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  Firmas Invitadas - Edición Nº 212
Semana del 3/23/2006
Que la Paz sea Paz
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Óscar Molina
Q UIERO la Paz, daré la bienvenida a la Paz, brindaré por la Paz y celebraré la Paz. Pero quiero que la Paz sea Paz.

Quiero que la Paz sea Paz para que Rodríguez Zapatero pase a la Historia, pero no como Chamberlain. Esa Paz no la quiero. Quiero que la entrada en las Crónicas de mi Presidente del Gobierno se parezca a la de Churchill. Porque esa es la Paz que yo quiero, la del que se enfrenta a la bestia y la derrota. La que otorga reconocimiento a los que plantan cara al terror y entienden que a las alimañas se las vence o te acaban venciendo. La que homenajeó a quienes dieron su vida, su sangre, su sudor y sus lágrimas por ella, por esa Paz, y quedaron en los altares del respeto en aquella frase que decía que “nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”.

La Paz, sí, que costó el sufrimiento de quienes desembarcaron en Normandía y de sus familias, que son nuestros Guardias Civiles de la Plaza de la República Dominicana. La de aquel niño de Londres que he visto en una foto, muerto sin soltar su caballo de cartón tras la caída de una V-1, que es nuestro Fabio Moreno. La de todos los niños que se escondían en el Metro protegiéndose de los bombardeos nazis, que son los hijos de nuestros militares. La de los judíos humillados con una estrella en su vestimenta, que son nuestra Pilar Elías, la de los caídos por trabajar en fábricas que son nuestra Irene Villa, la de la población de Varsovia usada como medio de chantaje, que son nuestro Miguel Ángel Blanco. Quiero esa Paz, la que esté a la altura de este tributo que ellos ya han pagado, y pagan, sin recibir todavía nada a cambio. Nada, aparte de diez declaraciones de tregua de quien no puede, ni quiere, descubrir su rostro para dar la bienvenida a la Paz, tal es su compromiso con ella.

Quiero la Paz de Gandhi, la que no es meta sino camino. La que no es estación terminal, sino de paso. La Paz que nace de la Justicia, la que sólo puede venir si nuestro punto de partida es la superioridad de un Estado y unos ciudadanos democráticos sobre una banda de asesinos. La Paz quiero.

Porque yo no quiero una Paz que se celebre los 21 de Marzo, que ya es algo así como la Nueva España Año Cero, por mor de la aprobación de un Estatuto que convierte a Cataluña en aquello por lo que los terroristas vienen matando desde hace tanto. Esa Paz, ese principio del fin que más bien es el de España, no es Paz, ni lo quiero. Yo quiero la Paz.

No quiero la Paz de los que apartan a quienes no comparten su Paz. No quiero la Paz que hace necesario que Rosa Díez salga por la puerta de atrás, mientras otros brindan en un Ayuntamiento por una Paz que nos promete quien no ha renunciado ni a una sola de sus maximalistas exigencias. Esa Paz no la quiero, porque yo quiero la Paz.

No quiero la Paz que me avergüenza, como ciudadano de un Estado cuyo Fiscal General pide a los Jueces que tengan en cuenta la nueva situación. Porque la situación es muy vieja, nos ha dolido tanto, y jamás mereció unas palabras de consideración de este mismo inepto, que ahora pretende convencernos de que una negociación con terroristas vale para que la Ley que a todos nos ampara sea moneda de cambio. Lo que yo quiero es la Paz.

No quiero la Paz que se asiente en derechos de pueblos que no sé si existen. Porque de existir, siempre estarán supeditados a los de las personas. Las personas que no merecen una Paz que perpetúe su condición de semiciudadanos si no aceptan el trágala nacionalista, si no se amoldan a que se les imponga su filiación teniendo ya una. La de la falta de libertad de quienes dieron a sus seres queridos y todavía se les llama asesinos. No quiero la Paz de los que dicen “español” como insulto. Esa Paz no es Paz, y yo no la quiero. Yo quiero la Paz.

