L
A semana pasada hablé de Julia Navarro y hoy lo haré de Rosa Montero, otra de las ilustres compañeritas que tuve en el diario “Pueblo”, hace ya mil años.
Rosa estuvo poco tiempo en "Pueblo", pero era muy fácil adivinar que su carrera periodística iba a ser resonante y triunfal. Le dediqué una página entera en el diario “Baleares”, en 1995, y, a juzgar por su respuesta manuscrita, seca y distante, mi escrito no fue de su agrado. Nunca he concebido el periodismo, sobre todo el periodismo de opinión, como un ejercicio de alabanzas al poder y a los poderosos del momento. Hace diez años, cuando escribí y publiqué tres mil palabras acerca de Rosa Montero, ella estaba en la pura cima del poder de Polanco. De ahí que mi escrito fuese cargado de ironía y, si se quiere, de mala leche. Lo que nunca tuve, gracias a Dios, es envidia. Bueno, a veces, sí. Confieso que me chirrían los goznes del alma, cuando comparo los beneficios de cualquiera de mis novelas publicadas, o sea, el diez por ciento legal por derechos de autor, con los beneficios que ha obtenido Julia Navarro, valga el ejemplo que más a mano tengo, por su novela “La hermandad de la Sábana Santa”, de la que, según noticias fidedignas, ya se han vendido 500.000 ejemplares. Esto supone que Julia Navarro ya es millonaria en euros, sólo por derechos de autor, a dos euros y medio por ejemplar, puesto que el libro se vende a 20’5 euros.
Volviendo a Rosa Montero, releo un fragmento de lo que le dije en 1995.
“De “Pueblo” te fuiste al diario falangista "Arriba", donde compartiste el fulgor y el entusiasmo de las mejores plumas del pasado régimen. Tu peripecia en los feudos fugaces de Sebastián Auger, en el grupo "Mundo", te dejó suficientemente pertrechada de elementos capitalistas, para que se produjese tu integración y tu gira triunfal por el diario que mejor ha sabido disfrazarse de progresista, sin dejar de ser el más capitalista de este siglo en España y el mejor cumplidor de lo "atado y bien atado". En "El País" se consumó tu consagración y la blanca fumata de los prebostes de la democracia nos indicó que eras tú, Rosita de mi plural amor, la nueva Papisa del establecimiento.
Pero, además y coñas aparte, tú eras y sigues siendo escritora y artista, periodista magistral, lo cual no se lo debes al cambio, ni al trasiego que has vivido en diferentes empresas, sino a la firme voluntad de ser quien eres. Has sufrido mucho, lo se por tus escrituras. El esplendor de tu estilo nimba el retrato integral de tu dolor. Siempre que te leo o te recuerdo, me embargan los poetas místicos: "...mas mira las compañas/ de la que va por ínsulas extrañas..."
Rosa y yo nos encontramos un día, después de seis o siete años, los que yo dediqué a la morisma, a los claveles de Portugal y a mis libros y pinturas, y me preguntó con toda ironía:"¿Qué hace un periodista como tú en un periódico como este? " . Se refería a "El Imparcial", que ya no era el diario liberal y culto de principios del siglo XX, sino el refrito de Emilio Romero y de Domingo López, un ex minero leonés que llegó a ser presidente del Banco de Valladolid y que, como es público y notorio, hizo grandes negocios en el ramo de la construcción y del transporte urbano con la bendición oficial de su amigo Carlos Arias Navarro. Me preguntaba Rosa que qué se me había perdido a mí en aquel periódico que, al irse Romero, empezó a perder su imparcialidad y llegó a ser, sin ningún género de ambigüedades, el diario más adicto a las tesis de Blas Piñar y de la extrema derecha. Fue entonces cuando, en noviembre del 78, se le ocurrió a un colega de “El País”, que había compartido conmigo las venturas y desventuras de la corresponsalía del 25 de abril en Portugal, decir que yo estaba implicado en la “operación Galaxia”, aquella historieta de Tejero e Ynestrillas, que en paz descanse, en una cafetería del barrio madrileño de Argüelles. Aquel colega, de cuyo nombre y apellidos prefiero no acordarme, para no ofender a su santa madre, nunca