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Época II - Año XIII
Edición Nº 3899
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 miércoles, 22 de mayo de 2013 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 172
Semana del 6/18/2005
No sin despedir a Jaime


Miguel Ángel García Brera
A L escribir hoy por vez primera, tras el fallecimiento de Jaime Campmany, no quiero entrar en materia, sin ofrecer mi testimonio de pesar por ese tránsito hacia el Paraíso de un colega en mis dos profesiones y un maestro en una de ellas, la de Periodista.

Paradoja del cristiano ésta de verse entristecido por la partida de los que desearíamos siempre aquí, pese a creer en un Reino que no es de este mundo, donde al bueno se le reserva el mejor premio. Yo conocí a Jaime en aquel Sindicato donde los abogados de la Organización defendían -con sus mejores armas, un rigor intelectual y una imaginación que fue perfilando el naciente Derecho Laboral-, a los trabajadores, sin que les cobraran por ello ni un céntimo. Era un Sindicato atípico, donde había una cierta democracia que permitía ostentar cargos representativos incluso a quienes –miembros de Comisiones Obreras, de UGT o de CNT- no comulgaban con un sistema, que, desde luego, no era ortodoxo, y era obligatorio, pero, como en general las obras humanas, tenía cosas positivas. Ni entonces ni luego tuve la fortuna de tener trato directo con Campmany, pero sí había un conocimiento mutuo que me llevó a pedirle telefónicamente un favor para el diestro colombiano, Pedrín Castañeda –del que nunca más volví a tener noticias-y jamás ni mis mejores amigos me han contestado con tanta rapidez, afecto y efectividad a lo que le había pedido. En las necrológicas, leo que todo el mundo destaca, al recordarle, esa humanidad del periodista que me ha acompañado desde el asunto Castañeda, como una emoción cargada de gratitud, añadida a la entusiasmada lectura de los impecables textos de Campmany. Que no haya sido académico es una de esas injurias que los envidiosos, resentidos y mediocres dedican siempre que pueden a los genios. Es el mismo caso de García Serrano, porque ambos son, sin duda, los más eminentes domadores de la lengua española desde mediados del siglo XX.

De lo que quería escribir hoy es de los adolescentes, ya que sólo detecto una reducida preocupación intelectual o académica y un aluvión informativo sobre su comportamiento, que, en esa edad, no es sólo suyo, sino reflejo del de los adultos, pues muchas veces ellos no son sino nuestro espejo o nuestras víctimas, antes de que nosotros lo seamos de ellos. Quiero decir que, si los padres renuncian a serlo para poder vivir mejor desde un punto de vista económico –dos sueldos, varios trabajos, etc.–, y además no consideran al maestro como su colaborador, sino como alguien que les sustituya en la, generalmente incómoda tarea de soportar a la chiquillería, sin reconocer a aquél la autoridad necesaria para encauzar la indisciplina natural de ésta, seguramente podríamos afirmar que los adolescentes no hacen sino responder a las pautas que les estamos dando los mayores.

Por eso, me parece urgente un debate nacional que ponga las cosas en su sitio. Familia, Escuela y Sociedad – y en ella, hoy particularmente los medios - tienen su papel en la formación de los seres humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, pero es sobre todo la familia la que tiene en sus manos el futuro de los hombres, porque los atiende en los primeros años de existencia, y todas las escuelas psicológicas coinciden en afirmar que es entonces cuando se adquiere la casi definitiva personalidad de cada cual. En España atravesamos una etapa de cambios profundos en la institución familiar, no ya sólo con la desaparición del matrimonio bajo la superchería de modificarlo en el sentido de tener por tal las uniones entre personas al margen de que sean, o no, del mismo sexo, sino también con cuanto ha supuesto la instauración del divorcio y cuanto va a suponer su mayor facilidad a través del llamado “express”. De momento ya se registra un divorcio cada 3´9 minutos y, aunque se pretendía lo contrario por el ministro Ordóñez y sus seguidores, lo cierto es que la separación de los padres –que puede resultar una última solución, como ocurre con la huelga– supone un impacto psicológico difícil de superar para los hijos. Sean cual sean las cusas -y por ello hablo de la necesidad de un debate sincero y alejado de intereses partidistas, donde prime la voz de los padres, los profesores y los propios alumnos-, lo que no puede continuar es un estado de cosas donde, un día tras otro, se lee en los periódicos, cosas como estas; “Hay alumnos que hostigan al profesor, brotes xenófobos”, dice el Fiscal de Menores de la Comunidad Valenciana: “SOS Bullying recibe entre 15 y 20 demandas al día. Aumentan los casos y también las agresiones armadas”, leo en otra página refiriéndose al acoso escolar que hemos dado en llamar con palabra inglesa quizás para disimular la vergüenza de que exista y no haya sido erradicada una cosa semejante. Titulares que inciden en exponer una situación que no puede continuar, hay varios cada día; baste como muestra el siguiente: “Una alumna de Motril agredida y amenazada de muerte por sus compañeras” Y no es sólo que los adolescentes se comporten inadecuadamente contra padres, profesores o compañeros, sino que están desarrollando modos de vida que van a favor de su propia destrucción. Más allá de la droga o el tabaco, podemos leer informaciones como estas: “Uno de cada 30 niños bebe alcohol a diario”. “Los hábitos de los jóvenes aceleran su perdida de oído por el volumen de las discotecas y de los auriculares portátiles”.

Si existe una preocupación ecológica ante este planeta tan lleno de riesgos, mucho más necesario es atender al futuro personal del hombre. Una juventud que ofrece significativos porcentajes de conductas desviadas e incluso delictivas, no es sino una bomba de relojería que contribuirá más que la sequía o el ozono al fin de la humanidad. Y como, gracias a Dios, no todos nuestros adolescentes merecen titulares de periódicos en páginas de sucesos, también el alto número de los bien formados han de tomar parte en los debates necesarios para adoptar las medidas de educación y de prevención que conduzcan a los díscolos por un camino que les revalorice ante si mismos y les evite ser socialmente dañinos.
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