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  Firmas Invitadas - Edición Nº 192
Semana del 11/4/2005
Un debate tramposo
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José Meléndez
E L debate que el pasado miércoles tuvo lugar en el Congreso de los Diputados para la admisión a trámite parlamentario del nuevo estatuto catalán, que los promotores de la idea se han jactado de considerar histórico –ya veremos en qué vertiente de la Historia lo sitúan los acontecimientos- ha ofrecido dos mentiras evidentes: que la reforma estatutaria ha venido de Cataluña con el respaldo de la soberanía catalana, como resaltaron repetidamente los portavoces nacionalistas y los tres convidados a los que se dio la bienvenida en catalán ceremoniosamente y que el Partido Popular se ha quedado solo y aislado ante la “abrumadora” mayoría que respalda el documento, aunque sea con salvedades que todavía están por conocer.

Decir que la soberanía del pueblo catalán radica en el parlamento autonómico en este momento, es un dislate constitucional porque la soberanía del pueblo español radica en el Parlamento de la Nación y ningún pueblo del mundo puede tener dos soberanías, porque para disfrutar de una ha de renunciar a la otra y ese caso todavía no se ha dado en Cataluña, aunque los nacionalistas lo buscan incluyendo en el título 1ª de su pretendido estatuto la identidad como nación para su comunidad autónoma. Y alardear de una “aplastante mayoría parlamentaria del 90 por ciento” en la aprobación de ese estatuto es ignorar deliberadamente que de los cinco partidos que configuran el Parlament es el Partido Popular el único que no ha entrado en esa pugna insensata de ver cual de ellos es el más nacionalista, que es la que marca desde hace tiempo las directrices políticas de Cataluña.

Si comparamos esa “aplastante mayoría” con la realidad de las encuestas que son el pulso de la opinión pública y del sentir de los ciudadanos, veremos que es falsa, porque los catalanes que apoyan la reforma estatutaria no llegan al 50 por ciento, menos en una encuesta “oficial” de la Generalitat, que lo sitúa en el 53 por ciento, siendo, además, mucho más amplia la mayoría de catalanes que no consideran este un asunto prioritario.

Y estas mismas razones pueden aplicarse a la manida insistencia de señalar el aislamiento del Partido Popular, repetida el miércoles hasta la saciedad. Mariano Rajoy se enfrentó en solitario a 15 portavoces, incluidos los convidados, o sea, a todo el arco parlamentario y obtuvo en la votación 146 votos, de su partido, frente a los 197 del resto. Estas cifras suponen que la toma en consideración de la reforma estatutaria ha salido adelante con el 56 por ciento de los votos de la cámara y para ello han tenido que contar los nacionalistas con el PSOE, que es el partido que gobierna a la Nación, seriamente amenazada ahora a pesar de cuanto quieran dulcificar el problema los partidos nacionalistas y el propio presidente del gobierno central. Llegará el momento en que José Luis Rodríguez Zapatero tenga que explicar el precio que ha tenido que pagar para lograr esa “mayoría” aplastante de la Cámara que, en su caso, no es para dotar a los catalanes de los privilegios que pretenden, sino para mantenerse en poder a cambio de ese apoyo.

Uno de los grandes aciertos de Mariano Rajoy, que estuvo brillante y certero en sus intervenciones fue asegurar que comprende los afanes petitorios de los nacionalistas y su apoyo a la reforma tal como está planteada, pero no puede comprender el apoyo del PSOE. Ni él ni multitud de españoles podemos comprenderlo porque los postulados ideológicos de ese partido han ido siempre por otros derroteros, a pesar de las burdas incursiones en la historia que se escucharon el miércoles, incluidas las de Zapatero, que, además, se adornó con disquisiciones sobre el patriotismo, tan arbitrarias como su idea del modelo territorial, si es que la tiene.

