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urante uno de mis viajes a lo largo y ancho de este mundo, que diría el capitán Tan, concretamente a Indonesia, intentaba yo hacerle entender a un ciudadano de dónde procedía. Tras cantarle el “Viiiiiva Españaaaaaaa...”, bailarme una sevillana y hacerle un par de medias verónicas con un pareo, comprobé que el hombre sólo alcanzó la conclusión de que yo era una esquizoide paranoica. Ya había cierto corrillo alrededor nuestro y comencé a desesperarme. Cerca de nosotros había una especie de chiringuito de madera adornado con cientos de banderitas de todo el mundo, como las que se ponen en las fiestas de barrio. Me subí a un taburete cojo y, corriendo serios riesgos, le señalé la bandera rojigualda a la vez que repetía con los ojos desorbitados “¡Ole! ¡Ole! ¡Ole! ¡ES-PA-ÑA! ¡ES-PA-ÑA!”. Si me llega a ver un falangista, me aplaude.
El hombre, desternillado de la risa, acabó preguntando tímidamente: “¿Raúl? ¿Butragueño?”. Y yo, que reniego del Real Madrid allá por donde voy, estallé de felicidad. Pero el indonesio quiso poner el punto final, y me desmintió los colores nacionales tocando mi camiseta blanca. “No”, decía señalando nuestra pequeña banderita, y luego me empujaba con su dedo índice y repetía “You... white”. Me enfadé y me fui, pese a que los allí congregados me reclamaban más pases taurinos.
Sirva este preámbulo para constatar que una es capaz de soportar el mayor de los ridículos públicos y dejar en entredicho su educación victoriana si con ello contribuye a la defensa e identificación de nuestra enseña nacional. Dicho lo cual: ¡A mí me da igual lo de la bandera de Colón!
La bandera española, para servidora, es un símbolo de identificación mundial; una marca, una forma de decir “yo soy de aquí”. Como soy enemiga de todo tipo de fanatismos, el que pueda llevar implícito la defensa exacerbada de un símbolo me repele de igual forma. Ni me gusta, ni me deja de gustar. Es mía, sencillamente. Reconozco que me gusta como al que más ver a los deportistas en competiciones internacionales con la bandera sobre los hombros, o corriendo con ella por las pistas de atletismo tras conseguir un oro. Es bonito porque nos recuerda que ésos, los que van de rojo y amarillo, son de los nuestros.
De fronteras para adentro, quiero a mi bandera tanto como quiero a mi coche, y a ambos los defenderé en la medida de lo posible, sin aspavientos, porque tanto mi coche como la bandera se pueden reponer. Se llama a la empresa del señor Sosa, que es el que la ha fabricado, y se le dice: “Oiga, buen hombre, que me haga otra que ésta se me ha roto”. Asunto concluido.
La polémica por la mastodóntica bandera de la plaza de Colón era previsible, sobre todo porque a los españoles nos encanta discutir por todo: discutimos por la chaqueta de La Trini en los carteles electorales y discutimos sobre si Jesulín debería haber seguido con Belén Esteban. No íbamos a dejar pasar la ocasión de discutir por la bandera.
Hay que reconocerle a Aznar su desparpajo a la hora de animar el cotarro. Cuando nos ha convencido a casi todos de que es un hombre austero, se marca un bodorrio que ya quisieran los de la secta Moon, y cuando estamos todos pendientes de a ver cómo se soluciona el follón nacionalista vasco, nos organiza un festejo mensual de subida y bajada de bandera.
Cierto es, confieso, que el asunto banderil no me parece necesario ni oportuno, pero, insisto, si alguien cree que lo es, pues que lo haga. Si tengo que expresar exactamente lo que siento diré abiertamente que lo que en realidad me provoca el homenaje mensual es envidia y egoísmo.
Envidia porque la bandera tiene el triple de metros cuadrados que mi casa, y egoísmo porque no quiero que se sume al caótico tráfico de Madrid una movida militar en pleno centro los primeros miércoles de mes.
Ni admito que Aznar me llame “acomplejada” por considerar innecesario el acto, ni permito que Rodríguez Zapatero me incluya en la generalidad diciendo que “hiere sensibilidades”. La única sensibilidad que tengo yo herida por la bandera es de hace muchos años, pero como soy una tía lista, intentó convertir los problemas en ligeros contratiempos.
De pequeñita, allá por el año 69, me obligaban a cantar, mientras se izaba la bandera, el himno nacional a las ocho de la mañana de todos los lunes en el patio del colegio público República de El Salvador, en el pobretón barrio de Villaverde Cruce. Yo no entendía por qué todos los días se entraba a las nueve al cole menos los lunes, que mi madre me ponía en pie a las siete y media porque a la segunda falta de la izada de bandera te echaban de la escuela. Aquéllo, ya entenderán ustedes, mosquea bastante cuando se tienen 8 años. Ahora, cuando acabo de cumplir 40 por segundo año consecutivo, la izada de bandera de Colón, lo puedo asegurar, no hiere mi sensibilidad. Me acuerdo del cole, pero también me acuerdo del padre de Franco y me quedo tan ancha. A lo que aún no he encontrado explicación es a cómo es posible que aún recuerde la letra del himno si lo cantaba dormida.
Probablemente nunca vaya a contemplar la izada de bandera, acto que quedará sobre todo para los objetivos de los turistas, pero estaría dispuesta a ello si algún miércoles se deja caer por allí Marujita Díaz y nos canta lo de “Banderita tú eres roja; banderita tú eres gualda...”, para que Trillo y yo nos marquemos un pasodoble mientras se mete en Madrid un vendaval de fuerza 10 capaz de hacer ondear una bandera de 294 metros cuadrados y 38 kilos de peso.
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