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A dicho Manuel Fraga que ya le queda “poco tiempo”, pero que pondrá, por su patria chica, toda la carne en el asador hasta su último aliento.
Y yo me pregunto:¿Perderá Fraga el poder en las elecciones de la semana que viene?
He aquí algunos fragmentos de lo que he publicado sobre Fraga, a veces a favor y a veces en contra, durante estos últimos treinta años:
“Obra en mi poder su última carta manuscrita de enero de 1993, en la que me felicita el año nuevo y me agradece el interés que me tomé por el estado de salud de su esposa, después del accidente que sufrió en la carretera. Les deseo, a Ud. y a los suyos, mucha prosperidad y aprovecho la ocasión para saludar a mis viejos amigos en Galicia, sobre todo a ese hombrecito con perilla y sin bigote, Jesús Pérez Varela, tan inquieto, que fue mi antecesor en la dirección de "El Imparcial" y que ahora le lleva el Gabinete de Comunicación en la Junta gallega.”
Pérez Varela ha subido a más altos cargos y hace ya bastantes años que sólo me entero de su sonrisa perenne en televisión. Rebatió un artículo mío en la prensa gallega, cuando intenté esclarecer su verdad ante las acusaciones que le hiciera el anterior líder del BNG que se sirvió de mi libro “La trama civil del golpe” para atacarle en el Parlamento gallego, pero Pérez Varela se salió por la tangente y contó un par de trolas que no se las salta un galgo. Con su pan se lo coma, tanto si pierde como si gana.
Volviendo a Fraga, haré memoria del incidente de Palma. Le decía yo a Fraga en uno de mis reportajes:
“Recordará que, después de aquel célebre y dramático encuentro que mantuvimos en Palma de Mallorca, concretamente en el Hotel Victoria y en presencia de Cruz Martínez Esteruelas y de la plana mayor de la derecha local, cuando Gabriel Cañellas no había saltado al ruedo de la política, hemos mantenido, que yo recuerde, tres o cuatro entrevistas más, de las que una de ellas se publicó en Madrid a cuatro planas. Estuve yo en su despacho de la calle Silva y la situación política estaba entonces al rojo vivo. Lo de Palma, cuando yo le puse la metáfora del verraco que se comía a todas las gallinas que encontraba a su paso en el corral de mi pueblo, igual que Ud. se comía a todos los periodistas que le preguntaban por lo de Montejurra, resultó violento y le obligó a dar aquel bote en el sofá y a exclamar, a voz en grito, que me iba a partir la boca, cosa que me dejó, pasado el susto, perplejo y muerto de risa. Menos mal, que estaba allí Cruz Martínez Esteruelas y puso calma en el ambiente. A Cruz, antes de que Franco le nombrase ministro, le conocía yo y nos tratábamos con absoluta cordialidad en las empresas de March donde ambos trabajábamos, a principios de los años sesenta. Cruz puso paz y, al final, acabamos la mar de amigos, cada cual con su berrinche.”
Recuerdo también aquello que sucedió en Madrid, siendo yo “adjunto a la dirección” de Pérez Varela en “El Imparcial”.
“Un mes o dos antes de que Tejero cometiese su delito de rebelión militar, recordará Ud. que tuvimos una comida en "Alfaro", en Madrid, en la que había varios generales, bastantes periodistas y varios políticos de diversa significación ideológica. Yo pregunté, en la sobremesa, a ver si los militares españoles de aquel momento, cuando todos los poderes fácticos del país parecían estar en contra de la línea política de Adolfo Suárez, defenderían a muerte el orden constitucional, en caso de que el "ruido de sables" que se percibía en el ambiente llegase a cuajar en realidad de golpe de Estado o si, por contra, serían otra vez insurrectos como lo fueron con Franco en 1936.”
En esa ocasión no fue el santo Cruz Martínez Esteruelas el que me libró de la zarabanda y de los cañonazos que querían pegarme los señores generales allí presentes. Fue Fraga, precisamente, el que calmó a quienes se sentaban a su lado y tuvo arte para explicarles que, en verdad, lo de Franco fue un golpe de Estado contra la República constitucional y que, si hubiese perdido la guerra, tal vez habría tenido que dedicarse a pintar cuadritos naif, en la cárcel, como hizo Tejero en la prisión de Figueras. Recuerdo que Fraga nunca dijo que lo de Tejero fuese, como mucha gente sabe y siempre creyó, una “acción institucional”.