Pero hubo mas datos a lo largo de diez farragosas horas de debate para que el ciudadano de a pié saque las conclusiones que pongan a cada cual en su sitio. Es tradicional que los nacionalismos tengan el victimismo como recurso constante de sus reivindicaciones, que son su alimento y sin el que no pueden vivir sin peligro de quedarse sin argumentos. De victimismo tuvimos el miércoles un atracón y si nos dejamos llevar por el panorama que describieron los nacionalistas tendríamos la idea de que Cataluña es una región aherrojada en sus pretensiones, maltratada históricamente y empobrecida por una financiación cicatera que no cubre sus necesidades, por lo que se hace necesaria una nueva financiación aunque esta rompa conceptos como el de la unidad de mercado y el de la solidaridad entre autonomías, aduciendo para ello el déficit de sus cuentas, pues gastan más que reciben. Eso lo dicen los que gestionan la segunda autonomía más rica de España en términos de crecimiento y renta per cápita, detrás de Madrid. Si las cuentas no les cuadran y el déficit de su sanidad pública es desmesurado, deben atender a su mejor administración antes de pedir más y aquí viene a la memoria la forma que tuvo el presidente Pascual Maragall de soslayar el problema que le había planteado el hundimiento ocurrido, en el barrio del Carmelo acusando al anterior gobierno de Convergencia i Unió de cobrar el 3 por ciento de comisiones en las obras públicas.

Eso, unido a la propuesta de un sistema judicial supremo e independiente para Cataluña, que desvirtúa la Ley del Poder Judicial y el Estatuto del Ministerio Fiscal, a una serie de demandas que dejan en mínimos las competencias del Estado y, sobre todo, a la identificación de Cataluña como Nación, hacen la reforma totalmente inaceptable para el conjunto de los españoles y ante estos excesos no hubo una respuesta clara del presidente del gobierno, más embozado que nunca en su ambigüedad dialéctica, en tópicos y generalidades. Habló mucho de libertad, de igualdad y de solidaridad, pero, como le reprochó Rajoy, no marcó con claridad ni una sola de las líneas rojas que antes del debate habían anunciado sus segundos como infranqueables. También habló de crispación. Todos los portavoces hablaron de crispación, echando al PP la culpa de un supuesto enfrentamiento entre Cataluña y España. Pero la culpa de esta crispación, si la hay, no está en el PP, sino en quienes han sido la causa del problema, como siempre ocurre en una disputa. La acusación al PP de “bombero y pirómano”, que tanto gusta a José Blanco y Pérez Rubalcaba –que, por cierto, volvió a sacar a relucir en el debate el 13M y la guerra de Irak- debe aclarar, en este caso, quien es el pirómano y quien el bombero. Nunca ha habido animosidad entre Cataluña y el resto de España fuera de la mente de los más exaltados, que los hay en todas partes. La crispación, si existe, surge de la semilla sembrada por el nacionalismo y que sigue cultivando con denuedo para después invertir los papeles en un burdo malabarismo y situarse en plan de víctima ante la respuesta a sus desaforadas demandas.

Los portavoces nacionalistas si estuvieron claros y, aunque cuidadosos con las formas, expusieron sus pretensiones. Carod Rovira defendió el concepto de nación para Cataluña preguntando “¿Para qué nos quiere España a los catalanes, si siempre hemos de estar bajo sospecha? Artur Mas amenazó: “Si respetando las leyes no aceptan el estatuto, ¿cómo quieren que actuemos?”. Y Joan Puigcercós, portavoz de Esquerra Republicana, fue el más explícito de todos, al preguntarse si no se aprueba ahora el estatuto en los términos que está redactado, ¿qué ocurrirá cuando el gobierno de Madrid tenga una mayoría absoluta?. Aquí está la clave del debate, de las pretensiones nacionalistas y del caos territorial en que nos encontramos sumidos, porque los nacionalistas catalanes, los vascos y, por lo escuchado el miércoles, los gallegos muy pronto, han aprovechado la coyuntura de un gobierno débil e inestable para apuntalarlo con su apoyo a cambio de su inestimable ayuda. Pero saben muy bien que si no resguardan esa ayuda ahora, si no “blindan” lo que pretenden, será muy difícil que en el futuro cuenten con una coyuntura semejante.

Hay una forma más
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