonia Rafael Luca de Tena, que Carlos Fernández incluye en su libro “Paracuellos de Jarama” (Ed. Argos Vergara, 1983), un extracto del cual se puede leer al final de este artículo.
Es incomprensible este afán renovado y permanente de mirar hacía atrás y de replantear hechos pasados que ya son inamovibles, pero que podrían repetirse si se vuelve a plantear la misma escenografía. Y ya hay muchos decorados que parecen de hace setenta años.
EL GENOCIDIO DE PARACUELLOS
EL dramático testimonio del mayor de los Luca de Tena, que citamos más arriba y reproducimos extractado líneas abajo, termina diciendo:
“Yo he conocido, finalizada la contienda, la represión efectuada en otras ciudades. Pero ninguna de ellas se acerca, ni con mucho, a lo que aconteció en Madrid. Fue una mezcla de terror policiaco, de sadismo en las torturas y checas, de genocidio en las grandes sacas de Paracuellos, de odio exacerbado de clases, de persecución sin respeto de edades y sexos, de furia contra la religión católica y los que en ella creíamos.
Como católicos debemos perdonar y así lo hemos hecho. Pero lo que no haremos nunca es olvidarlo. No podemos.”
Sin embargo, Santiago Carrillo, Delegado de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, desde noviembre de 1936 a enero de 1937, si parece haberlo olvidado.
Cuando hace muy poco le preguntaron directamente: ¿Cuál fue su verdadera responsabilidad en la matanza de Paracuellos?, respondió sesgadamente, con toda la tranquilidad de un viejo zorro: “Fue muy limitada. Paracuellos ha durado muchos años, yo solo fui mes y medio consejero de Orden Público. Mi única responsabilidad fue no tener fuerzas para proteger a los detenidos”.
En cuanto a las ejecuciones de sentencias de muerte para militares que no se adhirieron a la República, tampoco estaba allí “no, yo no tuve nada que ver con los tribunales ni con la represión durante la guerra, excepción hecha del periodo en que estuve en la Junta de Defensa de Madrid, y ahí no se ejecutó a ningún militar.”
“NO TENGO REMORDIMIENTOS”
--“TO’ER MUNDO E’BUENO”, dijo con sorna mi tío, el del pueblo, que de la guerra sabe tela. Carrillo, continuó, se vio involucrado en el genocidio de miles de personas durante noviembre y diciembre de 1936, especialmente en Paracuellos de Jarama, entonces a 14 kilómetros de Madrid. El juez Garzón, añadió mi tío, que se pasa investigando hechos sucedidos en otros continentes, y que ahora ha propuesto que se deben de investigar los hechos del franquismo, se negó a actuar ante una querella presentada contra Santiago Carrillo.
Por alguna parte (geocities.com) se dice que “los crímenes de Paracuellos de Jarama pese a la, al menos, inactividad de Carrillo eran tan fáciles de detener que con solo con la voluntad que puso el anarquista Melchor Rodríguez se detuvieron “ipso facto”. Por eso, con solo la acción de Carrillo en un principio se hubieran salvado miles de vidas. Si no dio la orden ni lo conoció demuestra una incapacidad política en el cargo que le debía inhabilitar de por vida (el acceso) a responsabilidades públicas”.
Al amable y sonriente anciano, homenajeado en un hotel madrileño, sin venir a cuento y sin saber por qué, le importa un bledo esa cuestión. Le confesó, es un decir, a Javier Cervera, un historiador no franquista: “Remordimientos de conciencia no tengo ninguno y pienso que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo que hice yo (...) en ese momento eran ellos o nosotros”
UNA ESPERA DE TREINTA AÑOS, POR SÍ ACASO
DIME con quien andas y adivinaré que quieres, de manera que ante esta amañada sentencia muchos supondrán, con cierta razón, que el regalo que Zapatero y sus chicos y chicas, a su abuelito admirado y querido, habrá sido la retirada de la última estatua ecuestre de Franco de su emplazamiento en la plaza de San Juan de la Cruz, a la puerta de los Nuevos Ministerios. ZP, el gran adivinador, dialogante y complaciente, escogió lo que le iba a hacer feliz al gran luchador.
Y todos habrán quedado contentos. Zapatero, Magdalena Alvarez, - que bueno tener niños para cargarles la culpa -, y el resto de los llegados a este gobierno por accidente, porque, al fin, pueden creer que descabalgaron a Franco, y Carrillo porque ya va a poder pasar por el lugar, sin sentir angustias ni escalofríos. Que nunca se sabe. Así que, después de treinta años muerto Franco, unos y otros se sentirán vencedores, con la ayuda de unas piquetas, una grúa y un camión.
Es penoso ver el esfuerzo por borrar la historia que siempre permanece, aunque a veces permanezca oculta, como el Guadiana, durante periodos en que dominan los acomplejados y los manipuladores, sin suficiente cerebro para pensar...
Al pie de las lomas de Paracuellos, en el lugar en que se produjo el genocidio de miles de personas, a lo menos con la permisividad de Carrillo, hay un cementerio donde descansan las ví
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