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  Firmas Invitadas - Edición Nº 174
Semana del 7/1/2005
El lobby gay


Óscar Molina
C ADA día se hace más evidente que autoproclamarse representante de las minorías es una excelente forma de vida en España. Da exactamente igual que se defiendan de verdad los intereses de los supuestos representados o no. Es lo mismo, basta con designarse a uno mismo defensor de colectivos agraviados secularmente para que una parte de ellos te elijan su representante. Luego, un sistema electoral con demasiados complejos y mala conciencia injustificada hace el resto; y si no, ya tenemos a un Gobierno que al cabo de poco más de un año, ha demostrado que el Talante es rendirse a todo aquél que haga el suficiente ruido, consiga posiciones de privilegio o, lo que es más grave mate al suficiente número de gente. Todo ello independientemente del número de personas cuyo mandato ostenten, y por supuesto muy por encima de cuáles sean los intereses u opinión generales. Parece que cuanto más menguado es un grupo, más atención se le debe prestar. La cosa antes sólo tenía relevancia en los llamados “sindicatos” de clase, que agrupan a menos trabajadores que un taller mecánico de Socuéllamos, pero cuya legitimidad a la hora de representar a los trabajadores nadie discute. Esta exacerbación de lo pequeño rinde también tremendos réditos, por ejemplo, a los nacionalismos, y va camino de ser el esquema de referencia de un grupo de personas que se arroga la representación de los homosexuales. Y digo arroga, porque del mismo modo que los partidos nacionalistas se visten de voz del pueblo sin serlo, el llamado “lobby gay” no ostenta de hecho la representación mayoritaria de los homosexuales españoles.

El mecanismo es similar en casi todos los casos: se enuncian agravios sin cuento que pierden sus orígenes en las tinieblas de la Historia, y se formula alegremente el empujón del péndulo hacia el extremo contrario, reclamando supuestos derechos que no entran en el capítulo de las preocupaciones de sus pretendidos representados. La patria vasca o catalana (pronto la gallega también) son una entelequia que puede gustar a un buen número de ciudadanos, pero no están entre los desvelos que les impiden conciliar el sueño. La gente lo que quiere es llegar a fin de mes, poder comprarse una casa, y en general, que la dejen vivir en Paz. Me pregunto si sería muy difícil que saliesen del armario todos los homosexuales que no están de acuerdo con el circo que se está montando en torno a ellos.

Conozco unos cuantos, y son muy pocos, poquísimos los que estarían dispuestos a partirse la cara por su derecho al “matrimonio” o por que se les permita adoptar niños. Todos, lógicamente, desean ser tratados sin discriminaciones laborales, económicas o de cualquier clase. Todos reclaman justamente que su condición no sea objeto de mofa, ni de actitudes que pretendan humillarles, pero a la mayoría les toca un pie toda esta parafernalia que está montando el “lobby gay”, y sus chorradas circundantes. Los homosexuales son, según el Instituto Nacional de Estadística, un 0,4 % de la población española. Es decir, son pocos. Y muchos de ellos no se identifican con este vendaval de corrección política en el que nos quieren instalar Zerolo y compañía. No están de acuerdo con todo este movimiento desaforado, con esta nueva forma de encontrar un curro para un montón de listos que han de estar en la reivindicación permanente para justificar su misma existencia; una pandilla de cargos de Federaciones de Gays y Lesbianas que cada día han de encontrar un agravio nuevo, una petición nueva para hacer buenos sus sillones, y por supuesto sus subvenciones de las cuales viven. O sea, como los nacionalistas. Y lo peor, no es que unos cuantos vivan de nuestro dinero a través de su presunta labor representativa. Lo peor, es que además pretendan imponernos sus opiniones e insulten a los que no comulgamos con sus ruedas de molino.

