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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 191
Semana del 10/28/2005
La oportunidad
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Óscar Molina
S E puede hacer de la calamidad oportunidad. Es más, se debe. En estos días he estado leyendo tanto como se ha escrito sobre la terrible jornada de Trafalgar, y he llegado a la conclusión de que aquella catástrofe española acabó haciendo por España mucho más de lo que en un principio se sospechaba. Tras Trafalgar, hizo su aparición un patriotismo cívico e ilusionado fruto paradójico del hartazgo: el de una sociedad hastiada y aburrida de que sus destinos fuesen regidos por una casta de ineptos, unos incapaces que habían llevado a la muerte a más de mil españoles, y asestado con su inoperancia una profunda herida en el cuerpo del orgullo nacional.

Ese mismo decoro de españoles dio su talla tan sólo unos años después de manera ejemplar, y en varios sentidos: con su resistencia heroica al traicionero aliado, a la postre invasor, francés; y en la redacción de la primera Constitución de la Historia de España, la de las Cortes de Cádiz de 1812. Aquellos españoles ilusionados y generosos nos han transmitido mucho: el orgullo de serlo, su trabajo ejemplar por modernizar su país y el legado de su vida combatiendo al imperialismo francés. Y todos ellos vivieron Trafalgar, la calamidad, la sombría proyección de uno de nuestros episodios nacionales más tristes y humillantes.

Casi un siglo después, tras el desastre de Cuba en 1898 los diezmados barcos españoles hundieron con ellos a la nación en una sima de pesimismo y tristeza que parecía insalvable. Pero aquello tampoco fue suficiente obstáculo para que en la sociedad española brotase con una conciencia nacional ilusionada ante sus posibilidades, otra vez un patriotismo responsable y entusiasta que inspiraría a una de las mayores colecciones de genios de la Literatura Universal: la Generación del 98. Ellos, sus obras y sus ideas son hoy todavía referencia para muchos, para todo aquel que desea adentrarse en la forja de su país y entenderlo desde el costumbrismo de Baroja, comprender el esperpento con Valle Inclán, o sentir como propio el corazón helado del españolito de Machado. Aquello fue la plasmación literaria de una tristeza, pero una tristeza que siempre miró hacia delante.

Hoy, vivimos una encrucijada en la que quien nos cañonea no lo hace desde fuera, lo hace desde dentro. Además, las andanadas a España ya no impactan en sus barcos, sino en la propia conciencia nacional y en su mismísimo modelo de convivencia. Y empiezo a tener la sensación de que esa conciencia bombardeada comienza a despertarse. Tengo el esperanzado pálpito de que esta sociedad aparentemente dormida comienza a reclamar lo que es suyo: Su País. La idea de España empieza a dejar de percibirse como un anacronismo de la derecha cerril y tramontana, para convertirse en un concepto amable, en la definición de una comunidad solidaria avalada por quinientos años de Historia a la que no sólo se tiene un apego meramente instintivo, de cobijo, sino un afecto sentimental. Creo que España se ve como algo más que un pacto de convivencia que nos otorga la posibilidad de ser libres y prósperos. La Constitución es la regla suprema del juego entre los españoles, pero estos españoles empiezan a comprender que bajo ese sustrato legal hay algo más, y redescubren a la Nación que lo alimenta y es su causa: España. Desde hace sorprendentemente poco tiempo se enarbola el orgullo de ser español sin complejos por parte de cada vez más cantidad de gente. Los libros que hablan de la Historia de España están en un momento dulce de ventas, y la propia palabra “España” ha salido de la libertad condicional en que la situaba lo políticamente correcto.

Es muy posible que nos hallemos ante otra revitalización de la idea nacional impulsada seguramente por la agresión de quienes encarnan el sinsentido de colaborar en el Gobierno de España con la intención de acabar con ella. El timo que se ofrece a los españoles es de dimensiones exageradamente grandes: se pretende colar una reforma de la Constitución, derogación en la práctica, como la simple remodelación del Estatuto de una Comunidad Autónoma. Se quiere hacer pasar por inofensivo que existan naciones dentro de la Nación.

