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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 195
Semana del 11/25/2005
Un cuento gótico
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Carmen Planchuelo
Spike cruza mi noche dejando una estela de luz

UN suave viento nocturno agitó ligeramente su cuerpo, que se estremeció con placer; abrió los ojos a la penumbra e instintivamente desplegó las alas negras y membranosas. Un bostezo dejó al descubierto los pequeños y afilados dientes, los colmillos laterales algo más pronunciados; los ojos, negros, redondos y penetrantes se abrían a la oscuridad y los radares de sus orejas empezaron a captar las primeras ondas de la voz de la noche. De nuevo se sintió vivo, descolgó las afiladas garras de la viga de la que pendía y en apenas unos segundos abandonó el desván que le servía de refugio y le protegía de las miradas temidas y temerosas que le hacían sentirse extraño y diferente de los demás, alguien de quien se huía. Como en todos sus despertares, sintió el corazón empezando a latir.

Ante él se extendía la noche fresca y húmeda en la que cantaban los grillos y croaban las ranas y los sapos de la charca, rodeada de cañas que se balanceaban al compás del relente nocturno produciendo entre todos algo así como la respiración de la noche. De vez en cuando un quejido, un aullido, un ulular creaban el contrapunto al rumor del agua. Miles de luces brillaban entre los arbustos y desparramaban sus chispas de luz, las luciérnagas creaban un cielo en aquel lugar perdido del bosque. Su verdoso fulgor se movía imperceptible para el ojo humano pero no para el solitario ser nocturno que embelesado volaba libre y pleno sintiéndose parte de la seductora noche bañada de luna y salpicada de estrellas.

A medida que él volaba, su cuerpo entumecido por el sueño diurno ganaba en fuerza y vigor. Durante horas fue de acá para allá seguido por la mirada amarilla de búhos y lechuzas, los únicos que parecían no temerle. Al atravesar el aire el letargo del día y la pesadez del corazón quedaron atrás. La fría noche le regalaba la ilusión de seguir entre los vivos.

En la linde del bosque un grupo de casas se recortaban en la oscuridad, a esas horas sólo se movían los visillos de las ventanas impulsados por el aire. No era un sitio desconocido para él, desde la distancia y la altura había observado muchas veces aquel extraño lugar, tan diferente al bosque y a su guarida. Nunca se había atrevido a posarse en los árboles de los jardines, en las veletas que coronaban los tejados o en las puntiagudas chimeneas. Algunas unas veces las intensas luces que salían de las ventanas, tan fuertes cegaban sus ojos, acostumbrados al fulgor titilante de las estrellas, a la luz de las luciérnagas o de la pálida luna. Otras, el ruido hería las delicadas membranas de sus orejas que captaban el más lejano quejido del bosque, el leve volar de las libélulas; su oscura apariencia ocultaba un ser sutil y delicado.

Pero esa noche sintió el impulso de acercarse, de contemplar qué había detrás de aquellas extrañas telas de araña que pendían de las ventanas, quizás esa noche sintió el deseo de lo desconocido naciendo en su corazón. Volando suave y bajo, casi rozando las ramas de los árboles, posó sus garras en el alféizar de la ventana más próxima e introdujo la cabeza por la rendija de las flotantes telas. Sus ojos acostumbrados a la umbría se deslizaron por aquel lugar tan distinto al viejo desván que le servía de morada y no tardaron en descubrir un cuerpo que dormía plácidamente. Él no se sorprendió ante la visión de un humano pues eran muchos los que frecuentaban el bosque y su rincón alguna que otra vez era tomada como cobijo de furtivos amantes, vagabundos sin rumbo o pastores sorprendidos por la tormenta.

La sombra apenas si era visible, tan sólo su melena del color de los troncos mojados y rizada como las ondas de la charca, destacaba en la oscuridad del lugar, un brazo descansaba sobre la almohada y su figura sólo se adivinaba bajo la tela que le cubría; curioso, se acercó algo mas estirando su cuerpo... ella respiraba pausadamente y suavemente su pecho subía y bajaba. Allí permaneció como extasiado por la visión y no emprendió el vuelo hasta que el clarear del día le indicó que ya era tiempo de iniciar el viaje al reposo diurno.

