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  Firmas Invitadas - Edición Nº 199
Semana del 12/24/2005
Lectura de sinónimos


José A. Baonza
E N el diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia en su vigésima primera edición de 1992, figura el adjetivo “bobo (a)”, procedente del latín “balbus” (= balbuciente), con dos acepciones a cual más expresivas: la primera, para designar al sujeto “de muy corto entendimiento y capacidad”; la segunda, como persona “extremada y neciamente candorosa”. En ambos supuestos, desde luego, el calificativo viene preñado de connotaciones peyorativas para el aludido, sin que sea necesario añadirle el remoquete de solemne, por cuanto que el tono descalificador del producto no altera el ánimo ofensivo de quien le emplea, salvo en la circunstancia de tiempo y lugar elegida para proyectar al exterior su carga como dicterio aplicable en una estricta valoración del enunciado. Piénsese, por ejemplo, que cuando se habla de un “sujeto de corto entendimiento y capacidad” no se quiere designar necesariamente al peor dotado de la clase, sino solo al que no supera el nivel mínimo de adquisiciones formativas, aunque su instinto de autocomplacencia le permita adjudicarse un sobresaliente alto a la hora de valorar sus indiscutidos méritos políticos. Y, por idéntico motivo constructivista, cuando se habla de una “persona extremadamente candorosa en su necedad” no se quiere superar el límite trasgresor del calificativo; solo ejercer con paternal benevolencia la facilidad de algunas buenas intenciones para empedrar el suelo de los infiernos.

La cosa se complica, sin embargo, cuando se acude a un diccionario de sinónimos (por ejemplo, el de la editorial Espasa, de 1994) para encontrar el término “bobo”, con –nada menos-- que treinta y cinco entradas asignadas al necio, tonto, memo, idiota, alelado, aturdido, fatuo, ignorante, imbecil, lelo, palurdo, zoquete, entupido, babanca, badulaque, bodoque, borrico, ingenuo, inocente, mameluco, metepatas, papanatas, pasmado, simple, simplón, bobalicón, vacuo, burro, majadero, mentecato, ñoño, obtuso, pazguato, tarugo y zopenco. Una enormidad, desde luego, aunque no todos los registros sean susceptibles de una interpretación necesariamente ofensiva para el receptor del epíteto: el ingenuo o el inocente, por ejemplo, no necesitan encaminar sus acciones por la vía de la maldad para encontrar algo así como el final dialogado de la violencia en el contencioso vasco, ni tampoco se les exige un despliegue de talento especial para tener que pagar un precio político por ello. El ignorante, por supuesto, se puede considerar artífice escogido para el encaje definitivo de la nación catalana en la superestructura del Estado, sin necesidad de profundizar en el repliegue identidario de los vínculos telúricos que imprimen carácter universal a los sentimientos nacionalistas. El pasmado puede ser tan solo quien, en vuelo protegido por la obligatoria impedimenta militar, contempla la tierra de Afganistán por primera vez en su vida y descubre con admiración la extrema pobreza de sus gentes. Y, así, se podría seguir hasta finalizar el largo muestrario de simplezas (también como sinónimo) que jalonan el recorrido testifical del concepto.

Nadie puede pretender, por tanto, que la claridad de los contornos mentales pueda enseñorear los proyectos políticos en curso; porque, así como la cortesía del filosofo reside en aquella (y don Julián Marías, alejado tan a destiempo de esta circunstancia, lo hubiera precisado con la pulcritud habitual de su magisterio), parece que la confusión es el domicilio permanente donde deban residir los protagonistas de la gestión pública; sobre todo si alcanzan el umbral “solemne” de su propia mismidad operativa. A un ingenuo, por ejemplo, no se le habría ocurrido nunca que el final dialogado de la violencia en el País Vasco pase por anunciar en el Congreso de los Diputados una tregua inmediata de la banda terrorista, sin necesidad de diseñar un recorrido concreto de contrapartidas soberanistas; de la misma manera que tampoco en la cabeza de un inocente sería fácil encontrar justificada la proyección independentista de sus socios de Gobierno, una vez descubierta la parafernalia de Perpiñan con sus posteriores secuelas estatutarias. Porque, a partir de ambos supuestos, no cabe envolver con tafetanes de talante lo que termina por constituir un diseño perfectamente estructurado de voladura constitucional y cuyo optimismo antropológico pudiera calificarse más certeramente en el terreno de los sinónimos correspondientes al concepto patriotero de la hojalata en términos de lesa traición a sus caracteres específicos.

Claro que, vistas las cosas desde el umbral de la Nochebuena, acaso sea más oportuno reconducir los discursos por la senda de la inocencia, la ingenuidad, la sencillez, el candor, la ilusión y la humildad, con el deseo de que la estrella del portal continué iluminando los caminos de este azacaneado mundo, aunque todas las señas apunten en dirección contraria. Al fin y al cabo, la oferta de paz que nació en un humilde pesebre de Belén hace dos mil años será siempre garantía de esperanza.
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