Firmas Invitadas - Edición Nº 171
Semana del 6/10/2005
Apuntaciones sobre la honradez de los intelectuales progresistas
Antonio Castro Villacañas
S
ANTOS JULIÁ es doctor en Sociología y director del Departamento de Historia
Social y del Pensamiento Político en la Universidad Nacional de Educación a
Distancia, también conocida como UNED. Es autor de diversos estudios sobre
Madrid, la II República, movimientos sindicales, socialismo. republicanismo,
intelectuales e historiografía. Entre sus libros se cuentan: Manuel Azaña,
una biografía política; Los socialistas en la política española (1879-1892)
y Un siglo de España: política y sociedad. Ha coordinado también la
investigación sobre Víctimas de la guerra civil. Como es natural, teniendo
en cuenta los puestos que ocupa y el ámbito de sus trabajos, sienta cátedra
y pontifica en tales temas. Lo hace, estaría bueno, nadie puede dudarlo,
desde un claro punto de vista progresista y democrático.
Debo confesar que yo no he leído ninguno de sus libros, pero sí muchos de
sus artículos publicados en la prensa ad-hoc de Madrid, todos ellos escritos
desde la perspectiva citada y con el sencillo propósito de ilustrar las
mentes de sus lectores y rebatir las opiniones contrarias. Siguiendo mi
confesión, me acuso de no haber disfrutado con tales artículos, pues siempre
he encontrado en ellos un tufillo a combatiente ilustrado; esto es, una
decidida posición beligerante, una activa militancia política envuelta
en celofán literario... Nada de eso es malo. Lo malo empieza cuando las
armas intelectuales y políticas se disfrazan de inofensivos argumentos
neutrales.
En la Feria del Libro de este año he tenido la oportunidad de adquirir un
volumen de la última de sus obras antes citadas: Un siglo de España. Sigo
confesándome: me atrajeron tanto su subtítulo -Política y Sociedad- como lo
rústico y sencillo de su edición, amén de su precio, muy apropiado para
quien vive de la pensión conseguida a costa de cuarenta y tantos años de
trabajo, limitada en su cuantía por una rastrera decisión del primer
gobierno de Felipe González.
Por fas o por nefas, para lo bueno y para lo malo, lo cierto es que a lo
largo del siglo XX España alcanzó un cierto protagonismo -o cuando menos una
destacada presencia- en la historia de Europa y del mundo occidental. Varios
de los momentos de esa trayectoria no sólo concitaron la atención de núcleos
importantes de la población de muchos países, sino también solidaridades,
angustias y esperanzas colectivas a uno y otro lado del Atlántico, hasta el
punto de atraer hacia nuestro suelo la presencia activa e incluso bélica de
muchos ciudadanos, inicialmente extranjeros y enseguida españolizados.
Nuestros diferentes pasos y ensayos, nuestros éxitos y fracasos, nuestras
tragedias y alegrías, cuanto hemos intentado o logrado en materia política y
social, se han proyectado más allá de nuestras fronteras, a veces -incluso-
muy lejos de ellas. En la historia contemporánea del mundo, y más en
concreto en la historia de Europa y de Hispanoamérica, bien puede decirse
que el siglo XX, desde 1898 hasta hoy mismo, es en muy buena parte un siglo
de España.
El libro del docto catedrático don Santos Juliá está dividido en cinco
partes desiguales: Introducción, Monarquía, República, Dictadura y
Democracia. Al análisis del periodo republicano dedica 68 de sus 280
páginas. Como es lógico dada su condición de "intelectual progresista", el
autor pasa por alto -una levísima referencia- "la quema de conventos"
habida en mayo de 1931;
limita "la matanza de una familia de campesinos en Casas Viejas" a un
episodio secundario de la sublevación anarquista de enero de 1933, con lo
que parece atribuir tales asesinatos a los rebeldes miembros de la FAI; y no
hace ninguna referencia a la fundación de Falange Española. Esta sólo
aparece -como es natural desde una perspectiva "progresista y objetiva"- a
partir de febrero de 1936, siempre calificada de "fascista" y siempre unida
a hechos violentos. El profesor Juliá no se ha enterado, a juzgar por este
libro, de que Falange Española mantuvo en todo momento, a partir de su
fundación, un decidido empeño por diferenciarse del fascismo italiano y del
fascismo internacional. Tampoco sabe nada de las originales posiciones
falangistas respecto de la necesaria reforma agraria, la unidad de España,
el peligro de los nacionalismos radicales o la indispensable distinción
entre el Estado y la Iglesia. No me extraña: a él lo que de verdad le
preocupa es justificar la rebelíón de octubre de 1934 (separatista en
Barcelona, socialista en Asturias), que rompió la Constitución de 1931... De
sus palabras se desprende que los "progres" tienen completo derecho a
utilizar las armas contra los gobiernos legítimamente constituídos siempre
que no sean ellos quienes ocupen los puestos de mando...
Renuncio a examinar con algún detenimiento el resto de esta obra. Para que
mis lectores puedan darse cuenta de a qué grado de cinismo, parcialidad y
carencia de honradez responde, me basta con citar que al final del libro, un
índice de nombres, ordenado alfabéticamente por los primeros apellidos,
recoge a cuantos el autor ha citado en las páginas de este ensayo, por
entender que han significado algo (poco o mucho) en la historia de la
España del siglo XX. Entre ellos no están ni Ramiro Ledesma Ramos ni José
Antonio Primo de Rivera. En la letra L sí están, por ejemplo, figuras de
tanta importancia como son Antonio Lasa, Manuel Lora, Francisco Lozano o
Agustín Luque. En la letra P aparecen Olof Palme, Carlos Pérez de Bricio,
Josep Piqué, Javier Pradera y Salvador Puig Antich. entre otros. Nadie
puede, pues, dudar de que el profesor Juliá es un verdadero sabio.
Un sabio que sin duda no ha tenido tiempo para darse una vuelta por la
madrileña Feria del Libro de este año. Si lo hubiera hecho, quizás le habría
sorprendido la existencia de una caseta en la que únicamente se vendían
libros y objetos referidos al pensamiento y la actuación de José Antonio,
ese político asesinado por la República en 1936 y que sigue mereciendo la
atención de muchos miles de españoles, jóvenes y maduros, a pesar de lo
corto de su vida y de que hayan transcurrido casi setenta años de su muerte.
Quizá sea mejor que don Santos Juliá no se haya enterado de tan curioso
hecho. Hay cosas que a los "honrados intelectuales progresistas" no les
caben en la cabeza, tan llena como la tienen de protuberancias.