Pronto sus vuelos nocturnos tuvieron un único destino: rondar la ventana tras la que su ilusión descansaba ajena a aquella contemplación. Mirarla era como un imán, sus pequeños ojos iban descubriendo cada noche algo nuevo y desconocido en esa figura dormida. Poco a poco fue perdiendo el miedo y se aventuró a entrar en aquel espacio tentador, se fue acostumbrando al tic tac del reloj que brillaba, como las luciérnagas muy cerca de la cama; al movimiento suave del cuerpo que se agitaba con una pausada respiración que a veces cambiaba de intensidad; a los casi inaudibles suspiros procedentes del cuerpo dormido (¿soñaba? ¿Qué soñaba?); al espejo que le devolvía la imagen de su amada... y fue ahí, en el espejo donde contempló cómo la mujer dormida giraba su cuerpo y del fondo del cristal surgía su rostro, de la misma forma que surgía el de la blanca luna de la charca del bosque.

Durante muchas noches voló hacia aquel lugar siempre con el corazón radiante y la esperanza de ver de nuevo aquel rostro tan bello y sereno. Su sueño del día se poblaba de imágenes del volar nocturno y de la estampa de la mujer, que ya no estaba siempre quieta, ya no se ocultaba tras la melena.

Un ansia desconocida navegaba por la sangre fría de sus venas que iba tomando calor a medida que la hora del despertar se acercaba. Dormía pero a la vez sentía en su corazón el arrullo de la respiración de su adorada, la seducción de su presencia, el éxtasis que le producía verla cada noche iluminada apenas por la claridad lunar. Durante el letargo soñaba con acercarse a su piel, asombrarse ante su color como el de la miel del panal cercano, aspirar su aroma, tocar con sus afilados dedos la masa de pelo que como el agua se extendía por la almohada, cubrirla con sus alas y aspirar la vida que de ella emanaba, cobijarse en su regazo y quedarse allí, muy quieto hasta que el canto del odioso gallo rompiera el hechizo

Dormía, sentía, soñaba y al despertar atravesaba la noche en busca de la imagen de su deseo y en cada estrella imaginaba el rostro deseado. Poco a poco iba descubriendo que su vida anterior no era vida, que ni el placentero dormir diurno, ni el esponjoso despertar nocturno, ni el saborear las tiernas carnes de los que
caían en sus garras, ni el dulzor que escondían las flores, eran suficiente como para considerarse vivo y pleno. Una vez descubierta la visión su vida cambió y nada que no fueran las horas nocturnas contemplando a la mujer le satisfacía.

Raudo cruzaba el aire sin pararse a contemplar el agua, sin apenas escuchar los mil ruidos de la noche, buscaba el camino más corto que le llevara hasta su destino. Hacía tiempo que no se paraba en el viejo y abandonado cementerio cubierto de maleza, en el que tantas y tantas noches había pasado posándose sobre las estatuas de jóvenes que parecían levitar sobre las tumbas quebradas y verdes por el tiempo, el abandono y la humedad. Le gustaba comparar sus puntiagudas alas con aquellas de los ángeles tan bellas pero tan inútiles; a veces miraba con curiosidad los rostros pequeños, incrustados en las lápidas, que le miraban de forma fija como si vieran a través de él. Siempre gozó del extraño aroma de las flores que sin orden crecían por doquier, siempre se sobrecogió con las luces fosforescentes que nacían de la tierra, siempre se sintió poderoso cuando su mirada resbalaba desde lo más alto de la torre de la iglesia y ante el se abría un inmenso cielo que le invitaba a volar todo lo lejos que sus alas le quisieran llevar o su pequeño corazón se atreviera. Desde aquel punto en que las estrellas estaban más cerca, se sentía realmente el señor de aquel espacio de silencio y cuando se lanzaba en picado hacia el bosque presentía cómo los animales se escondían ante la sombra de su vuelo.

Pero un tiempo nuevo había llegado para él, y con él un nuevo calor y un nue
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