Los que han dado sobradas muestras de despreciar el concepto de España, la solidaridad entre sus pueblos; los que han manipulado la Historia hasta la nausea, los que insultan sin recato y consideran la enseña española como “la bandera del enemigo”; los que tantas vidas y familias han destrozado con ese objetivo, los que les han justificado, los que les comprenden, los que trazan asquerosas equidistancias entre las víctimas y los terroristas, los que han negociado o pretenden hacerlo con ellos, todos los que alguna vez han soñado con desmembrar España, han conseguido por vez primera que sus intenciones se plasmen en blanco y negro. Han hallado por fin las condiciones de debilidad y carencia de los menores principios en el Gobierno de España. Creyendo que el fondo ya no aguantaba, han decidido arremeter contra la forma. Convencidos de que lo que subyace en la idea de España está ya muerto, han enfilado su último tramo con la intención de violentar la forma que la define por escrito: la Constitución. El paso final, la culminación.

Pero no han contado con todo. Ni ellos ni quien gracias a ellos está donde está, y parece estar dispuesto a gobernar lo que sea, se llame como se llame, incluya lo que incluya, le falte lo que le falte y cueste lo que cueste. Zapatero no ha debido leer mucha Historia de España, y sus colaboradores de derribo la han manipulado tanto que es difícil que puedan sacar ninguna conclusión de ella. Tan embebidos unos de su próximo triunfo y tan ahíto el otro del excesivo concepto que de sí mismo tiene, han ignorado algo fundamental: España es una realidad transversal. Se puede aplicar a la derecha y a la izquierda, comprende a ambas. Se puede predicar de andaluces, murcianos, madrileños… pero también de infinidad de vascos y catalanes que la sienten como suya. Están convencidos de que su práctica de dividir entre buenos y malos, entre progresistas y reaccionarios, lo puede abarcar todo. Y no es así. La transversaldidad de España, su ubicuidad, les va a acabar jugando una mala pasada. Porque no es nada descartable que este pueblo vuelva a reaccionar, otra vez, con el patriotismo sereno y liberal que siguió a Trafalgar, o con el genio creador y fecundo posterior al Desastre de Cuba. Es muy posible que los españoles necesitemos algo más que verle las orejas al lobo, igual requerimos una dentellada, pero estoy seguro de que el colofón a la infamia continuada, el fin del maltrato a nuestra Patria, no va ser ni el triunfo de los infames ni la victoria de los maltratadotes.

Es la hora de las responsabilidades. La hora de que esa responsabilidad sea asumida de verdad por quienes han demostrado ser los únicos que no han renunciado a España, los únicos que han apostado por la baza de España y los que por ello tienen el deber, y el placer, de jugarla. Me refiero, por supuesto, a los dirigentes del Partido Popular. Pero también es la hora de otros: otros que representan la transversalidad de la idea de España, y hoy se encuentran en el lugar donde se da ventaja a exclusivistas. Esos, que hoy forman parte del Gobierno, o del Partido del Gobierno y están en condiciones de exigir a Zapatero que pare esta locura. Algunos ya han expresado su rechazo, otros con más capacidades seguirán en deuda con su coherencia hasta que no pasen de las palabras a los hechos.

Y por último, la hora de la responsabilidad de los españoles, la hora de Vd., la mía, la de todos los que deseamos que exista España, vivir en España, conocer España y defender a España. Sin los excesos que hacen felices a sus enemigos, y les proporcionan balas a sus pobres cañones argumentales, sin los aspavientos que les hacen de viento favorable. Con serenidad, pero con firmeza. Con ilusión y tolerancia, pero sin complejos. Sin dejarse llevar por cuitas que sólo alimentan a esa división que tanto anhelan los patron
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