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Época II - Año XIV
Edición Nº 4127
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 201
Semana del 1/7/2006
Regalos de Reyes


Miguel Ángel García Brera
C OMENCÉ la mañana de Reyes escuchando la publicidad de una empresa hispanoamericana – probablemente colombiana, si no me falló la percepción del acento que imprimía al español la persona que comentaba el objetivo social del negocio: Ofrecer regalos originales. Por cierto que, en el programa de radio donde se insertaba el mensaje publicitario, se habló de cómo se va imponiendo la moda norteamericana de regalar vales de compra para que cada cual adquiera lo que más le convenga, dentro del límite que el donante imponga. Soy enemigo de esta horterada que ahorra a quien regala lo más hermoso de la donación, que no es sino la amorosa elección de algo que pensamos va a llenar de gozo a quien lo reciba. Incluso soy enemigo de las listas de boda, aunque al menos en ellas existe la posibilidad de una amplia elección, si bien siempre lastrada por la seguridad de que el recipiendario de nuestro regalo va a establecer indeseables comparaciones sobre la generosidad monetaria de sus invitados.

Pero volvamos al regalo original que proponen nuestros inmigrantes. Hay varias posibilidades. Alguna de ellas consiste en llevar un completo desayuno a casa del donatario y ofrecérselo arropado por los trinos de una soprano o la voz y el sonido de un mariachi. Lo del mariachi me llamó mucho la atención, la primera vez que visité Colombia, allá por los años 60. No había enamorado que se preciara de serlo hasta las cachas, si no se hacía acompañar de un conjunto para ofrecer una serenata a su amada, al pie de su casa. Si la chica abría las ventanas, el éxito estaba asegurado; de lo contrario, lo probable es que no sintiera el mismo ardor cordial de quien pagaba el recital, aunque conozco casos en que, si la dama no salió al balcón – aunque la copla se lo pidiera - no fue expresión de su deseo, sino prevención frente a los códigos familiares.

Peguntado el original empresario sobre la reacción de los favorecidos con un desayuno, cantado a primera hora de la mañana, hubo de reconocer que no todos lo recibieron con agrado, sobre todo debido a algunas protestas de vecinos, a quienes, incluso gustando las serenatas, no las aprueban muy de mañana a la puerta del piso de al lado. Hay que felicitar a estos inmigrantes que hacen gala de imaginación para renovar una tradición en la que los regalos se han exclusivizado demasiado en una corbata, un perfume, entre los más apasionados y atrevidos, un liguero colorado, o, si se trata de regalos institucionales, desde Matilde Fernández para acá, un “póntelo, pónselo” de distintos colores y sabores.

Un buen regalo ha sido el de los vecinos de Torres de Cotillas que han recibido el gordo del Niño – “Les tocó el gordo de la Polla”, dirían los chilenos, según, sonrojado, leí en un diario local, el primer día de mi llegada a Santiago- y han comenzado a despilfarrarlo, como es de ley, duchándose con cava. Me alegra infinitamente que los premios de la lotería vayan a parar a gentes a quienes puede mejorar la vida y no a aquellos para los que simplemente es un incremento de su riqueza. Un buen pellizco del gordo ha caído también en San Javier, donde tan buenos días pasé mientras hacía mis prácticas de alférez de Complemento en la cercana Cartagena. Nunca olvidaré un día en que me dirigía a la piscina de la Academia, y, adosados a las columnas del soportal que la precedía, me encontré, de sopetón, y en plena faena, no de armas, – ¿o sí?- con un soldado y su barragana, novia o lo que fuera. En aquellos días, una cosa así no era fácil de asimilar por un alférez, pero yo que, siempre he sido tolerante y nunca “voyer”, giré sobre mis pasos, “mire al soslayo, sin requerir la espada, fuíme y no hubo nada”.

Los Reyes han traído a otros un Premio Nadal como al desconocido profesor que enseña en los Estados Unidos, Eduardo Lago, cuya novela parece desarrollarse en Brooklyn, y un accésit para una fémina, Marta Sanz. Me agrada que se premie a quienes no son famosos, para que se renueven los estilos y los nombres.

En el capítulo del carbón, y para regalos envenenados, el que ha recibido Bono de parte del General Mena que, aunque sólo se ha limitado a leer la Constitución, y no ha pedido intervención alguna del Ejército, -como algunos periodistas, sectarios o exagerados, titulan- lo cierto es que viene a complicar más el ya azaroso trato que llevan a cabo los políticos sobre el Estatut. Hoy, día siete, cuando escribo, Bono iba a hablar con el general, al que, contra toda una hermosa tradición de compañerismo militar, su Jefe, sin que forme parte de sus atribuciones, ni por tanto obligación de hacerlo, ha pedido que le destituyan. Otro buen regalo de carbón habrá sido para el ministro Bono, tener que resolver el expediente del avión Hércules, que trasladó, por cuenta de los españoles, a 23 camareros desde Zaragoza a Madrid, para servir un ágape, no se a quien.

Tampoco ha sido mal regalo, al menos para la prensa española y para el pueblo boliviano, el viaje de Evo Morales a Madrid. Para la prensa, porque a costa del jersey de quien han llamando indio, -aunque es un mestizo hispano-aymará, como indica su apellido-, han podido rellenar páginas y páginas en unos días de escasa información. Para el pueblo boliviano, porque supongo que Evo hará honor a su programa populista y trasladará a sus paisanos el efecto beneficioso del importante montón de dólares, debidos por su país a España, que le ha perdonado Zapatero. Con tal regalo estoy de acuerdo y también con la exigencia de Evo Morales referente a la obligación española de ayudar a Bolivia. Si los ingleses, los franceses, los alemanes, los belgas y, en menor medida otros países, asumieran la obligación de atender a aquellos que salieron de su coloniaje y se encuentran agobiados, estoy convencido de que bajarían los niveles del terrorismo y los de la delincuencia en los grupos de inmigrantes.

Cuando el horror rebasa todo lo imaginable, ya no podemos hablar de regalos, pero si he de reseñar el dolor intenso que me ha producido saber que un preso, durante el permiso, ha aprovechado el regreso de sus hijos de la Cabalgata de Reyes, para dar muerte a la madre que los acompañaba, una francesa de veintitantos años. No se qué comentario hacer sobre una bestialidad semejante, ni sobre una situación legal-penitenciaria que no es capaz de prevenir sucesos tan dramáticos. El caso es que la violencia de género avanza. Parece que a más legislación sobre el asunto, peores son los resultados. ¿No será necesario un debate de altura intelectual que ofrezca mejores soluciones que las que hasta ahora no dan resultado?
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