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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 214
Semana del 4/6/2006
República no es un nombre de tango
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José A. Baonza
L AS EDADES DE LULÚ fue la primera novela publicada por la joven escritora Almudena Grandes que le valió el premio “La sonrisa vertical” de narrativa erótica, en su edición de 1986, y cuya brillante carrera literaria seguida desde entonces la acredita en su cuajada madurez como firme puntal de la moderna narrativa en lengua castellana. Guste o no su orientación fabuladora y el universo emocional de sus personajes, las motivaciones estéticas y el estilo personal de su producción novelística no deja indiferente al lector menos convencional que se acerque al mundo desgarrado de unos personajes, sobre todo femeninos, como clave de interpretación liberadora. Personalmente debo admitir que la lectura de alguna de sus obras –en especial, “Aires Difíciles”— ha significado uno de los descubrimientos mas gratos en el actual panorama de las letras españolas, tan lleno de provocaciones oportunistas como escaso de talentos efectivos.

Pero Almudena Grandes, también, es producto inmediato de una educación desoladora que se impuso en España durante los años finales del franquismo y que perdura en sus nocivos efectos a lo largo de toda la transición, con los resultados estereotipados de unas posiciones ideológicas que generalizan la trivialidad del mensaje con los tópicos más burdos en sus proyectos políticos. No por casualidad, es una generación que surge a la vida pública cuando se han superado los momentos más tensos de la trasformación económica y el denostado “desarrollismo” del régimen anterior había acercado a la sociedad española hacia los estándares habituales de nuestro entorno; cuando los vientos de la libertad política formaban un tupido velo de aspiraciones colectivas, inseparable de su propio decurso histórico, y cuando resulta inevitable definir las preferencias operativas entre dos mundos confrontados por la tensión bipolar de la “guerra fría”, cuyo único horizonte de solución pasaba por eliminar los márgenes acartonados del modelo soviético y sus deleznables rescoldos programáticos sobre las “democracias populares”, para traspasar el umbral de la diferencia con el encaje definitivo en los supuestos inspiradores de las democracias “formales”. La dinámica del progreso en los años setenta, dentro y fuera de España, corre en paralelo con el derrumbe definitivo de las categorías marxianas sobre la lucha de clases como motor de la historia, sobre la proyección selectiva de las minorías mesiánicas como vanguardia del proletariado y sobre el desconcierto de los movimientos de liberación popular, convertidos –paradójicamente—en los últimos reductos de la tirania.

Lo sorprendente, sin embargo, es que el actual muestrario generacional de aquellos jóvenes que asistían embelesados al espectáculo de la transición, que ni siquiera pudieron impregnarse de los bulliciosos efluvios adormecedores del “mayo francés” (1968) y que contemplaban expectantes el desarrollo novedoso del experimento democratizador, sean los mismos que se empeñan en retomar las “herrumbrosas lanzas” de los prejuicios para vivificar en el imaginario colectivo las “guerras de sus antepasados”. No es casualidad que Almudena Grandes y José Luis Rodríguez Zapatero, nacidos en el mismo año (1960), sean hoy protagonistas distinguidos en el revival republicano que nos invade: los efectos de una misma educación mistificada y maniquea, les hace portadores empedernidos de su propia autoafirmación generacional, con el desgarro iconoclasta de la inocencia perdida a la sombra de aquellos mítines del setenta y siete. Hace algunos años y dentro del serial editado por El País como “memoria viva de la transición”, la ya consagrada novelista, Almudena Grandes, podía escribir el siguiente párrafo: “La primera campaña electoral significó para mí una auténtica fiesta, una verbena de colores, un concierto de megáfonos, un muro infinito de carteles mal colocados (...) y, sobre todo, un feliz diccionario de palabras prohibidas. Recuerdo la avidez con la que me concentraba en el televisor para empaparme de los programas electorales de las formaciones más peregrinas –Cantarero del Castillo, jamás te olvidaré—la aplicación con la que me concentraba en diseñar mi propio mapa político, sin saber si eran de izquierdas, o de derechas, todos aquellos partidos de nombre tan confuso”.
A los once años de este escrito, no parece seguro que Almudena Grandes haya logrado discernir con meridiana claridad “lo que entonces creía que iba a ser la gran familia de la izquierda”, pero si parece cierto que su numen profético de adolescente ha sido instrumento indispensable para impregnar el grueso de manifestaciones de la “gauche divina”, desde la guerra de Irak hasta los festejos del 14 de abril, cuando ya se han cumplido setenta y cinco años de aquella enorme frustración colectiva, solo posible de celebrar –hoy— desde una perspectiva sesgada, maniquea y revanchista. Y lamento profundamente que Manuel Cantarero del Castillo, postrado en la cruel ocultación de la memoria que representa el “Alzheimer”, no pueda responder a la juvenil coleccionista del setenta y siete con las mismas palabras que utilizó en el cierre de campaña del 15-J, como líder de Reforma Social Española: “Queremos promover la total superación, teórica y practica, de los efectos residuales de la guerra civil, porque los españoles no podremos establecer un futuro de libertad, si seguimos aferrados a la dialéctica excluyente de vencedores y vencidos. Queremos actuar siempre prospectiva y no retrospectivamente, porque, ni sobre la victoria de 1939, ni contra la victoria de 1939, será posible construir una verdadera y definitiva democracia española”.
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