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E han producido dos declaraciones respecto de la presentación, anunciada por Mariano Rajoy, del recurso de inconstitucionalidad de la ley sobre matrimonios homosexuales, que conviene resaltar, pues nos llevan a consideraciones de cierto calado.
Como motivo principal para dicha presentación, el propio Rajoy adujo que “hay muchas personas dentro de su partido y también de otros partidos que desean recurrir ley”. Es decir, que existe un estado de opinión importante dentro de la sociedad española que justifica que el Partido se movilice y presente el recurso. La otra declaración corrió a cargo de Esperanza Aguirre y una compañera suya del Partipo Popular, disintiendo de la decisión de presentar el recurso, basándose exclusivamente en el efecto adverso que podría tener en la opinión pública, debido a la “potencia mediática” de los adversarios socialistas, que habrían de tachar de reaccionarios, etc., a los recurrentes.
Ambas declaraciones inciden en lo necesario que resulta que exista un estado de opinión importante para moverse en una determinada dirección. Parece que ha habido dudas sobre las dimensiones de ese sector contrario al matrimonio homosexual, y de ahí que hasta última hora no se haya aclarado que se va a presentar el recurso.
No me parece justo cargar demasiado las tintas, como hacen algunos católicos, sobre la falta de combatividad del Partido Popular en temas como el aborto, matrimonio de homosexuales, etc. Al fin y al cabo se trata de un partido político, compuesto no exclusivamente por católicos, y que tiene que mirar por sus intereses electorales. Sería demasiado pedir que luchara por forjar un estado de opinión favorable a la moral católica. Si bien en este caso, como en el del aborto, se trata también de la moral natural, no resulta incomprensible que un partido político refleje la atonía ética que predomina en la sociedad.
A quien sí deberían mirar estos católicos es a la entidad que sí podría crear ese estado de opinión, que lo debería haber creado ya, y no por motivos prácticos, sino por obligación moral: a la misma Iglesia Católica. Todos sabemos que la jerarquía eclesiástica define la moral acertadamente. Siempre estuvo de acuerdo con la ley natural, y no hay nada que decir al respecto. Pero ¿acaso esa moral católica se predica en las parroquias? Aquí también tenemos que decir que todos sabemos que no. En ninguna iglesia católica se está predicando moral católica. Tanto es así, que la Conferencia Episcopal tuvo que sacar unos folletos explicativos de dicha moral, para repartir en las parroquias, pero se debieron perder por el camino, porque no han aparecido por ninguna parte. O por poquísimas parroquias. Ahora ya nadie habla de esos folletos.
Nos encontramos, pues, con una alta jerarquía que define y recuerda de vez en cuando la doctrina, y unos niveles inferiores parroquiales donde esa doctrina no se menciona.
¿Qué se predica, entonces? Sobre todo el amor de Dios, y el amor que nos debemos los unos a los otros. Lo cual está muy bien, pero, de lo otro, de aquello que también está contenido en el Decálogo, no se dice nada. Y, en cuanto al amor de Dios, es frecuente que se nos asegure que Dios no castigará a nadie, que nos acogerá amorosamente a todos. ¡Inmejorable noticia para los criminales!
La situación es, repito, la de una minoría, compuesta por parte de la alta jerarquía y poco más, que permamecen fieles a la ortodoxia, y la inmensa mayoría restante, que se olvidó hace tiempo de la ortodoxia y mira con mucho recelo al actual Papa, igual que miraba con antipatía al anterior. Piensan que los días de relajación postconciliar terminaron y de nuevo se imponen las severas normas católicas. Todo ello conduce a un estado de rebeldía espiritual silenciosa; la apostasía silenciosa que se menciona algunas veces.
Pero, como decía una importante personalidad religiosa: No es posible una solución autoritaria a la crisis. Antaño, si surgía un tumor en la Iglesia, se extirpaba. Ahora es distinto, porque la metástasis se ha generalizado. No es posible la operación quirúrgica.
En cualquier caso, la Iglesia no cumple con su misión de orientar a la sociedad en cuestiones de moral católica, lo que supone una dejación escandalosa. Y no sólo eso ¿Se ha calculado cuántos abortos se habrían dejado de practicar si la Iglesia hubiese puesto toda la carne en el asador predicando contra esa práctica? No es posible saberlo, pero de seguro que se habrían salvado muchas vidas. La Iglesia es, por tanto, corresponsable de gran parte de los abortos que se realizan. Y piénsese que en los años 80 sentó muy mal en Alianza popular el trado displicente que recibió de los obispos. La jerarquía prefirió mantener buenas relaciones con la izquierda y no impulsó una oposición política adecuada a las leyes del PSOE, como la del aborto. Desde el Concilio, su querencia por la izquierda es persistente. Es, pues, también y en algún grado, responsable de la aprobación de la ley del aborto por falta de una oposición firme y adecuada a la misma.
No pierdan el tiempo los católicos dirigiendo el haz de sus críticas al Partido Popular, pues la responsabilidad de éste en el presente estado de cosas no es sustantiva, a diferencia de la que corresponde a la Iglesia.
Lo dicho de la minoría sana en la jerarquía no significa que no abunden los obispos progresistas, y que los ortodoxos estén dispuestos a defender con firmeza sus convicciones. Nada de eso. Es antológica, por ejemplo, la última perla nos ha llegado del arzobispo metropolitano de Barcelona, Lluis Martínez Sistach que en una homilía se dirigió a la Virgen, pidiéndole que bendijese a las autoridades “especialmente por el trabajo que están realizando en la reforma del Estatuto”. Ahora bien, entre otras cosas, este Estatuto reformado abre las puertas explícitamente a la eutanasia y al aborto libre. Siendo esto así, la invocación del arzobispo linda con la blasfemia, si es que no entra de lleno en ella.
Este panorama deprimente puede explicar por sí solo el cada vez más reducido papel social de la Iglesia, el desdén con que es mirada no sólo por el sector que ha sido siempre hostil a ella, sino por los mismos católicos. Lo que no impide a los miembros del estamento clerical presentarse como mártires cuando reciben los embates de la izquierda, tratando de convencernos y convencerse a sí mismos de que están haciendo grandes cosas en pro de la fe, y que por ello son atacados como siempre lo fueron en el transcurso de la Historia. Pero lo cierto es que no hay nada de eso. O muy poco, en el mejor de los casos.