No quiero una Paz que venga de un “proceso largo” en el que se intercalen unas elecciones generales. Porque sé que el artífice de esa Paz no va a darnos a conocer qué Paz será su Paz si le votamos. Porque está claro que primero las ganará, y después nos contará cuáles son las cosas está dispuesto a conceder por alcanzar su Paz. Yo, como tanta gente el 11 de Marzo de 2004, quiero la verdad antes de votar. Porque quiero la Paz.

La Paz que yo quiero difícilmente devolverá la sonrisa a quienes han entregado sus seres queridos, pero al menos les dará la inmensa dignidad de saber que su sacrificio no fue en vano. Porque la Paz que yo quiero está en la serenidad de todos aquellos que tuvieron la enorme generosidad de renunciar a la venganza privada, y pusieron sus anhelos en un Estado de Derecho que estuvo cerca, muy cerca de vencer a quienes les arrancaron un trozo insustituible de su vida. Esa Paz ahora duerme, pero estuvo despierta, y había echado a andar. La otra, la Paz de quienes rescataron por los pelos a los que estaban a punto de ahogarse no me sirve. No me vale la Paz que haga mínimamente feliz a toda la mierda que alguien se ha encargado de sacar a flote, de redimir de su destino, que no era otro que el hundimiento en la sima del charco de inmundicia que le era propio. Máxime cuando todo ese montón de basura ni se arrepiente de lo hecho, ni pide perdón por ello. Más bien al contrario, lo parece dar por aceptable precio al no bajarse ni un poquito de las chifladas peticiones que para sus mentes de ratas hediondas lo justificaban. Y es que lo que yo quiero es muy sencillo, es la Paz.

No puedo querer la Paz que me proponen y que si no se llega alcanzar me provocará arcadas cuando se diga que se malogró por culpa de los que no la queríamos. La que nos cargue el primer muerto que, sin duda, se producirá si los que se visten de muerte para anunciar la buena nueva consideran que lo cedido es poco, que los pantalones no están todavía en los tobillos, que la vaselina que hay en nuestro orto no es de su gusto o que es inaceptable que no repitamos la letanía “Navarra es Euskadi” mientras nos ponemos en decúbito supino. Esa Paz no es mi Paz. Mi Paz es la Paz.

No quiero la Paz que pueda negociar uno que opina que “el concepto de Nación es discutido y discutible” con quienes no admiten discusión alguna por el suyo, y además matan por él. Esa Paz no es posible, y no la quiero, la que yo quiero es la Paz.

No puedo querer la Paz que pretende que los que han causado tanto dolor acaben paseando por una calle que habrá de tenerles más consideración que a aquellos que todos los años visitan el cementerio. A veces para limpiar las tumbas de su padre, su hijo o su hermano, de la retahíla de insultos que algunos dementes son capaces de rotular en los sepulcros de quienes dieron su vida para que ellos, tan tontos, puedan seguir diciendo lo que piensan. Esa Paz no es Paz, y no la quiero. Porque mi Paz es aquella en la que nadie obtiene premio por dejar de hacer lo que nunca debió hacer. En mi Paz la consideración no se gana siendo “interlocutor válido”; en mi Paz la admiración, el respeto y el agradecimiento se ganan con la dignidad de llorar en casa, a solas, y pasar noches en vela entre el llanto y la esperanza de una verdadera Paz, la que yo quiero.

No puedo dar la bienvenida a una Paz que tiene como condición una mesa de partidos que acabe por dar naturaleza política a los tiros en la nuca y a las bombas explotadas a distancia. Porque mi Paz es la de los valientes, la de los que sabemos que no es tan complicado acabar con quienes sólo matan por la espalda y lloran mientras se cagan literalmente encima cada vez que les echan mano. Porque además ya hubo mesas de partidos, que también fueron valientes. Se llamaron Pacto de Ajuria Enea, o Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Esas mesas hablaban de mi Paz, y lo hacían desde el compromiso con cosas más trascendentes que un abuelo muerto que, por cierto, hace un par de años que no descansa en Paz, porque su nieto quiere darle el papel de inspirador de su nueva Paz.

Y si a pesar de todo esto que he dicho, me equivoco. Si Vd. Señor Rodríguez Zapatero nos trae una Paz que sea Paz, desde aquí mismo tendré el placer de pedir a
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