ha rectificado públicamente su mentira y, a partir de su informe en “El País”, no son pocos los que han creído que yo formaba parte de la trama civil del golpe del 23-F. Bien sabe Dios que eso es mentira y supongo que Rosa Montero, tarde o temprano, lo sabrá también. Es cierto que yo escribía la crónica parlamentaria – “Juan Pla y los leones” – al tiempo que se publicaban las espectaculares portadas del cordobés Julio Merino, número uno de su promoción en la Escuela Oficial de Periodismo, y del neoconverso musulmán Fernando Latorre, al que Dios tenga en su gloria. Era un periódico catastrofista, esperpéntico y divertido, enemigo voraz de Adolfo Suárez y de todos aquellos que, habiendo militado en el franquismo, se habían convertido repentinamente en los demócratas más democráticos de la Democracia, valga el retruécano. Desaparecieron de “El Imparcial” los artículos de Carrillo, de Tierno Galván, del maqui Lucas Reguilón y del cura Paco. Desaparecieron también mis crónicas parlamentarias del año en que se redactó la Constitución vigente. Pasamos por la dirección del periódico cinco personas en menos de tres años: Emilio Romero, q.e.p.d., Julio Merino, Jesús Pérez Varela, César González-Ruano de Navascués y un servidor. De nada sirvieron los esfuerzos y quebrantos que, durante el mandato de Adolfo Suárez y Josep Melià, compartí con Amador Rivera, el supersocialista extremeño, en el puente de mando de “El Imparcial”. Bien se encargó "El País", con mis viejos amigos – Juan Luis Cebrián, Eduardo Sanmartín y Bonifacio de la Cuadra - de hundir mis proyectos de regeneración democrática.
La evocación de Rosa Montero, más que la de sus interesantes novelas, me lleva a recordar ciertos detalles inéditos de la historia del periodismo. Uno de los enigmas que espero resolver en el más allá, si Dios me acoge en su seno, es el que me planteo ahora, con sobrada distancia y probada serenidad, al observar que "El País" y "El Alcázar" fueron idénticos en sus intenciones con respecto a mi persona. Cuando el difunto Rosón me puso dos policías de escolta, como si fuese yo un político importante, no llegué nunca a saber si trataba de defender mi pellejo de las agresiones de "El Alcázar" y de los "guerrilleros de Cristo Rey" o de las agresiones, orales y escritas, del director y de los redactores de "El País", donde Rosa Montero trabajaba y triunfaba como se merecía.
No contesté entonces a su irónica pregunta. Hubiese podido contestarle que qué demonios pintaba una periodista como ella en un periódico como el "Arriba", pero me acordé de sus afanes de perfección expresiva y entendí que era lógico que Rosa hubiese estado allí, puesto que no había otro periódico mejor escrito que aquel que encabezaba a toda la cadena azul del Movimiento.
Ahora, cuando ya nos dan la razón, tanto a ella como a mi, los hechos y la vida, contesto humildemente a su pregunta de antaño: "Pierdo el tiempo y la vida, si pienso que aquel o cualquier otro periódico es la causa o la motivación fundamental de mis escritos o de mis éxitos profesionales. No creo que sea un determinado periódico el que hace a un determinado periodista, sino justamente al revés.”
No es buen negocio, pensar de una manera y escribir en un periódico cuya línea editorial es justamente la contraria. No es buen negocio, pero no deja de ser un síntoma de valentía y de decencia.
Quería decir que la importancia o el predicamento de que gozamos no radica en el medio en que nos expresamos. Quería decir también que en la lectura de los libros, de Rosa Montero, cuya creación no depende de la empresa que la remunera habitualmente, sino del dolor y del gozo de su parto intransferible, he visto yo su verdadera esencia y su verdadera existencia.
He invitado a Rosa Montero a que venga a Mallorca y vea lo que pinto y lo que escribo. Lo del mar es puro pretexto, el tópico de rigor. Apenas me asomo al mar, yo que lo tengo por los cuatro puntos cardinales de mi cuerpo. Pero queda bien eso de "te