M temo que han llegado demasiado lejos. No basta con la absurda celebración del “Orgullo Gay”, en la que un montón de ciudadanos salen a la calle para hacer ostentación de su condición sexual, y contarnos lo orgullosos que están de ella. En definitiva, una manifestación de gente que disfruta pregonando a los cuatro vientos cómo le encuentran más gusto al acto de joder. Nunca lo entendí, pero lo acepto por higiene mental propia, la que uno siente cuando se da cuenta de que no necesita manifestarse para declarar que es heterosexual, o del “Atleti” (Por cierto ¿me autorizaría el Gobierno una manifestación del “Día del Orgullo Atlético”?. ¿Por qué no? Somos muchos los que estamos orgullosos de ser del “Atleti”, y tenemos ganas de dar a conocer al mundo cuánto nos gusta). Es más, el mismo anglicismo “gay”, revela no sólo la condición hortera de sus usuarios, sino la necesidad de usar un término nuevo que dote de supuesto “glamour” a quien parece avergonzarse de las palabras (algunas vejatorias pero muchas otras no) que han designado a los homosexuales toda la vida. Ya no se es homosexual, se es “gay”. Pues vale. Enhorabuena.

Todas estas chorradas no tienen importancia de por sí, lo malo es todo lo que las sigue cuando estos dictadores del pensamiento cogen carrerilla. Empiezan por reclamar su derecho al matrimonio, absurda pretensión de igualar lo que no puede ser igual, y continúan con su demanda de un presunto derecho a adoptar, ignorando que en la adopción el único derecho es el del adoptado. Les da lo mismo que ni siquiera en el mundo científico exista una opinión mayoritaria sobre la conveniencia o no de que un niño sea adoptado por una pareja homosexual. Qué más da, lo importante es “nuestro derecho” y nuestra poltrona de representantes del mundo “gay”.

Siguen por su camino sugiriendo la conveniencia de que el Alcalde de La Coruña no pueda presentarse a las elecciones, por no estar de acuerdo con sus postulados, y terminan, en el colmo de su audacia unipensante, proponiendo que se retire la subvención a todo aquel colegio que no imparta clases de educación sexual según su prisma. Pues no, mira, eso ya no. Es decir, los “Lunnis” pueden tratar de hacer creer a mis hijos que una unión entre dos hombres o dos mujeres es un matrimonio, pero los “Lunnis” no existen, son muñecos, y lo que están tratando de vender a mis hijos entrando en mi casa y en mi derecho, éste sí, a educarlos según mi conciencia, tiene tanto de credibilidad como Lucho de autoridad. Y yo, a esta auténtica dictadura del pensamiento no me voy a plegar. Me da lo mismo que se me etiquete con ese insulto siempre de guardia: fascista. Me la sopla, en una palabra. Pero mucho menos voy a tener ningún miedo a que se me pongan carteles cuando lo que está en juego es la educación de mis hijos.

A mis hijos, Zerolo, rey, los educo yo. Y tú, por mucho que alces la voz, no eres quién para decidir qué tipo de instrucción van a recibir en el Colegio. Cuando tengan uso de razón, y criterio, ellos elegirán pensar como ellos quieran, pero en qué parámetros y principios van a crecer no le corresponde decidirlo ni al Estado, ni a un iluminado que se cree con la autoridad moral para llamar fachas a los que no pensamos como él. Porque este es un país libre, y tus ansias de imponer a los demás lo que tú piensas van contra esa libertad, del mismo modo que van contra la mía de elegir su educación. ¿De qué vas Zerolo? ¿Quién coño te has creído que eres? A mis hijos les enseñaré a que te respeten, a que hagan oídos sordos a quien quiera contarles que eres un enfermo; les trataré de explicar que la crueldad con el compañero amanerado al que tantos ridiculizan es una indignidad, les transmitiré que cada uno elige sus opciones en algo tan personal e íntimo como es la sexualidad, y que todo es respetable y ha de ser respetado si no violenta la libertad sexual de nadie. Les trataré de inculcar la valoración de las personas por muchas cosas que no sean su condición sexual, pero ten por seguro que eso lo haré yo. Ten por seguro que tus pretensiones absolutamente dictatoriales en materia de educación con niños van a tener enfrente a mucha gen
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