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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 209
Semana del 3/7/2006
Una Nación, pero no lo digáis
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Wifredo Espina
J UEGO de palabras, pero no un simple juego de palabras. En un confuso malabarismo de equilibrios semánticos y conceptuales, sobre el papel al menos, Cataluña está ya reconocida como “una nación”, según se desprende de la última redacción del preámbulo del Estatut, aprobada en la Ponencia conjunta del Congreso y del Parlament. Se ha producido un cambio substancial ( “un vuelco histórico”, dice Artur Mas) respecto del texto que se barajaba anteriormente.

En aquel texto, según las versiones publicadas, se decía que “el Parlament de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de ciudadanos y ciudadanas catalanes, ha definido de manera ampliamente mayoritaria a Cataluña como una nación. La Constitución, en su artículo segundo, reconoce esta realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad”. ¿En qué consiste el cambio actual?

Pues que en lugar de decir que el Parlament recogía el sentimiento y la voluntad “de ciudadanos y ciudadanas catalanes” –“de”, pero no “de los”- ahora se dice que este sentimiento y esta voluntad es el “de la ciudadanía catalana”. Por tanto, no de unos –muchos o pocos- ciudadanos y ciudadanas, sino “de la ciudadanía catalana” en general, de toda la ciudadanía. Y se añade seguidamente que “la Constitución, en su artículo segundo, reconoce esta realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad”.

Es decir, “la ciudadanía catalana” se ha “definido” legalmente, a través del Parlament, como “una nación” y “la Constitución reconoce esta realidad nacional” si bien la llama “nacionalidad”. Por tanto, la realidad es la “nación”, la denominación “nacionalidad” y la manera como ejerce su autogobierno “comunidad autónoma”.

Esto último se deduce del primer artículo del nuevo Estatut (que es prácticamente el mismo que el vigente de 1979) que considera a Cataluña como “una nacionalidad que ejerce su autogobierno constituida como comunidad autónoma”, lo que indica que lo de “comunidad autónoma” es secundario ya que se refiere a la manera de “ejercer” su autogobierno por parte de una “nacionalidad” que es la palabra como es “reconocida” esta “realidad” de “nación”. Y por si hubiera alguna duda, el preàmbulo es la fuente de interpretación del articulado.

Por tanto, estamos ante una forma rocambolesca de decir disimuladamente lo que disponía, con más claridad y sin maquillaje, el texto del Estatut salido del Parlament de Cataluña el 30 de septiembre: “Cataluña es una nación”. Por esto Artur Mas ha exclamado que “este es un gran día”, mientras el celoso y más directo Carod-Rovira, que prefería menos circunloquios para decir lo mismo, ha afirmado que “no es un día grande”, y como el PP , pero por razones contrarias, ha votado en contra. ERC considera que con esta redacción confusa se desvirtúa el concepto de “nación” tal como lo aprobó el Parlament para definir a Cataluña; mientras que el PP argumenta que esta confusa redacción del texto no oculta un real reconocimiento de Cataluña como “nación” , lo que -en su opinión- le sigue haciendo inconstitucional.

Estamos, pues, ante un nuevo paso de notable tascendencia, pero de claro doble filo. Por un lado, esta interpretación de reconocimiento real de “nación” constituirá una nueva plataforma para poder reivindicar desde ella la soberanía y la autodeterminación. Y, por otro, dará nuevos argumentos a quienes sostienen que se trata de una reforma encubierta, con nocturnidad y alevosía, de la Constitución para acudir al Tribunal Constitucional.

Es decir, una interpretación literal y restrictiva, en el sentido de que se desvirtúa lo que aprobó el Parlament de Cataluña, quitándole su
autèntico sentido al concepto de “nación”, que es el que pedía la masiva manifestación de Barcelona, puede dar pié a nuevos movimientos reivindicativos. Y una interpretación jurídica extensiva –que parece desprenderse del texto aprobado- aumentará la alarma y la protesta de los antinacionalistas y de los no nacionalistas. La radicalización política y social parece servida.

Quizás la primera redacción, vistas las encuestas y las reacciones, era sociológicamente más rigurosa y política y jurídicamente más prudente. Pues, ¿de verdad se puede sostener que todos o la gran mayoría de ciuidadanos catalanes (los “que viven y trabajan en Cataluña”, según la definición oficial) sienten Catalunya como “su” nación?. Y establecerlo así política y jurídicamente ¿no se entenderá como una imposición abusiva? Prescindir de la realidad de las cosas (que según Balmes es la “verdad”) no facilita la convivencia ni que mengue la crispación. Cierto que el nacionalismo catalán tiene un peso importante y aún más el catalanismo (no nacionalista), y que Catalunya objetivamente tiene elementos propios de nación. Pero ¿es Cataluña un país plural u homogéneo? Aquí está el meollo real y actual de la cuestión, por más circunloquios semánticos y conceptuales con que se pretenda enmascarar. Todo este juego de manos con las palabras y su sentido, para satisfacer a una parte de la Cataluña plural, equivale a decirle: “Sois una nación, pero no lo digais”.

Si se prescinde de la realidad de las cosas (“la verdad” balmesiana), las cosas pueden complicarse aún más.
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