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  Firmas Invitadas - Edición Nº 188
Semana del 10/7/2005
Perplejo


Miguel Ángel García Brera
P ARA orientar a mis lectores sobre el contenido de mi artículo, empiezo por acusarme de perplejidad. Son demasiadas cosas las que acosan mi ánimo. Ayer escuché a Javier Pradera, en un programa sobre Dionisio Ridruejo, y me dejó sorprendido el tono entrecortado, vacilante, aparentemente dolorido, del colaborador polanquista. Era como si participara desnortado, habitado por la desolación y el desengaño. Repitió un par de veces, algo así como que resulta imposible entender bien las cosas, las actitudes de los españoles, después de aquella guerra, en la que su padre fue vencedor, mientras él se reunía con Ridruejo – vencedor también –, con varios hijos de vencidos y todos se sentían a gusto entre ellos, pero sin comprender bien qué había pasado. Me extrañó ver a Javier Pradera hablando así, como confundido, como alma doliente. Y me extrañó, porque durante mucho tiempo su lectura me lo ha situado muy cerca de gentes como éstas que ahora nos desgobiernan. Éstas que, en una cierta parte, consideran que perdieron la guerra y parecen, preñados de rencor, empeñados en repetir al menos algunas de sus batallas, para ganarlas. Personalmente ya he escrito, sin originalidad alguna, que una guerra civil nadie la gana y todos, incluso los que no participamos en ella, la perdemos por varias generaciones.

¿Y qué es el Estatut sino una vuelta a empezar, a regresar a los años 30, a incordiar sin necesidad, ni creo que beneficio alguno, salvo para unos cientos de “interesados”? Zetape le ha dicho a Rajoy que deje de meter miedo con el Estatut, pero la memoria histórica obliga a tener cierto temor, aunque pretendamos superarlo. No hay más que escuchar a Carod: Afirma, muy ufano, llegar tolerante a Madrid, pero que de ningún modo aceptará que se quite el término nación. Si los demás mantienen la misma “tolerancia”, sin “de ningún modo” consentir que ese término prevalezca, ¿qué hacemos? ¿Darnos de tortas?, como Ibarreche se preguntaba a cuenta del resultado de su nonato Plan.

Por si fuera poco, nos amenaza otro Estatuto, el de la Profesión Periodística, en el que parece que el colega Torres Cervigón, sin duda de buena fe, aconseja introducir algunas normas sobre la exigencia de ética periodística. Ambas cosas ya funcionaron en el franquismo. Aquel Estatuto dignificó la profesión y dotó a los directores de una independencia que en la democracia han perdido; pero en cuanto a lo que entonces fue la exigencia ética, incluso con la existencia de un Tribunal específico, o lo que fue también durante la República, no creo que sirviera más que, en el prime caso, para incordiar a Eugenio Suárez por quien el Tribunal parecía sentir querencia y a pocos más. También, tanto en el periodo republicano como durante el franquismo, para cerrar algún periódico; eso sí, definiendo, en cada Régimen, la ética según la ideología del poder, lo que resultaría lo mismo bajo el actual sistema político. Si periodista no ha de ser solamente el que obtenga ese título en una Universidad y se colegie, como ocurre con la medicina o la abogacía, por ejemplo, más vale no tocar nada. Como el paralítico del chiste “¡Virgencita que me quede como estoy!”.En los contornos de la ética se encuentra el derecho al honor y a la intimidad personal y basta leer la Jurisprudencia del T.S. y del T.C. para ver el cacao mental que domina en esos ámbitos sobre esas cuestiones. Tan pronto prima el honor sobre la información, como al revés, según sean los contendientes o los juzgadores de turno.

Claro que parece un juego de niños hablar de ética en un mundo donde una muchacha es arrojada al Metro por un vándalo, sin conocerla, ni haber mediado entre ambos palabra alguna, lo que siendo de otro modo, no dejaría de horrorizar, aunque cabría una mínima exculpación por trastorno mental transitorio. En realidad la noticia de ese ataque en el que la chica ha perdido una pierna, habla de locura en el autor de los hechos. Si es así, estamos, y llueve sobre mojado, ante la grave responsabilidad de quienes siguen promoviendo el tratamiento externo de los mentalmente enfermos. Los locos, como los maltratadores, no tienen otra opción, para su propia curación, y sobre todo para evitar riesgos a sus parientes y a los ciudadanos en general, que ser ingresados y dados de alta sólo cuando un tribunal médico esté seguro de que han recuperado la salud, en el primer caso, o cambiado su comportamiento, en el segundo. ¿Es que el número de muertos a mano de los maltratadores con eufemística orden de no acercarse a la victima es todavía pequeño como para no darse cuenta de que, a la primera denuncia comprobada de un maltratado, el protagonista del daño debe ser ingresado en un centro de tratamiento `psicológico donde no se le de de alta hasta certificar la sanidad de su trastorno de comportamiento? Claro, una sociedad así organizada es cara y un muerto es sólo un voto perdido, mientras que una racional subida de impuestos dedicados a mejorar la seguridad general, puede suponer un número de votantes insatisfechos, porque son muchos los ciudadanos que no ven más allá de lo inmediato, de lo individual y de su cartera. ¡Mientras tiren al Metro a otro, a mí que me importa que los locos pululen por la ciudad! ¡Como yo no voy nunca a matar mi mujer, para qué pagar más impuestos destinados a rehabilitar a los maltratadores! Y de los “servidores” públicos cabe esperar poca cosa más que, como en el caso de Zetapé, la búsqueda de votos y gastarse lo que sea necesario para arreglar las piscinas – eso sí dos, una privada y otra para invitados, no vaya a ser que estos sean contagiosas – de la finca estatal en la que veranean, o, en otros casos, demandar, como acaba de suceder, una legislación que permita cobrar el paro a los concejales cesantes.

Es el mismo pasotismo con que el mundo se ha desentendido de África o de países de América latina y de Asia. Desde hace ya muchos años vengo escribiendo sobre el problema del tercer mundo y profetizando que algún día sus habitantes nos arrastrarán por las calles -con alguna razón para su ira- a los europeos. La invasión ya ha comenzado en toda regla, y todavía nadie piensa en otra cosa que en levantar más los muros. Excepcionalmente hay voces que piden un segundo Plan Marshall, y efectivamente por ahí habría un camino abierto, aunque la ingratitud europea frente a los paganos del primero, no motivará mucho a los norteamericanos para repetir su generosidad. Los negritos, a los que tanto queríamos los niños que postulábamos en el Domund, se están jugando la vida para venir junto a nosotros y, como todos no cabemos aquí, hay que cambiar las huchas de una caridad raquítica por una efectiva y controlada ayuda que desarrolle sus países de origen y ponga a sus ciudadanos en posición de vivir como nosotros. Frente al egoísmo europeo y norteamericano, como diría el cantautor Viglietti, no hay que alzar obstáculos, sino “desalambrar, que la tierra es tuya y mía y de aquel”. Desalambrar, en el siglo XXI, es ir a los países con empresas, no movidas por el lucro de sus mentores, sino con el afán didáctico que marca el proverbio oriental de “no les de un pez, sino enséñales a pescar”. No conozco a ningún emigrante que no añore su tierra y mucho menos a quien haya salido de ella, salvo por acoso político, si no ha sido para aliviar su pobreza.
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