Poco después de aquella pregunta mía en “Alfaro”, se produjo el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
Lo que no se dijo en los medios de comunicación de aquellos días es lo que yo le había preguntado a Fraga antes y que quedó escrito y publicado en "La trama civil del golpe" (Editorial Planeta,1982), así como tampoco se atrevió nadie a comentar y a resaltar su postura, perfectamente reflejada en su respuesta textual a mi pregunta. Decía Fraga, concretamente: "...Actos gravísimos como el de Cartagena, o el más reciente del Ministerio del Interior, aquí en Madrid, revelan que hay un grave problema interno en el seno de las Fuerzas Armadas, que no tienen en este momento un especial respeto por el actual ministro de Defensa..."
De hecho, hubo algunos comentaristas que, desde la magnanimidad económica del último gobierno de Suárez, donde estaba mi amigo y paisano Josep Melià, se ocuparon en resaltar la gravedad de los acontecimientos de Cartagena, donde el general Atarés Peña tuvo una bronca estrepitosa con el teniente general Gutiérrez Mellado, y la gravedad incuestionable de otros acontecimientos antidemocráticos que sucedían por aquellas fechas. Nadie se tomó la molestia de investigar sobre el significado de aquella pregunta que yo le hice a fraga y que también se publicó: "¿Ha erradicado Ud. de las filas de su partido cualquier tipo de propensión anticonstitucional y de retorno al sistema en que, como años atrás, el poder militar prevalecía sobre el poder civil ?"
Todo aquello, ciertamente, pasó a la Historia y quedó archivado. Yo me vine a Mallorca y Fraga aterrizó en su pueblo y se hizo con la Presidencia del gobierno autónomo de Galicia.
Le decía yo a Fraga en uno de mis escritos:
“La primera vez que hablé con Ud. fue en la presentación del libro "Poemas de Somosaguas" de Lucía Bosé. Yo le había seguido por sus correrías turísticas de ministro de Turismo aquí en Mallorca, cuando mi paisano y buen amigo Gabriel Barceló inauguró su primer Hotel Pueblo y le nombraron a Ud. "alcalde de honor" de aquel poblado de vacaciones. Tenía Ud. entonces fama de ser muy duro y muy apabullante con quienes éramos, bajo aquel régimen de poderes absolutos, una especie de vasallos resignados. Y va Ud. y me dice textualmente: "He oído hablar de un libro que acaba de publicar sobre la historia de los periodistas en Madrid. Enhorabuena por el premio que le han dado". Me sentí anonadado, emocionado, meado de alegría y le dije ruborizándome: " Me gustaría mucho regalarle y dedicarle mi libro, señor ministro.
¿ Quiere que se lo mande a su casa ?" Y Ud. contestó, secamente: "No, señor. Yo me lo compro, cuando sea oportuno".
Quiero decir - y concluyo - que jamás nos ha unido el reparto de beneficios. Ni yo he podido regalarle mis libros, ni Ud. ha dispuesto de cargos o de trabajos que pudieran garantizar mi sustento y el de mi familia. Sólo una vez - y esto tampoco se ha dicho nunca - me recomendó Ud. al viejo Rato, para que me diese trabajo en sus emisoras de radio, cuando Domingo López Alonso se largó del país y no le vendió a Ud. "El Imparcial" y nos quedamos todos sin cobrar, en el puto paro, que es cuando Rosón, que en paz descanse, me mandó como Jefe de Prensa al Gobierno Civil de Baleares, con el gordo y entrañable Jacinto Ballesté.
Algún desinformado ha dado en creer que este jornalero de la palabra escrita y de las artes plásticas - pronto tendré exposición de pintura en Galicia - pertenece a su cuerda política. Ud., mejor que nadie, sabe que eso no es cierto, porque Ud. sabe que la única militancia impenitente que ejerzo es la de no pertenecer a ningún partido y la de admirar siempre, eso sí, al gallego que se fue a segar a Castilla y que fue tres veces