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OMO era de prever, se deslizan en las ditirámbicas alabanzas que se dedican al difunto Papa Juan Pablo II, insidiosos conceptos que desnaturalizan la verdad de los hechos en aras de determinada dirección ideológica. Así, se tiende a explicar el tremendo efecto mundial que ha tenido la muerte del Pontífice, como consecuencia de su denodada lucha por la paz y la justicia social exclusivamente, añadiendo con sutil perversidad que algunas deficiencias del pontificado, como la adaptación de la doctrina moral sexual del catolicismo a los tiempos presentes en asuntos como la contracepción, el aborto, el preservativo, el homosexualismo, etc., deberán ser corregidas en el próximo pontificado.
Esto constituye una rotunda falsedad. La enseñanza papal debe ser considerada en su globalidad, y el éxito que haya podido tener ha sido el de su conjunto y no sólo el de una parte de él. Si el Papa hubiese suprimido de su doctrina todo aquello que tanto molesta a la progresía ¿habría conseguido tan grande influjo en el mundo? Todo hace suponer que su fracaso hubiera sido el mismo que la Iglesia ha tenido al seguir la línea liberal y progresista que predominó en el postconcilio: caída en picado de la práctica religiosa, reducción al mínimo de las vocaciones sacerdotales, etc. No lo quieren reconocer así e insisten en que el próximo Papa deberá rectificar lo que consideran deficiencias.
La cruda realidad es que la línea relajada (o progresista, si se quiere) del postconcilio provocó un rotundo descalabro; y, por el contrario, un Papa conservador concita la admiración y el respeto del mundo entero.
Y esto nos conduce a una segunda reflexión. Una y otra vez el Papa se ha referido a estos temas polémicos en su predicación. Ha condenado reiteradamente las desviaciones sexuales y ha definido el aborto “como crimen abominable”. Contrastando con esta actitud, la mayoría del clero no menciona en su predicación ni una sola vez tales materias. La secularización con su contenido progresista se extendió en el postconcilio de forma imparable en su tiempo, y se mantiene hoy en día, enmudeciendo las bocas y provocando este extraño contraste.
A la luz de esta situación, la batalla dada por Juan Pablo II, tan ostensible y sin tapujos, en defensa de la doctrina católica, resulta aún más entendible. Pues, siendo como es, un ejemplo para todo el mundo, es probable que el Papa pensara que su labor supusiera también un estímulo considerable en el interior de la propia Iglesia. Sabiendo que las mentalidades no cambian por decreto, que la coerción tiene un campo acotado que no es conveniente traspasar, la fuerza del ejemplo, llegando a las últimas consecuencias de dedicación y sacrificio, era el camino idóneo para provocar un cambio de actitud.