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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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 miércoles, 01 de octubre de 2014 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 191
Semana del 10/28/2005
Tiempo de reacción
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Ignacio San Miguel
L A vida pública española va descendiendo en calidad a ritmo acelerado. Un motivo principal de esta devaluación es el impulso a remover el pasado histórico por decisión del Gobierno. Porque no se trata de rememorar y comnmemorar las elevadas realizaciones que esmaltan la historia de España, sino de husmear rencorosamente en crímenes, y ocultar viciosamente otros crímenes aún peores. Es decir, tratar de agitar las más bajas pasiones, en procura de un ambiente guerracivilista. El espectáculo que vamos ofreciendo resulta ética y estéticamente horrible.

El último acto, que tiene mucho de farsa, ha sido la concesión del doctorado “honoris causa” a Santiago Carrillo por parte de la Universidad Autónoma de Madrid. Hace unos meses se le hizo un gran homenaje (al tiempo que le ofrecían como obsequio la retirada de la estatua de Franco en la plaza San Juan de la Cruz) con asistencia de diversas personalidades, entre ellas Gregorio Peces Barba, quien no dudó en declarar que allí estaban “los buenos”, que “los malos no habían ido”, refiriéndose a los miembros del Partido Popular. La concesión del doctorado ha sido como una ratificación de que la bondad y la sabiduría se hallan en la persona de Carrillo, y de que la maldad y el embrutecimiento en las de sus enemigos. Queda implícito en estas honoríficas manifestaciones y emotivas exaltaciones, que los cinco mil asesinados en Paracuellos del Jarama eran basura humana en el mejor de los casos.

La declaración ostentosa de Rodríguez de que él es “rojo” resulta coherente con estos actos. No sólo por la filosofía que entraña, sino también por la ranciedad del término. Rancio Carrillo, rancio el guerracivilismo, rancio el término “rojo”.

Con esta mentalidad, el desenterramiento de cadáveres de fosas comunes, resulta explicable, aunque constituya una abominación porque no se trata de prestarles honras fúnebres sino de sembrar el odio.

También son coherentes los ataques a la familia y la religión, en los que se está llegando más lejos que en tiempos de la República y del Frente Popular. A ningún energúmeno de aquella época se le hubiera ocurrido plantear la posibilidad de matrimonio para los sodomitas, algo que ahora tenemos ya legalizado. Claro que en otros aspectos, como la quema de iglesias y conventos, nos llevan ventaja. Estos tiempos no se prestan, a pesar de los pesares, a esta clase de expansiones del pueblo rojo, y todavía no ha habido ningún incendio de esa naturaleza. Todavía no.

Pero en el proceso de desmembración de la nación española se ha llegado ya muy lejos; tanto, que los más pesimistas piensan que es irreversible y que la confederación de naciones ibéricas será un hecho a no tardar demasiado. Esto resulta coherente también con la declarada condición de rojo de Rodríguez. Si ahora parece haberse echado para atrás, es por la polvareda que ha causado la presentación del nuevo Estatuto catalán. Si no hubiese sido por esto, él habría seguido adelante, ya que, a fin de cuentas, había sido él quien le dio mayor empuje y estímulo. Llegó a quitar todo valor al concepto de nación, cuando ya los catalanes habían decidido no introducirlo en el Estatuto. Naturalmente, cambiaron de opinión cuando recibieron el mensaje de conformidad de Rodríguez.

En política exterior nos hemos ido quedando aislados, teniendo ahora como únicos amigos al tirano fantoche del Caribe y al gorila venezolano. Hemos llegado a la humillación de gozar del paternalismo de naciones subdesarrolladas y tiránicas. Hay que oír a Chávez animar a España a ir por el buen camino, y a Kirchner (otro jaque) llamarle Juanito al Rey, dándole palmaditas en la espalda, y después abroncando a los empresarios españoles por ir a Argentina a robar (algo en lo que él es muy ducho, a lo que se dice). A eso ha llegado España: de ser respetada internacionalmente con Aznar, a ser despreciada con Rodríguez.

Ciertamente, estas son las consecuencias de obrar en función de un nihilismo ideológico, y de un rencor atávico de izquierdas. El impulso que anima entonces es a desbarajustarlo todo. Las consecuencias son nefastas y, sobre todo, contradictorias. ¿No habíamos quedado en que la humildad, la paz, el buen talante, la concordia entre los españoles, iban a ser las directrices de un Gobierno empujado por “un ansia infinita de paz”? ¿En qué han quedado todas esas buenas intenciones, suponiendo que fueran algo más que palabras huecas? Pues justamente en lo contrario. Nunca ha estado el país más dividido, más crispado, más aislado internacionalmente, ni más amenazado de desintegración. Tal ha sido el resultado de año y medio de gobierno progresista.

Los gobernantes como Rodríguez atraen grandes calamidades. Y es lógico que así sea, porque las fuerzas amenazantes del interior (separatismos) y del exterior (Marruecos) han de decirse: “Esta es nuestra hora. ¿Cuándo volveremos a tener un gobierno español como el actual, tan nihilista, tan débil? Debemos actuar sin dilación y luchar por nuestras aspiraciones al máximo”. Este razonamiento, ajustado a la realidad, ha conducido a que el Plan Ibarreche y el Estatuto catalán sean prácticamente declaraciones de independencia. La avalancha de masas de subsaharianos sobre Ceuta y Melilla, puede deberse al mismo razonamiento por parte de Marruecos. Puesto que el enemigo es débil, es el momento de de golpearle duro, y sacar lo más posible del conflicto.

El pueblo español comienza a reaccionar, y ese es el camino correcto: el camino de la reacción popular. Ha habido ya tres manifestaciones muy importantes, la más grande la del 18 de Junio convocado por el Foro de la Familia. Ahora se prepara otra contra la nueva Ley de Educación, LOE. Si el pueblo español despierta de veras, puede haber esperanzas de provocar la retorsión de la realidad presente. De no ser así, seguiremos desenterrando cadáveres, dirigiendo loas a la “Pasionaria” y congéneres, maldiciendo a Franco, retirando sus estatuas… y manteniéndonos como el país más atrasado de Europa en educación, en cohesión nacional, en política internacional y en moralidad social.
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